Hace unos días contacté a René Guarín (hermano de Cristina Guarín, empleada de la cafetería del Palacio de Justicia y desaparecida durante la retoma por parte de las Fuerzas Armadas en 1985), y le solicité una entrevista. Guarín me puso una cita en un restaurante cercano a la Universidad Nacional. Es un hombre delgado, de baja estatura, recio, de movimientos felinos, de mirada atenta y sagaz, y sus palabras dan la impresión de un individuo acostumbrado a argumentar con rigor. Después de intercambiar los primeros saludos, me propuso que nos dirigiéramos a un apartamento cercano para conversar con tranquilidad. Noté que miraba nervioso hacia la calle y que calibró con rapidez a la gente que estaba en las mesas cercanas. Era evidente que el tema de su seguridad lo tenía tenso. Le respondí que sí, que no tenía ningún problema en cambiar de lugar. Tomamos un taxi y a los pocos minutos llegamos a un conjunto cerrado donde, por primera vez, él se sintió a gusto, cómodo, en su territorio.
La voz de René Guarín es melodiosa, suave, de entonaciones reposadas que demuestran un gran temple interior. A lo largo de la conversación se detuvo muchas veces y se quedó mirando al frente, absorto, ido, como si la sola evocación de su hermana lo transportara al pasado.
MM: ¿Cuál es el comienzo de esta historia?
RG: Mi vida está dividida en dos: antes y después del Holocausto. A partir de ese momento yo siento que el Estado colombiano, por medio de la desaparición de mi hermana, toca la puerta de mi casa y me hace una declaración de guerra. Desde ese momento, de mil maneras diferentes, yo intento dar con los restos de ella, con su cadáver, y no logro encontrarla.
MM: ¿Hubo algún indicio en ese entonces de su paradero?
RG: A los ocho días recibimos un casete que informaba que doce personas, entre las cuales había varios de los trabajadores de la cafetería y algunos guerrilleros, estaban siendo torturadas en la Escuela de Caballería. Quienes hablan dicen ser miembros de inteligencia militar, afirman que están de acuerdo con que sí se debe desarrollar en Colombia una política contrainsurgente, pero no comparten esos métodos tan terribles. Ellos dicen en ese casete que varios de los detenidos están aún vivos, que se les ha puesto electricidad en diferentes partes del cuerpo, se les han introducido ratones en la vagina y alfileres en las uñas, pero que ellos piensan que la guerra no debe ser así.
MM: Digamos que lo cierto es que durante dos décadas no pasa nada, no hay detenidos ni la investigación se dirige a encontrar a los responsables de los crímenes y las desapariciones.
RG: Sí, del año uno al año diecinueve lo que hacemos es ir a una misa anualmente en el Colegio Mayor de San Bartolomé, ponemos unas fotos en la Plaza de Bolívar, y no pasa nada más. Yo recuerdo sobre todo el año diecinueve porque estuvimos sólo tres familiares.
MM: En este caso, además, es imposible hacer un duelo real.
RG: Sí, exactamente, no hay una tumba ni un cadáver para poder elaborar la sensación de pérdida… Ya cuando se aproxima el año veinte, empieza un cambio significativo y yo me sorprendo aún más cuando un mes después aparece en el escenario el Fiscal General de la Nación dándole un impulso procesal al caso y haciéndolo que salte a la unidad de fiscales delegados ante la Corte. Los fiscales anteriores no habían hecho nada ni les había interesado hacer justicia en este caso. El doctor Iguarán es el primero y enseguida lo asume una fiscal que yo no dudo en calificar de valiente.
