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El Juli, Cayetano y Santiago Naranjo

El escritor Alfredo Molano Bravo asistió a la feria taurina en la Capital del Valle del Cauca. Crónica de una tarde completa.

30 de diciembre de 2010 - 08:47 p. m.
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Con encierro de Ernesto González Caicedo se llevó a cabo la cuarta corrida en Cañaveralejo. Tres toros nobles, dulces y bonitos; dos aceptables –uno con cara de vaca– y el sexto, que trató de torear Santiago Naranjo, salió abanto y acorderado. Salvo el segundo que toreó el Juli, los demás no lograban transmitir, cuajar emociones en los tendidos.

Fue una corrida completa. Se llegó alto, muy alto, con el primero del Juli, y se fue al suelo con la faena de Naranjo, ya matador. Que lo fue de verdad: estocadas en buen sitio, pero no decisorias. Usó el verduguillo con tino. Tomó su alternativa desbordado por la emoción de manos del Juli y brindó a su madre y a su hermana que –se oyó decir– le habían reparado las lentejuelas de su traje grana. Un tono rojo –casi igual al de la muleta– que anuncia que el hombre venía por todo y con todo. No fue así. Descompuesto con la capa, no se le vio un lance apretado ni sereno. Pascual Alegre, su toro, parecía también perder el objeto. Picado a la carioca, Luigi, el varilarguero, recibió la sanción del público, un juez que siempre está a favor del toro: lo defiende, lo aplaude, lo quiere, lo respeta. Con la muleta, a Naranjo poco se le vio. Sin sitio, enmienda, da el pasito atrás, se adelanta al arranque. Y al final, azotó con el estoque al toro, echó la cabeza al público y pidió reconocimiento. Indecoroso y poco torero. Compuesto al matar. Un torero en ciernes. Le faltaron novillos, plazas de tercera, cama en las aceras. Cierto es que estaba entre dos figuras –en verdad, una, el Juli–; cierto que Luis Bolívar, su compatriota, había logrado –por fin– una gran faena, pero lo peor que le puede suceder hoy a Naranjo, como a cualquier torero biche, es que se le llene de elogios, un recurso más peligroso que las pocas corridas. ¿Qué decir de su segundo? Que inició su último tercio en el estribo y no supo o no pudo entenderse con Cantador en ningún momento de la lidia. La gente lo aplaudió, aplausos de consuelo.

A Cayetano, mientras toreaba, la firma Armani contrató a Megau Fox, una esplendorosa rubia, como modelo de pasarela. Debió conocer la noticia en el ruedo porque se mostraba distante y ausente, para no decir aburrido. Y lo transmitió al público, que poco, muy poco, le reconoció lo poco, muy poco, que hizo: una larga cordobesa y unos pases de rodillas valerosos –Curro Vásquez, su apoderado, no podía creerlo– y otros derechazos que me pareció dejaba inconclusos. Es un torero más que de postín, de apellido, pero con eso no se manda a un toro y menos a su quinto, un cara de vaca que le miraba los tobillos. Al par de toros que en suerte le tocaron los mató como Dios manda: estocadas en sitio, fulminantes. Toda figura tiene derecho a la fama cuando se hace a fuerza, pero cuando se hereda, el listón queda muy arriba y el torero termina allí crucificado.

Sobraría decir que el Juli se lleva casi siempre una o  dos orejas. De los 2.600 toros que ha matado, se ha quedado con 2.000 orejas; este año, aunque no cortó ninguna en Madrid, se llevó 56 de las 100 corridas en plazas de primera. Un auténtico fenómeno. Lo refrendó una vez más en Cali el día de los Santos Inocentes: tres orejas. A su primero, Friolento, un dulce y noble cárdeno, le hizo tanda de verónicas suaves como si al pesado capote lo levantara uno de esos vientecitos curiosos e inquietos que hacen  sonrojar a las adolescentes en la Avenida Colombia. Y de encime, los hizo a pie junto, sin mover una ceja. Los tendidos quedaron petrificados como las zapatillas del torero y tardaron un instante en volver a la realidad y estallar en aplausos. El picador citó y el torito entró perpendicular al caballo, con fuerza. Y la sostuvo. Un par de chicuelinas, suaves como las verónicas. Hace años el Juli no pone banderillas. Al salir del segundo par, Álvaro Montes, estuvo a punto de ser alcanzado por  Friolento. El matador, que estaba secándose las manos con una toalla, le salió al quite y como si fuera con un capote sacó al toro de la trayectoria mientras el banderillero saltaba por tablas. Un detalle, pero un detalle que muestra qué tan inspirado y rápido es un buen torero. Templó con la muleta, llevó al toro toreado, temerario –o sabio– exponía la pierna contraria. Al natural, envolvió al toro en su cintura. Hundió íntegra la espada. Dos orejas. La presidencia le hizo el honor también al toro con una vuelta al ruedo. En Cali, las mujeres son como las flores, y quizás por eso no se ven claveles en la arena.

A Melenudo, un rebrincon, medio abanto, con el único mérito de ser astracanado, el Juli lo hizo de cabo a rabo. O mejor, lo fue haciendo pase a pase como el maestro le lleva la mano al niño para hacer palotes. Y así, volvió la plaza a entrar en ella, o mejor, a salir del frío plomizo en que la había dejado Cayetano. Debe haber mucho de cariño, de cuidado amoroso para rehacer a un toro en el ruedo donde se siente tan solo y tan desprotegido. Sabia, más que bella, esa faena en que el público le otorgó una oreja y la presidencia la ratificó.

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