El asesinato de Luis Santiago Lozano, de 11 meses, ordenado por su padre, estremeció al país. Pero sólo unos minutos después de conocerse la noticia comenzaron a salir a la luz pública decenas de casos de niños maltratados sexual y físicamente. A éstos se suman otros tantos que no son denunciados por miedo a las represalias que pueda tomar el agresor y, en muchos casos, también por vergüenza.
En medio de la discusión que se ha generado sobre el endurecimiento de las penas para quienes cometan atrocidades en contra de los niños, Paul Martin, represente de la Unicef en Colombia, habló con El Espectador acerca de la delicada situación de la niñez y los mecanismos mediante los cuales se garantiza la protección de sus derechos.
¿Qué reflexión hace después de la muerte de Luis Santiago?
Obviamente es un acontecimiento que ha conmovido al país y los ejemplos son importantísimos, más cuando son símbolo de un problema mayor. El Procurador General habla de 520 niños muertos a causa de la violencia familiar y Medicina Legal de 35.000, pero esta cifra puede ser diez veces más grande y estudios en otros países nos dan piso para pensar que el problema en Colombia es más grave de lo que hemos visto. He recibido correos de muchos sectores que se están movilizando en contra de este caso y me parece saludable siempre y cuando no se quede en la manifestación, sino en un compromiso de cambiar la realidad.
¿Se deben endurecer las penas para los delitos en contra de los niños?
Lo que dice la Convención Internacional de los Derechos de la Infancia es que para las violaciones contra los derechos de los niños hay que tener sanciones reales, fuertes, consistentes y proporcionales a los crímenes. En lo único en lo que el sistema de Naciones Unidas no está de acuerdo es con la pena de muerte. Pero la cadena perpetua, por ejemplo, es algo que Colombia puede decidir y que la Unicef apoyaría, ya que nuestro interés es que hayan sanciones reales que correspondan a la normativa nacional.
¿Hacen faltan mecanismos para proteger los derechos de los niños en nuestro país?
Colombia ha avanzado mucho. Estoy impresionado con los discursos de las autoridades nacionales que escuché esta semana, enmarcados dentro del Código de los Derechos de la Infancia y sus sistemas de sanciones y de protección. Obviamente pueden continuar algunas violaciones y seamos sinceros, en Suecia, Suiza, Finlandia o E.U. ocurren casos de abuso y asesinato de niños, eso no es algo exclusivo de América Latina y menos de Colombia. Pero tenemos que abrir los ojos, hasta que la ciudadanía tome conciencia y denuncie estos casos, seguirán ocurriendo.
¿Qué tan delicada es la situación en Colombia con respecto a la de otros países?
Tenemos las cifras de Medicina Legal, las de la Procuraduría y las del ICBF, y son bastante preocupantes. Hay indicadores que señalan que el subregistro puede ser del 70%, es decir, 3 a 4 veces más casos de los denunciados. Sin embargo, no hay razones para pensar que el problema sea más grave que en otros países de la región.
¿En dónde está fallando el Estado para que ocurran casos como el de Luis Santiago?
Lo que hace falta es que las personas tomen conciencia de la necesidad de respetar los derechos de sus niños y de salvaguardar los de la casa de al lado. Es un proceso de educación y de sensibilización. Las marchas en Chía son un elemento importante, pero consolidar esto en un proceso permanente es el gran desafío de las instituciones y de la sociedad.
¿El conflicto armado influye en la violencia intrafamiliar de la que son víctimas los niños?
El ambiente influye en lo que pasa en la casa y estos niños que crecen en medio de la agresión y el autoritarismo van a ser adultos violentos y hay que romper ese ciclo si queremos una sociedad sana y pacífica.
¿Cuál es el derecho más vulnerado de los niños colombianos?
El problema más grave es la falta de priorización de los derechos de la infancia. Lo que a mí me da esperanza es que el país cuenta con el Código, que es un marco normativo de los más avanzados en la región y con una institucionalidad real para implementarlo. La toma de conciencia es probablemente la única solución.