Linda Guerrero es médica hace 25 años. De ellos, 24 los ha vivido en pabellones de quemados. Entre camillas en las que reposan niños y mujeres y hombres desfigurados, que ni fuerzas tienen para gratificarse de estar vivos. “Para un paciente quemado es muy duro enfrentarse a su autoimagen. En el caso de las mujeres agredidas con ácidos, que saben que fueron atacadas intencionalmente, es aún peor. Y a eso se suma la paranoia de que vuelva a suceder y, claro, una depresión profunda”.
La doctora Linda Guerrero está en su consultorio en la Clínica El Country de Bogotá. Sus últimas semanas han sido agotadoras. Ha acompañado a un grupo de mujeres víctimas de ataques con ácidos a contar su historia. En el Concejo de Bogotá. En algunos canales de televisión. Ha repetido que estos ataques son el producto de una cultura machista. Ha rechazado que en el país las autoridades sean tan laxas.
Esta vez narrará el mismo drama, pero desde la teoría médica. Responderá qué sucede en el cuerpo de estas mujeres luego de ser atacadas. Ella sabe bien de lo que va a hablar. Es una de las creadoras de la Fundación del Quemado y durante quince años ha atendido a las víctimas de este flagelo. “Lo que hace el ácido es destruir las proteínas —dice Guerrero—. A su paso va destruyendo y va penetrando muy profundo la piel. Puede llegar a comprometer los tejidos grasos, incluso hasta destruir los huesos. Es muy corrosivo. Si logra corroer los metales, imagínate lo que hace con la piel”.
Al mismo tiempo, la víctima está sintiendo un dolor incalculable, prosigue Guerrero y hace una pausa para enfatizar que ese dolor incalculable sólo se puede apaciguar con agua, “con abundante agua y mínimo durante media hora. Muchas veces eso no sucede y cuando llegan a recibir atención médica ya ha pasado el tiempo más valioso. El agua minimiza la destrucción”.
En su computador, Guerrero tiene una presentación con crudas imágenes de las mujeres que han pasado por su consultorio. Están los rostros tras el momento del ataque. Los rostros después de las primeras cinco, diez, veinte cirugías. Los rostros que casi siempre son el blanco del ataque. “¿Cuál es el problema específico con estas mujeres? Que son agredidas en el área más especial del ser humano: la cara. En cirugía plástica el rostro se clasifica por unidades estéticas: los párpados, la nariz, la boca… Las pieles tienen diferentes características: mientras la de las mejillas es gruesa, la del párpado es muy delgada, por eso cuando entra el líquido al párpado lo destruye rápidamente. Recuperar cada una de estas unidades estéticas, las características específicas de los labios, de la nariz, es muy difícil”. ¿Imposible? “Sí, prácticamente imposible”.
Será largo, agotador, el camino que viene después de los primeros auxilios y de la atención inicial (en la que se cubren las heridas con piel provisional, lo que alivia el dolor, lo que prepara a la paciente para el futuro injerto). Se necesitarán la constancia y voluntad de las pacientes, dice Guerrero, y menciona a Gina Potes.
Gina es considerada una de las primeras víctimas de ácido en el país. Ocurrió hace 15 años. Tenía 20 cuando un hombre le arrojó el líquido. Gina también es, según la doctora Guerrero, uno de los casos más exitosos de reconstrucción en Colombia. O el más exitoso. Le han practicado 25 cirugías, la última hace quince días. Ya está en la etapa final. La de “refinamiento”. “Las secuelas son muy duras, muy difíciles, muy profundas —dice Gina con voz dulce y enérgica—. Ha sido un proceso largo. Cirugía tras cirugía, y te sientes tan lastimado. Pero todo eso pasa. No hay que perder la dignidad. Lo que nos sucedió no nos hace menos mujeres”.
Fue sometida a dos microcirugías, “una para recuperar la funcionalidad del cuello y otra en el mentón”. Esas fueron las partes de su cuerpo más afectadas. También el pecho y el abdomen. La microcirugía de la que ella habla es un procedimiento que, en palabras de la doctora Guerrero, permite “hacer en bloque un reemplazo de la piel”. Ésta es una opción. Guerrero también menciona la piel íntegra o piel sintética. “Una cirugía muy especializada y de alto costo. Es una lámina que facilita la formación de la dermis (capa de la piel situada bajo la epidermis). Cuando se logra la integración da muy buenos resultados”.
Guerrero le pondría a Colombia una buena calificación en el uso de tecnologías de reconstrucción. Pero eso no va en contra de su sentencia: “De una quemadura siempre queda una cicatriz. Lo que buscamos es que sea menos visible, menos evidente”. Y para eso “la constancia y la voluntad de la paciente es fundamental”, repite, y vuelve a traer el nombre de Gina a la conversación.