Además de rescatar las bases del humanismo y de recuperar los cimientos del arte clásico, también retomó un estilo sonoro de origen rural que poco tuvo que ver con los conceptos religiosos. Esa manifestación musical, conformada por estribillos y coplas, relataba sucesos cotidianos a través de las voces de sus protagonistas: habitantes de las villas y de ahí su nombre de villancicos.
A finales del siglo XV, todo el XVI y algunos años del XVII este estilo logró popularizarse en Portugal y España, gracias a la gestión de personajes como Juan del Enzina, Francisco Guerrero, Gaspar Fernández y Juan Gutiérrez de Padilla. La influencia española en América Latina determinó su divulgación en esta parte del mundo y esos cantos, además de acompañar las fiestas de diciembre, también se emplearon para celebrar la eucaristía.
La vihuela, instrumento de cuerda reemplazado por la guitarra, fue el acompañamiento genuino de los villancicos. La polifonía siempre ha sido el común denominador de esta manifestación cultural. En el siglo XVII, y aun en la actualidad, se distribuyen las voces en dos coros ubicados en lados opuestos de la iglesia.
A pesar de no ser uno de los iniciadores de estos cantos populares, el español Antonio Soler y Ramos (1729-1783) ha sido uno de los compositores más destacados con 132 obras. El repertorio actual sigue mostrando a Campana sobre campana, El tamborilero, Noche de paz y A la nanita nana como las favoritas en Europa y América Latina.