“Aguas, que viene el diablo”, grita uno de los comerciantes de Tepito para alertar a los visitantes a que se hagan a un lado, pues así se conoce aquí, en este inmenso mercado de pasajes laberínticos, a los carritos que llevan mercancía. Los toldos florecen como jacarandas en las cerca de 50 calles del llamado “barrio bravo”, un inmenso paraíso de la piratería y la ilegalidad. En unos, la mayoría, se encuentra ropa, supuestamente de las mejores marcas pero con marquillas más que sospechosas. En otros tantos, televisores con pantallas de plasma exhiben DVD piratas de los últimos estrenos que se pueden llevar por cinco pesos mexicanos, menos de medio dólar. Un poco más allá, un puesto tiene medicinas a precios reducidos que aún conservan el sello “muestra gratis, prohibida su venta”. De música de fondo, igual se escucha un narcocorrido que un estruendoso ‘rap’ de factura local.
A primera impresión, las vías principales no parecen tan distintas de los cientos de “tianguis” (mercados callejeros) que se levantan todos los días en Ciudad de México. Pero la mala fama no da tregua a Tepito. En los márgenes, en las vecindades que bordean las calles, se producen licores y perfumes adulterados y se consigue de todo, desde drogas hasta armas.
Al barrio bravo lo persigue el estigma de ser una fabrica de delincuentes, además de reducto del narcomenudeo. La sabiduría popular dice que aquí te roban las medias sin quitarte los zapatos. Cuando estalló el virus AH1N1, en estos toldos incautaron vacunas falsificadas, y más recientemente se vendían bases de datos que incluían desde el padrón electoral hasta los listados de dueños de automóviles. Y no se trata de una zona periférica; todo ocurre a pocas cuadras del Zócalo capitalino, el centro de la ciudad.
Una buena idea de lo que se mueve debajo de la superficie la da una operación de 2007, cuando el gobierno del Distrito Federal expropió un predio conocido como El 40 y demolió 144 viviendas. Según las autoridades, allí se comercializaba diariamente más de media tonelada de marihuana y entre siete y ocho kilos de cocaína, que correspondían al 10% de la droga a escala minorista en esta megalópolis. La policía se encontró con casas de puertas blindadas, sensores y baños con jacuzzi.
Tepito tiene historia y su bravura se remonta a tiempos prehispánicos, pues aquí se atrincheró Cuauhtémoc, el último gobernante azteca, cuando los españoles cercaron Tenochtitlán, explica Alfonso Hernández, el cronista del barrio y director del Centro de Estudios Tepiteños. El apodo de Tepito también se debe a su tradición como cuna de campeones de boxeo y lucha libre, y el ícono de su estación de metro es un guante de box.
La vocación comercial de Tepito empezó hacia 1920, cuando llegaron artesanos de la región central del Bajío que huían de las guerras cristeras y fabricaban zapatos y ropa. Pero en los setenta comenzó a llegar la “fayuca” (contrabando) y el “fayuquero” desplazó al boxeador como modelo de ascenso social entre lo tepiteños.
Después, cuando México firmó el TLC con Estados Unidos en los noventa, la piratería dominó el paisaje. Los comerciantes cuentan que antes hacían viajes al vecino del norte para traer mercancía, pero hoy ésta llega en barcos chinos a los puertos mexicanos.
En Tepito también hay un famoso altar a la Santa Muerte, una imagen parecida a la de una virgen, pero con rostro de calavera. Se trata de un culto que ha tomado fuerza en México, a pesar de que la Iglesia Católica lo desaprueba y de que sus críticos asocian a sus devotos con el narcotráfico y la delincuencia. El hombre que cuida la imagen, quien prefiere omitir su nombre, cuenta con orgullo que el altar tiene unos 10 años y fue el primero de todo el Distrito Federal.
Como si se tratara de una franquicia, en otras partes de México han surgido sus propios Tepitos, pero al igual que la mercancía, se trata de meras imitaciones. Entretanto, en el original, de cuando en cuando se hacen nuevos operativos e incautaciones que asaltan los titulares, pero su dinámica parece inalterable.
* Santiago Torrado
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