“Mientras existan libros de historia, Neil Armstrong figurará en ellos, recordado por dar el primer paso de la humanidad en un mundo más allá del nuestro”: con estas palabras, que resumen la proeza de un hombre que cambió la historia de la humanidad al pisar por primera vez la Luna, el director de la NASA, Charles Bolden, despidió el fin de semana al astronauta que se convirtió en leyenda el 20 de julio de 1969.
La noticia la dio su familia el pasado sábado, a través de un comunicado: Armstrong no pudo superar las secuelas de una cirugía de corazón practicada en días anteriores y murió en Ohio, EE.UU., a sus 82 años.
Cuarenta y nueve años atrás, exactamente el 20 de julio de 1969, pasadas las 2:00 de la tarde, millones de personas permanecían impávidas frente a sus televisores a blanco y negro o aferradas a sus radios. Era el momento esperado por todos, la gran odisea que superaría la puesta en el espacio del Sputnik ruso en 1957. Era, nada más y nada menos, un sueño colectivo en manos de una tripulación de tres astronautas comandada por Neil Armstrong.
La visita duró apenas dos horas y media, pero la caminata de Armstrong sobre la superficie rocosa, luego de bajar el último escalón del módulo Eagle del Apolo 11, era la prueba de que la misión no había sido en vano: por primera vez, el hombre pisaba la Luna.
Sin embargo, su carrera no se reduce al viaje que cambió las páginas de la tecnología y de la relación del hombre con el espacio: era ingeniero astrofísico y fue aviador militar en Corea. Desde niño, en su natal Ohio, soñaba con volar y lo logró con apenas seis años, cuando hizo su primer vuelo en un corto recorrido a bordo de un aeroplano. A los 16 años, sin tener licencia de conducción, ya tenía permiso de vuelo.
Estuvo en la Marina de Estados Unidos y su camino hacia la NASA empezó en el Centro de Investigaciones Lewis, donde trabajó como piloto de pruebas y llegó a ocupar la jefatura de la Oficina de Operaciones y Entrenamiento de Astronautas y a organizar vuelos espaciales tripulados.
Luego de su histórica llegada a la Luna, Armstrong cambió los viajes espaciales por las aulas de clase y en 1971 se estrenó como profesor universitario. Ocho años después se convirtió en asesor de diferentes instituciones. En noviembre de 2011 recibió la medalla de Oro del Congreso de EE.UU.
No es fácil ser el primer hombre en pisar la Luna: hay muchas preguntas y pocas respuestas. Armstrong lo sabía y por eso tal vez se caracterizó por su renuncia a hablar del tema y a ser tratado como un héroe. Al astronauta que sus compañeros recuerdan como una persona prudente, equilibrada y discreta, se lo vio pocas veces en eventos públicos, no le gustaba dar autógrafos, prefería evitar las entrevistas y sólo hasta 2005 autorizó que se publicara su biografía.
Los cuestionamientos acerca de la veracidad de la travesía crecieron como espuma y varias teorías aseguran que se trató de un montaje de Estados Unidos para levantar los ánimos de un país desmoralizado que había visto a Rusia convertida en pionera en el espacio.
Frente a las múltiples dudas, en la última entrevista concedida a un contador australiano, Armstrong aseguró: “La gente ama las conspiraciones, son muy atractivas, pero nunca me preocuparon. Porque sé que algún día alguien volverá a ir y podrá recoger la cámara que dejé allá”. Mientras no se demuestre lo contrario, seguirán vigentes sus palabras al convertirse en el hombre de la Luna: “Es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad”.