La intención del periodista Alberto Donadio no era producir nostalgia. Pero es lo que hace. A través de una investigación consagrada, descubre que los primeros exportadores de café en Colombia fueron los italianos. No fue El Eje Cafetero el lugar que vio nacer este grano, símbolo de la economía nacional, sino el departamento fronterizo de Norte de Santander. A través de documentos y anécdotas, narra la historia de estos extranjeros que, por los azares, terminaron viviendo en ese rincón de Colombia. Así, sin querer, hablando de italianos y de su pasado familiar, da cuenta en 255 páginas de los mejores años de una ciudad que hoy está sumida en la crisis del desempleo y la falta de oportunidades.
– ¿Por qué dedicar un libro a la llegada de los italianos a Cúcuta?
Como muchos inmigrantes, mi papá, que llegó a Cúcuta en 1938, se ha pasado toda la vida hablando del pueblo donde nació en Italia y de su aterrizaje en Colombia, donde vive hace 76 años. Tal vez por aquello de que el inmigrante es un extranjero en dos países. Pero aparte de la historia familiar, hay una realidad desconocida: los primeros exportadores de café colombiano fueron italianos que empezaron a llegar a Cúcuta hacia 1850, entre ellos mi chozno, mi bisabuelo, mi abuelo.
– ¿Cómo resultó la experiencia para un investigador como usted de hurgar esta vez en su pasado familiar?
Traté de agregarle a la memoria familiar documentos de archivo, como si se tratara de cualquier otra investigación, y los encontré en Roma en el archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores, pues por la importancia del comercio italiano, que no solamente exportaba café sino que importaba toda clase de artículos para surtir a Santander, Boyacá y Cundinamarca, desde 1864 hubo un consulado de Italia en Cúcuta.
– ¿Cómo fue el proceso de investigación y cuánto tiempo tardó en ello?
Desde que me acuerdo mi papá, Fausto Donadio, nos ha transmitido sus recuerdos y memorias y en los últimos años me dediqué a recoger datos y fotografías aquí y allá con primos y parientes. Con una tía de mamá que vivió lúcida hasta los 101 años, revisé escrituras en la notaría de Gramalote antes de la destrucción del pueblo, hablé con el médico de mi nono, Antonio Copello. En Cúcuta nadie dice abuelo sino nono, por la influencia italiana.
– ¿Cree usted que fueron los primeros italianos los que dejaron huella en Cúcuta convirtiéndola en una ciudad anclada al comercio?
Los italianos y los alemanes crearon un comercio muy activo en Cúcuta gracias al ferrocarril que comunicaba con el lago de Maracaibo. Gonzalo Canal Ramírez, el gran editor y escritor, que era de Gramalote, siendo niño conoció Cúcuta en los años 20 y según sus memorias le pareció un gran bazar metropolitano.
– El café, según su libro, viene del Norte de Santander. Cúcuta era una ciudad próspera, activa comercialmente. Hoy no queda nada de eso. ¿Qué cree que pasó?
La gente no lo sabe pero el primer café que se sembró en Colombia no viene del Quindío ni del eje cafetero sino de Salazar de las Palmas, Gramalote, Chinácota y otros pueblos de Norte de Santander. Y por Cúcuta se hicieron las primeras exportaciones al mundo. Después el café sí se regó por el resto del país, pero el cultivo lo inició el párroco de Salazar, Francisco Romero, que no quería vivir del clericato y sembró 40 mil matas. Fue el primer Juan Valdez. Cúcuta fue próspera antes de que encontraran petróleo en Venezuela, pero después con Venezuela Saudita su suerte quedó atada a la frontera.
– Sus investigaciones suelen ser de largo aliento. Se necesita mucha persistencia para ello. ¿No?
Lo fascinante es el trabajo detectivesco de encontrar los datos. Mi hermano Oreste dice que mi esposa Silvia Galvis y yo nos dedicamos a la vagancia investigativa. Vivimos por años metidos en archivos y bibliotecas, alternados con cine diario y caminatas. Lo importante no son los veinte libros que hicimos sino el encuentro entre los dos (opuesto al desencuentro), poder pasar todo el día juntos.
– Investigar siempre produce enemigos, malos ratos. ¿Por qué lo hace? ¿Ya le gustaba investigar en su infancia?
Sí me devoré todo Sherlock Holmes. Las investigaciones financieras y de corrupción dejan muchos enemigos, uno nunca sabe el número exacto de la gente que lo detesta, pero el periodismo investigativo no es un concurso de popularidad. Lo veo como un juez que dicta una sentencia, si las pruebas son sólidas se amerita el fallo. Se deja una constancia.
– ¿Cuál es la primera investigación suya de la que tiene memoria?
Empezamos la Unidad Investigativa de El Tiempo con Daniel Samper Pizano en 1972 cuando le llevé datos sobre el contrabando de babillas.
– ¿A qué investigadores admira?
A Daniel Mendelsohn, autor de Los Hundidos, un libro prodigioso sobre el Holocausto en que se dedica a averiguar la suerte de seis parientes víctimas del exterminio nazi. Y también a David Halberstam, sus libros sobre Vietnam, sobre los grandes diarios americanos, el último sobre la guerra de Corea, son inigualables. Vargas Llosa escribió una formidable historia de las atrocidades del caucho en El Sueño del Celta.
– ¿Cuándo sabe que una investigación está lista?
Empiezo varias al tiempo, luego al fin termino una, después otra. La indisciplina es superior a la disciplina.
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