He pasado buena parte de mi vida intentando pasar por alto la Navidad. Como judío secular, ateo y progresista, mis razones son comunes. Es una fiesta comercial, pesada e incluso temida. Sin embargo, no estará cambiando en el futuro cercano y deberíamos sacarle el mejor provecho. (El Hanuka, pudiera notar, no es mejor, aunque nos da una excusa para comer latkes.)
Sin embargo, nada es tan simple como parece cuando se es joven, cuando mi desagrado por la Navidad era más intenso. De hecho, esta es una buena semana. El solsticio de invierno, por definición el día más melancólico del año, representa optimismo: los días no hacen más que alargarse y volverse más brillantes a partir de ahora. Árboles de olor dulzón pueden convertir un apartamento en algo exótico. Y después está el sueño de la paz.
Hoy se marca el 100 aniversario de la “tregua de Navidad” de la I Guerra Mundial, cuando soldados de amabas partes dejaron sus armas en las trincheras y se reunieron en territorio neutral para abrazarse, jugar futbol y sin duda beber en exceso en el espíritu de la humanidad. Si bien los actos fueron condenados oficialmente, estos momentos de “vive y deja vivir” se repitieron a lo largo de la guerra.
No había razón para que esos hombres se odiaran mutuamente, ya no digamos para empezar la muerte mecanizada que creó una generación perdida y dejó alrededor de 16.5 millones de muertos. (En Francia y Alemania, los países con más bajas, murió alrededor de 4 por ciento de la población total. La diminuta Serbia pudiera haber perdido 20 por ciento de su población.)
A pesar de las espontáneas treguas ocasionales, la matanza siempre se reanudaba, y quienes se resistían realmente a veces eran ejecutados. Es indudable que la guerra fue una de los grandes fallas de la “civilización”, particularmente debido a que engendró la II Guerra Mundial, durante la cual murieron 55 millones de personas en todo el mundo, con base en estimados.
Pero, ¿qué tal si ofrecían a una guerra y nadie venía? Hace cien años, la alternativa más viable al asesinato masivo declarado fue la revolución armada, lo cual es difícil lograr; particularmente en estados industrializados. Se podría argumentar que para los gobernantes de las naciones imperiales, una consecuencia nada bienvenida de la guerra fue aplacar el celo revolucionario de las clases trabajadoras.
En Estados Unidos, votar por la izquierda no tuvo gran impacto: El organizador laboral Eugene V. Debs se postuló cinco veces para presidente como socialista, la última vez desde la cárcel – donde cumplía una condena por “sedición”; esto es, oponerse a la guerra – y recibió dos veces (en 1912 y 1920) casi un millón de votos (más de 5 por ciento del total en 1912, lo cual crea un buenargumento para la representación al estilo parlamentario). Su condena de 10 años fue conmutada al tiempo que cumplió hasta la Navidad de 1921.
Sin embargo, nada desaceleró la matanza, ciertamente no lo hizo la religión. Si bien no lo sabríamos a partir de la retórica, la lógica demuestra que un Dios benevolente no participó en lo más mínimo. Esto, por supuesto, es una de las razones para sentir desagrado hacia la religión organizada; cada persona cree que Dios está de su lado. Quizá, ofrecer la otra mejilla es demasiado pedir.
Después está la Navidad, y esa rara tregua espontánea, “organizada”, como fue, sin liderazgo.
¿Qué tiene la Navidad que les dio a esos hombres una excusa? ¿Cuál es un valor fundamental del cristianismo al cual pudiéramos recurrir? Le pregunté a mi amiga Serene Jones, la presidenta del Seminario Teológico de la Unión y una de las pocas personas que conozco que puede defender sensiblemente al cristianismo. Su respuesta: “Todos los cristianos solían decir, ‘ama a tu vecino como a ti mismo’. Simplemente no pueden ponerse de acuerdo con respecto a qué implica el amor y quién es tu vecino”.
La denominada regla de oro – no hagas a otros – ostensiblemente es un principal fundamental de cada gran religión. Si bien se hace caso omiso a esto ampliamente, todos sabemos lo que es el amor y quiénes son nuestros vecinos. Si cada día fuera Navidad, si viviéramos como si la regla de oro tuviera importancia, si cada día fuera una tregua. bien, esa es una realidad que nunca hemos abordado, pero a la cual deberíamos apuntar.
¿Es eso tonto? Solamente si no estás de acuerdo con Martin Luther King Jr.: “Rehúso aceptar la perspectiva de que la raza humana está tan trágicamente atada a la medianoche sin estrellas del racismo y la guerra que el brillante amanecer de la paz y la hermandad nunca pueda convertirse en una realidad”.
Todos creen que su tiempo es el más tumultuoso; pese a todos sus desafíos, nuestro tiempo probablemente no lo sea. La violencia va en descenso, hay paz ampliamente, abundancia y progreso, en tanto las oportunidades para la verdadera democracia y entendimiento nunca han sido mayores. Si los esfuerzos hacia el progreso parecen vacilantes, en parte se debe a que los oligarcas que dirigen Estados Unidos y la mayoría del resto del mundo están desesperados por seguir en control, debido a que el progreso amenaza la concentración de la riqueza.
Sin embargo, si hablamos entre nosotros y nos amamos mutua y propiamente hasta donde podamos, vamos a prevalecer. Un mundo justo y maravilloso puede ser nuestro, siempre y cuando no renunciemos a nuestra ciudadanía.
El Jesús histórico fue un revolucionario no-violento. Celebremos eso. y que nuestros días se van alargando.