Tomás Montoya daba un paseo por la Séptima Avenida de Nueva York y de repente, como si de una escena de Sex and the City se tratara, vio un pie forrado en un delicado zapato insinuarse por entre la puerta de un carro. Luego una mujer con un impecable vestido blanco apareció frente a él, para finalmente seducirlo con un bello sombrero crema y negro de formas arquitectónicas. Hacía años que el joven arquitecto, con afinidades artísticas, estaba buscando algo en lo que pudiera canalizar sus impulsos creativos. Ante la escena, casi como una revelación, pensó que a pesar de que en Bogotá pocas mujeres eran lo suficientemente arriesgadas para andar por el mundo ostentando un maravilloso sombrero, incluso un tocado, ese podría ser un lugar para proponer una nueva posibilidad en materia de accesorios.
Incursionar en el mundo de los milliners –palabra que históricamente ha designado a los especialistas en hacer tocados y sombreros para mujer–, le obligó a preguntarse por qué por tantas décadas mujeres y hombres habían abandonado la tradición de cubrir su cabeza con diseño y sofisticación. Quizás encontrar las razones de ese abandono lo llevaría a poder impulsar de nuevo aires que pusieran de moda llevar por la calle un sombrero.
Tomás Montoya, que fue haciéndose a paños y fieltros, que fue descubriendo los secretos artesanales de la sombrerería para hombres y mujeres, que exploró las plumas y las flores, fue paralelamente descubriendo que los tiempos de la segunda Guerra Mundial y años siguientes habían marcado la fecha de vencimiento para su prenda favorita.
“Fueron tiempos muy importantes para la moda. Tras las grandes producciones masivas de uniformes y ropas de aditamento para el ejército, la industria del vestido se volcó hacia la producción masiva y en serie. El sombrero, un arte centenario, y de mucho valor artesanal, fue lentamente reemplazado por el uso de gorras que encajaban más en la nuevas formas de la moda, que dejaban atrás la elegancia y proponían una moda fácil”, explica el diseñador, quien a pesar de un cierto escepticismo encontró en la boutique de la diseñadora Olga Piedrahíta un lugar para mostrar y vender sus diseños románticos que bautizó ‘La Coquito’.
En cuanto a ese extraño olvido de las mujeres por el sombrero, que solo era saldado cuando alguna asistía a una boda de la realeza, o con ínfulas de aristocracia, en donde la etiqueta exige que las mujeres lleven algún adorno sobre su cabeza, todo parecía apuntar a que justamente en los tiempos de guerra, cuando se quedaron solas, tuvieron que abandonar todos los artificios que les impidieran desempeñarse con la misma eficacia que los hombres en los trabajos que ahora ellos habían dejado vacantes por estar en el campo de batalla. “Los espacios para usar sombreros cada vez fueron más reducidos, empezaron a ser considerados de una elegancia desmedida. Esta filiación quizás se deba en parte a esa tradición que dice que reinas, princesas y condesas, no pueden dejar los aposentos reales sin su corona, pero como no van a andar por la calle con joyas milenarias, las reemplazan con sombreros que sirven como metáforas de esas coronas”.
En Bogotá, un lugar en donde el sombrero hasta los años 50 marcó la probidad moral de los señores, ésta fue una prenda que entró en desuso porque, en consonancia con lo que ocurría en otros lugares, la moda había dejado de ser ociosa, la racionalidad en el vestir y la economía eficiente de las familias las llevó a desechar lentamente eso que consideraban innecesario, poco útil, “y entre ese baúl se perdieron años de tradición de usar sombreros”.
Sin embargo, después de décadas de olvido, de manos de algunas celebridades como Johny Depp y Justin Tiberlake y de un renacer de toques vintage en el vestido, uno de los modelos más legendarios entre los sombreros masculinos, el Fedora, que había sido inmortalizado por caballeros elegantes de otras décadas como Frank Sinatra, Joseph Beuys, William Burroghs o el legendario Leonard Cohen, volvió a ganar un terreno en esa ‘moda de calle’ que a pesar de sus frenéticas renovaciones parecía empezar a agotarse.
“Aunque la gente aún es muy tímida, la influencia de otros países ha llegado y ya no es extraño que un jovencito lleve un Fedora de paja o de fieltro. Creo que la informalidad de la moda de esta época, en unos cuantos años nos va a parecer insoportable, los jóvenes vuelven a encontrar placer en ir bien vestidos”, explica el diseñador, que ha intentado darle nuevas posibilidades formales al sombrero experimentado con materiales, colores y adornos.