Cuatro de las más poderosas tostadoras de café del mundo —Kraft, Nestlé, Sara Lee y Tchibo— le hicieron una propuesta a la Unión Europea que terminará favoreciendo a Colombia: pidieron que se le diera una mayor participación dentro del mercado al café sostenible, un producto que habla de buenas prácticas ambientales, económicas y sociales.
Su meta es clara: hoy, del total de volumen del grano que compran en el mundo, sólo el 8% es café orgánico; el objetivo es llegar al 25% en 2015. ¿Y quién les va a proveer ese producto? La idea es que Colombia, el tercer exportador de café mundial (con aproximadamente el 10% del mercado global), sea uno de sus principales abastecedores.
La intención de darle mayor participación a los productos sostenibles se extendió al mercado de flores y bananos, dos de los sectores que llevan la bandera de Colombia en el mundo (somos su segundo exportador global).
El compromiso de las multinacionales, los almacenes de cadena y los intermediarios de la Unión Europea no era suficiente para impactar directamente a Colombia. Por eso se necesitaba la entrada de un nuevo jugador que sirviera de intermediario entre compradores y productores. Una especie de coordinador que dictara unas reglas de juego para que ambas partes pudieran entrar en acción.
Ese jugador es la Embajada de Holanda en Colombia, que a través de su proyecto Comercio Sostenible se ha encargado, básicamente, de sentar en la misma mesa a productores, compradores, Gobierno y otras organizaciones cooperantes. El objetivo era definir en esos diálogos la mejor fórmula para que las flores, el café y el banano colombianos puedan ser vendidos en el mercado internacional con el sello de “sostenible”.
“Holanda quería pasar de la cooperación al comercio con Colombia”, dice Joel Brounen, de la oficina de Asuntos Económicos, Agricultura y Responsabilidad Social Corporativa de la Embajada de Holanda en Bogotá. “Colombia tiene mucho por ganar en este mercado de productos sostenibles. La idea es que las nuevas negociaciones se hagan a una mayor escala. Ya no trabajar a niveles de 100 o 200 productores, sino a nivel de 5.000, 10.000”, afirma.
Por ahora hay cuatro propuestas claras. La primera: atender los efectos del cambio climático, “lo que en la práctica quiere decir, por ejemplo, que podemos llegar a vender servicios ambientales, o que podríamos trabajar para reducir la huella de carbono en el sector de la floricultura, sustituyendo el transporte aéreo por el marítimo”, explica Brounen.
La segunda: la promoción del café de Colombia con un origen sostenible: “así como en el mercado se reconoce hoy al café colombiano por su calidad, lograr que se reconozca también por su sostenibilidad. Que la marca Colombia esté en la punta de referencia de la sostenibilidad”. Aquí habría que advertir que estas prácticas sostenibles no serán nuevas en los productos colombianos; se estima que hoy el 45% del café que se produce en el país es certificado, y lo mismo sucede con el 33% del banano.
Luis Genaro Muñoz Ortega, gerente general de la Federación Nacional de Cafeteros de Colombia, asegura que este convenio “reconoce el liderazgo de Colombia en el logro de la sostenibilidad del mundo cafetero”, y señala que los estándares de sostenibilidad “cada día se convierten más en condición sine qua non para permanecer y crecer en los mercados sofisticados, responsables y exigentes de mayor valor”.
Por último, la Embajada propone hacer más económico y más eficiente el proceso de certificación de los productos, y coordinar los diferentes programas de inversión que llegan al país y sus resultados. En menos de una semana se pondrá la última firma para que el proyecto empiece a ser una realidad.