Cada vez que María, de 13 años, recibía un “No” como respuesta perdía el control. Su casa se convertía en un campo de batalla del que casi siempre salía victoriosa después de atacar con mordiscos, patadas y empujones. Esta vergonzosa situación se mantuvo oculta hasta que su madre, Elena, no resistió más y buscó ayuda psicológica.
En países como España este tipo de episodios son cada vez más comunes y en las fiscalías de menores reposan más de cuatro mil expedientes en los que se acusa a los hijos de haber agredido físicamente a sus padres. Los expertos hablan de una patología social propia de la época contemporánea que afecta a familias de cualquier condición socieconómica. Algunos, incluso, la han bautizado como el síndrome del emperador, al referirse a esos niños y adolescentes tiranos que nunca tuvieron límites y siempre encontraron a unos padres complacientes dispuestos a hacer cualquier cosa para verlos felices.
El pedagogo Vicente Carrido explicó que hay algunos menores que nacen con una predisposición genética a comportarse de una manera agresiva con quienes representan la autoridad, pero otros simplemente adoptan esta postura debido al exceso de libertad que han tenido desde niños y que los ha llevado a querer revertir la jerarquía familiar y tomar el control de la casa utilizando la violencia.
El terapista de familia Roberto Pereira le dijo al diario El País de España que se trata de un fenómeno nuevo y sobre el cual aún no hay consenso entre los especialistas. Sin embargo, aseguró que lo que se ha visto en Iberoamérica es que esta violencia de los hijos es más común en familias en donde las normas no se imponen sino se negocian, en las que los padres son demasiado sobreprotectores o en parejas con relaciones conflictivas.
¿Qué hacer? Carrido y Pereira coinciden en que en primer lugar los padres no deben intentar ser amigos de sus hijos, sino concentrarse en ponerles límites claros desde que son pequeños. Además es importante que en vez de tratar de encontrar un culpable, se fortalezca la educación moral y la formación en valores de los menores. Y cuando nada dé resultado, lo mejor es pedir ayuda a un especialista y a veces, incluso, puede ser necesario acudir a las autoridades.