Los científicos de la época habían determinado con bastante precisión que un agujero en la capa de ozono, que nos protege de los rayos ultravioleta del sol, crecía día a día por causa de las emisiones de algunos componentes químicos creados por el hombre para uso industrial.
El deterioro en la capa de ozono podría significar un aumento de los casos de cáncer de piel, de cataratas en los ojos, además de la afectación de cultivos sensibles a estos rayos, sin contar efectos impredecibles y la desaparición de millares de especies. Se trataba de una de las mayores amenazas ambientales sobre el planeta.
De aquella reunión surgió el Protocolo de Montreal, que han suscrito desde entonces 191 naciones, y en el que se pactaron metas para reducir la producción de gases clorofluorocarbonados, utilizados en la industria de la refrigeración, cuya presencia en la atmósfera es considerada la principal causa del adelgazamiento en la capa de ozono.
En el año 2000, la Administración Nacional del Espacio y la Aeronáutica de Estados Unidos (Nasa) volvió a llamar la atención sobre la capa de ozono. Pese a los esfuerzos, el agujero se había expandido hasta un tamaño impensable: 28,3 millones de kilómetros cuadrados. Es decir, tres veces más que el territorio de Australia.
Hoy, los expertos calculan que sólo hacia la primera mitad del siglo XXI se recuperará la capa de ozono. Para no olvidar el compromiso que suscribieron las naciones hace dos décadas, cada año, el 16 de septiembre, se celebra el Día Internacional de la Preservación de la Capa de Ozono.