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Celulares, mejor lejos del cerebro

Con cinco mil millones de suscripciones a teléfonos móviles en el mundo, el anuncio de la OMS sobre el riesgo de cáncer asociado a su uso es un asunto para pensar antes de contestar la próxima llamada.

01 de junio de 2011 - 04:57 p. m.
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Para muchos investigadores y científicos en todo el mundo la relación entre el uso de celular y el cáncer se había convertido en uno de esos temas que como la religión y la política es mejor evitar en las conversaciones con colegas para no enfrascarse en polémicas interminables.

Mientras unos creían que la evidencia recabada durante más de una década de estudios era suficiente para alertar sobre sus efectos sobre la salud, otros no veían en los datos más que debilidad y confusión y no creían oportuno enviar un mensaje de alerta que seguramente asustaría a millones de usuarios.

La idea de que el celular, ese minúsculo aparatejo del que no nos separamos ni un minuto en todo el día, puede producir cáncer es sin lugar a dudas un verdadero problema de salud pública mundial. Pero también una pequeña tragedia personal. ¿Cómo responder la próxima llamada sin pensar que algunas neuronas podrían estar transformándose en células malignas?

El pasado martes 31 de mayo, la Organización Mundial de la Salud y la Agencia Internacional de Investigación en Cáncer  sorpresivamente se pronunciaron sobre el tema. En esta ocasión para elevar a los “campos electromagnéticos de radiofrecuencia”, un eufemismo técnico para hablar de celulares y otros dispositivos tecnológicos, al grupo de riesgo 2B (ver tabla). A este grupo pertenecen los agentes “posiblemente carcinógenos para los humanos”.

Los 31 científicos reunidos en Lyon (Francia) evaluaron los estudios realizados en humanos, en animales de experimentación así como otros datos relevantes y concluyeron que existe una asociación positiva entre los usuarios de celular y dos tipos de cáncer: gliomas (un tumor maligno en la glia, un grupo de células que cumplen un papel de nodrizas o andamio de otras células) y neuromas acústicos (un tumor benigno que crece en el nervio que conecta el oído al cerebro). Uno de los estudios analizados mostró un incremento del 40% de riesgo de gliomas entre aquellos que usaban el teléfono más de 30 minutos cada día durante 10 años.

Jonathan Samet, de la Universidad Southern de California, y director del grupo de trabajo indicó que “podría existir algún riesgo y por lo tanto necesitamos vigilar muy de cerca el vínculo entre cáncer y uso de celulares”.

¿Por qué afectan a las neuronas?

Hace apenas tres meses, la neurocientífica mexicana Nora Volkow, nieta del revolucionario ruso León Trotsky y directora del National Institute on Drug Abuse en Estados Unidos, había presentado en la revista Jama una de las pruebas más interesantes sobre los efectos de las neuronas y celulares.

Volkow y un grupo de científicos reclutaron 47 personas sanas y mientras les pedían usar un teléfono celular escanearon sus cerebros con un Tomógrafo por Emisión de Positrones. Previamente les habían inyectado glucosa, el azúcar que sirve a las células como combustible, con un “rastreador” radioactivo para ver su recorrido en el cuerpo.

Volkow pudo demostrar que en la región del cerebro más próxima al oído se producía un incremento en el metabolismo de las neuronas. 

“Por ahora, tan sólo podemos especular respecto del mecanismo subyacente a este efecto”, explicó desde Washington la experta mexicana, “una posibilidad podría ser que los tejidos biológicos exhiben propiedades piezoeléctricas, las que les permitirían la demodulación de ondas de radio frecuencia. Una segunda teoría, por supuesto aun no testeada ni confirmada,  sostiene que  el ADN podría tener cierta capacidad intrínseca de recepción de ondas de radiofrecuencia”.

Volkow como su colega Dariusz Leszczynski, investigador del Radiation and Nuclear Safety Authority en Helsinki (Finlandia) coinciden en decir que una de las grandes dificultades para zanjar definitivamente esta discusión, pese al anuncio de la OMS,  es el tiempo. A diferencia de la radiación nuclear de una central averiada como la de Fukushima en Japón, capaz de producir la muerte o un tumor en cuestión de semanas o meses, la radiación electromagnética de los celulares es débil, toma años  y décadas en hacer evidente el daño

“La latencia del cáncer cerebral es de aproximadamente 20 años, así que un estudio de 10 años no puede ofrecer respuestas confiables porque no es un tiempo suficiente para desarrollar cáncer”, explica Leszczynski.

El Interphone Study ha sido desde el año 2000 un esfuerzo colectivo de 13 países con un presupuesto que supera los 20 millones de euros para vencer esa dificultad. De hecho, la OMS y la Agencia Internacional de Investigación en Cáncer utilizaron para su decisión de esta semana, los últimos datos recopilados por el estudio que se ha concentrado en seguir la pista de cuatro tipos de tumores: gliomas, meningiomas, del nervio acústico y de las glándulas parótidas (glandulas salivares próximas al oído). Pero 11 años no parece suficiente para ser más claros en las conclusiones.

Eso lo sabe bastante bien Frank de Vocht, de la Facultad de Medicina y Ciencias Humanas de la Universidad de Manchester y sus colaboradores Igor Burstyn de la Universidad de Drexel en Estados Unidos y John Cherie del Instituto de Medicina Ocupacional del Reino Unido.

Hace un par de años este equipo examinó las tasas de cáncer cerebral en Inglaterra entre 1998 y 2007 con la esperanza de demostrar o descartar la relación entre celulares y tumores. Creían que si detectaban un incremento en este periodo, que coincide con el momento en que se masificaron los teléfonos, significaría que existía un riesgo.

“No observamos un incremento en la incidencia global de cáncer cerebral en ninguna edad específica”, recuerda de Vocht, “sin embargo, si observamos un incremento en la tasa de cáncer en el lóbulo temporal que es la parte del cerebro que recibe las dosis más altas de radiación”. Otra de las pequeñas piezas de información que han permitido pensar hoy en una positiva asociación entre teléfonos y cáncer.

Pero quizás el cáncer sea lo de menos. Debra Davis directora del Center for Environmental Oncology en la Universidad de Pittsburg (Estados Unidos), cree que los “impactos en el cerebro, la memoria, el aprendizaje y la salud reproductiva sean más importantes para la salud pública. Por ejemplo, aquellos hombres que usan celulares cuatro horas al día tienen la mitad de espermatozoides en conteos comparados con aquellos que no usan tanto el teléfono”.

Su advertencia es la misma de Volkow, de Leszczynski, de Vocht, de la OMS y de la Agencia Internacional de Investigación en Cáncer: “la distancia es tu amiga”. A diferencia del cigarrillo donde la única forma de evitar el riesgo de cáncer en las vías respiratorias es dejando el hábito y alejándose de otros fumadores, en el caso del celular por ahora es suficiente con alejar el aparato del cuerpo y usar un dispositivo de manos libres a la hora de hablar. Nadie quiere renunciar a las miles de ventajas que han traído estos aparatos a nuestras vidas.

Joshua Muscat, profesor del Penn State Hershey Cancer Institute en Pensilvania, tiene una última advertencia: preocuparse menos por los tumores en el cerebro y más por los accidentes de tránsito. Hablar por celular mientras se conduce un vehículo aumenta en cuatro veces el riesgo de un accidente. Un camino sin duda mucho más corto a la tragedia.

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