MM: Pero no han vinculado todavía a los altos funcionarios que podrían tener una responsabilidad por acción o por omisión…
RG: Sí, ésta es una de las peores impresiones en este caso. El 22 de agosto de 2006, casi diez meses después de haber asumido el caso esta fiscal, vinculan de manera formal al primer oficial, al coronel Edilberto Sánchez Rubiano. Y posteriormente lo detienen y lo mandan al batallón de Policía Militar número 13, en Puente Aranda. Y yo me encuentro con que el señor Sánchez era un funcionario del Inpec, era el director de la cárcel de mujeres del Guamo, Tolima. Y me encuentro con que el coronel Plazas, quien también participó de manera directa en la retoma del Palacio, había sido el director de estupefacientes del Presidente Uribe (y había salido por unos escándalos de corrupción que le hizo el senador Javier Cáceres). Y me encuentro también con que al general Arias Cabrales le devuelven su condición de general después de que Alfonso Gómez Méndez lo había retirado del servicio activo (el Congreso de la República lo asciende a general de tres soles, le pide disculpas y lo trata como un héroe). Y noto que no sólo los militares que estuvieron implicados tienen cargos importantes, sino también los civiles: Noemí Sanín es embajadora, Jaime Castro es un ex funcionario y reconocido experto en temas constitucionales, Belisario Betancur es un ex presidente dedicado a la cultura (hoy en día tiene a su hijo como embajador en Australia), Carlos Fracica está en el Plan Patriota, Rafael Samudio es el director de ACORE (Asociación Colombiana de Oficiales en Retiro). Qué curioso, pero cuando yo pregunto dónde están los desaparecidos nadie me da una respuesta. En cambio, cuando yo pregunto dónde están todos los actores gubernamentales de ese hecho, sí los encuentro, y los encuentro en escalones de arriba, muy bien premiados.
MM: En todo este proceso está refundido un personaje clave: Ricardo Gámez. Algo que a mí me ha impactado mucho es saber que usted, René, se entrevistó con uno de los torturadores de su hermana.
RG: Ricardo Gámez deja un documento firmado en notaría en 1989 antes de refugiarse en un país europeo. En ese documento confiesa las torturas a las que sometieron a los empleados de la cafetería y señala los sitios donde pueden estar las fosas con sus restos. Hace poco empezamos a cartearnos por internet y él, para estar seguro de que yo era el hermano de Cristina y no un agente encubierto, me hizo ciertas preguntas muy personales: que donde tenía mi hermana un lunar en forma de mapa. Yo le respondo: en la mano izquierda. Que cuando ella estaba de mal genio, cuál era el término que más usaba. Yo le contesto: “Jódanse”. Entonces él me dice: sí, eso era lo que nos decía mientras la torturábamos… Gámez me asegura después que desea colaborar con la justicia y que está interesado en declarar. Incluso acepta ser grabado y propone un sitio neutral donde él no corra peligro: la sede del Parlamento Europeo. Yo sirvo de puente entre él y la Fiscalía General de la Nación, pero por minucias jurídicas ese testimonio se malogra. De todos modos, y siempre con el anhelo de saber toda la verdad, yo sí viajo a Bélgica y me entrevisto con él. Gámez me cuenta que quien viola a Cristina es el capitán Luz Gutiérrez y que durante las torturas a ella le da un paro cardíaco. Asegura también, entre otras cosas, que los restos de Cristina fueron enterrados inicialmente a siete metros en diagonal del tercer polígono del batallón Charry Solano (no sabe si después los trasladaron a otro lugar).
MM. ¿Siente, René, a estas alturas, que este proceso sí va a poder dar con los responsables y que los va a castigar?
RG: Yo lo que siento es que todos los procesados se echan la culpa entre ellos, dicen que no se acuerdan, cambian las versiones, en fin, es un ir y venir muy agotador para nosotros, los familiares de las víctimas. Plazas Vega, por ejemplo, ha cambiado sus abogados en múltiples ocasiones y eso me demuestra que no es una persona que se está defendiendo con argumentos sólidos, sino que se está defendiendo con dilaciones y trampas. Ahora, sería impresentable en el plano internacional que el Estado colombiano no fuera capaz de hacer justicia, existiendo tantas evidencias y tantas pruebas. Porque si el Estado colombiano es incapaz de dar cuenta de once personas que desaparecen a cien metros de la Casa de Nariño, ¿qué esperanza pueden tener aquellos que viven en pueblos y veredas remotas?
MM: ¿Queda la esperanza de acudir a instancias internacionales?
RG: Este caso está en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Ellos juzgan a los Estados en abstracto, no a las personas. Pero hay otro modelo al que podemos acudir: la Corte Penal Internacional de La Haya, que sí juzga personas. Yo ya hice una primera aproximación en esta línea. Esto es un crimen de lesa humanidad y no debe quedar impune. Muchos me atacan y dicen que yo soy enemigo de los militares. Eso no es cierto. Yo creo que debemos tener un ejército, por supuesto, pero un ejército probo y recto. Creo incluso que a las mismas Fuerzas Armadas no les conviene una imagen de total impunidad, porque el mensaje a las nuevas generaciones de oficiales sería criminal: ustedes pueden verse involucrados en crímenes de lesa humanidad y no pasa nada. Uno no educa a las nuevas generaciones con ese tipo de ejemplos.