Cuando era niño, Diego Urbina no era de esos típicos pequeños que soñaba con ser astronauta. Pero cuando entró a la universidad a estudiar ingeniería electrónica lo apasionó el tema y ahora, a sus 27 años, es uno de los seis investigadores que participan en el proyecto Marte 500, un simulacro de vuelo al planeta rojo.
Junto con tres rusos, un francés y un chino, este bogotano acaba de comenzar el experimento que tiene lugar dentro de un módulo ubicado a las afueras de Moscú, en el cual el grupo permanecerá aislado 520 días. Este es el tiempo estimado de lo que duraría en el futuro un viaje real de ida y vuelta a Marte más una estancia simulada de 30 días en la superficie marciana.
Diego Urbina terminó en Bogotá el bachillerato y luego empezó la carrera en la Universidad Distrital. A los 19 años decidió trasladarse a continuar sus estudios en Italia, de donde es su mamá. Esa doble nacionalidad le permitió obtener, en calidad de europeo, uno de los dos cupos de la Agencia Espacial Europea para participar en el experimento.
Aunque su familia vive en Bogotá —su papá es profesor, su mamá trabaja en la embajada de Italia y su hermana estudia odontología en la Universidad Nacional—, luego de terminar sus estudios en Turín, este joven decidió quedarse en Europa para especializarse en el campo espacial.
“En la universidad participé en un proyecto de un satélite, y ahí vi que era posible trabajar en esto. Luego hice un máster en estudios del espacio en Estrasburgo y participé en un experimento con la Estación Espacial Internacional; el proyecto era para tomar fotos de las estrellas. En el 2008 estuve en el centro de astronautas europeos en Colonia”, recuerda este seguidor de las películas de ciencia ficción y amante del rock y del hip-hop.
Al hablar de las motivaciones que lo llevaron a emprender un proyecto de semejantes dimensiones, Urbina reconoce que es una prueba difícil, pero que es la gran oportunidad de su vida. “Ya he trabajado en muchos proyectos, y me pareció un paso importante en mi carrera, ya sea para ir al espacio más adelante o para ayudar a alguien a ir”, explica sonriente, pero dejando escapar un gesto de nerviosismo.
El proceso para llegar a este proyecto no fue nada fácil. Primero se inscribió por internet en la convocatoria que abrió la Agencia Espacial Europea, en noviembre del año pasado. Buscaban ingenieros electrónicos, mecánicos y profesionales con algo de experiencia en el tema espacial, en un rango de edad determinado, con dominio del inglés y, sobre todo, que tuvieran la habilidad de arreglar cosas, “porque nadie puede entrar al módulo a reparar nada”, cuenta Urbina.
Lo llamaron en diciembre, y en enero viajó a EE.UU. para prepararse en el Mars Desert Research Station, en Utah, donde estuvo 15 días. “Es un lugar en el que se simula la actividad en Marte. Nos ponemos el traje espacial, se rompen piedras y cosas como esas”, explica. Luego fue a Alemania, donde le hicieron los exámenes psicológicos, que aprobó, y posteriormente viajó a Rusia para afrontar otras pruebas.
“Al final éramos 11 aspirantes en total y nos pusieron a hacer cerca de 100 experimentos de todo lo que vamos a hacer allá, tuvimos entrenamientos espaciales, ejercicios de supervivencia en tierras inhóspitas y ensayos para bajar a Marte. Finalmente, quedé seleccionado”.
Además de simular un posible viaje a Marte, el proyecto busca analizar el comportamiento, la compatibilidad psicológica, la tolerancia de los integrantes de la tripulación y los efectos de un aislamiento prolongado. “Los primeros 10 días vamos a tener contacto con el exterior, porque se supone que todavía estamos ‘cerca de la Tierra’. Luego, sólo por correo electrónico. No tendremos internet como tal, sino transferencia de archivos. Me parece importante eso de mantenerse en contacto para no volverse loco”, destaca Diego, un hombre de 1,75 metros de estatura y quien también confiesa que su otra gran pasión es el arte.
“Me gusta pintar, dibujar, los museos, el diseño gráfico. Bajé mucha música, videos, películas, libros. Durante el tiempo libre que tenga en el módulo me pienso terminar de leer la obra de García Márquez, tengo el disco duro de mi computador repleto. También llevo afiches, recuerdos, fotos”, señala con un poco de nostalgia. Y añade que esto es un trabajo como cualquier otro.
“Firmamos un contrato que dice que vamos a cumplir con las tareas que nos pidan, pero que podemos salir en cualquier momento si sentimos que psicológicamente no podemos más. En ese caso, no hay una penalidad ni un castigo, sería más bien la frustración de no haber cumplido el objetivo. Como en cualquier trabajo, nos van a pagar una plata, pero tampoco es tanto como mucha gente se imagina. Esa plata es para que, si uno sale loco, pueda pagar las cuentas del psicólogo”, agrega entre risas.
El viaje real del hombre a Marte está proyectado para dentro de 20 años, por lo que es poco probable que Diego llegue a participar en esa expedición. “Si lo hacen dentro de 20 años, sería muy difícil para mí, pero si se acelera el proceso tendría más posibilidades. Eso dependerá de los avances técnicos, que a su vez dependen de la plata que se invierta en investigación”, puntualiza.
Y luego se anima a hablar de Colombia y asegura que aquí se necesita crear nuevos centros de investigación. “No estamos tan lejos en realidad, en Latinoamérica hay cosas interesantes en Brasil y Argentina. Lo que falta en Colombia es motivación”.
La última vez que Urbina estuvo en el país fue en diciembre pasado, antes de embarcarse en esta aventura. En esa visita ofreció charlas sobre el espacio en escuelas y también estuvo en Maloka, para actualizar a los guías de ese centro interactivo. Aprovechó para comer platos típicos y juntar recuerdos. “Sé que voy a extrañar una bandeja paisa o un tamal, allá toda la comida será enlatada y deshidratada.”
Con su reconocible acento bogotano, este hincha del Santa Fe reconoce que después de este proyecto piensa buscar trabajo en Europa o en Rusia en el tema espacial. “No creo que vaya a volver a Colombia; lo que me interesa se puede hacer muy poco allá, pero sí regresaré de vez en cuando a actividades educativas”, concluye.