“Había momentos difíciles pero uno nunca pensaba, qué sé yo, en irse y dejar todo atrás. Uno iba con el objetivo de llegar al final. Duramos como unos cuatro o cinco meses en entrenamiento. Esperábamos que no hubiera problemas, que nadie se saliera, que nadie se enfermara, para demostrar que la mente y el cuerpo humano podían resistir el aislamiento de un viaje a Marte. Había dos médicos a bordo. Había soporte médico en tierra. Estábamos bien cubiertos.
Los rusos no hablaban perfecto inglés y nosotros no hablábamos perfecto ruso. Terminamos hablando una mezcla de ruso e inglés.
Nos levantábamos a las ocho de la mañana siempre, porque teníamos que hacer unos exámenes médicos y enviarlos a los médicos de la Tierra. Nos bañábamos sólo una vez cada diez días, para ahorrar agua. Teníamos que cambiarnos de ropa interior cada tres días. Como hacíamos ejercicio, nos limpiábamos con pañitos húmedos. Uno podría vivir todo el tiempo con los pañitos, pero la ducha es importante para la cabeza, para la mente.
Teníamos unos cien experimentos en fisiología, cómo reacciona el cuerpo al aislamiento, y en psicología, cómo reacciona la mente. Los de fisiología eran, por ejemplo, poner electrodos antes de hacer ejercicio y electrodos después de hacer ejercicio, y medir la actividad cerebral para ver si el ejercicio te ayudaba a estar mejor.
A la hora del desayuno y del almuerzo nos encontrábamos todos; eran los únicos momentos en que nos veíamos las caras. Ya por la tarde era una mezcla de trabajo y de tiempo libre. Leíamos, mirábamos películas. Por la noche, antes de acostarnos, había otro chequeo médico, a las diez de la noche. Y después tal vez te tocaba dormir con electrodos. No se podía ni dormir: ellos querían analizar el sueño.
La primera etapa duró doscientos cuarenta y pico días. Esa parte fue más fácil que la segunda, porque íbamos con la expectativa de la llegada simulada a Marte. Tuvimos dos emergencias planeadas por la Tierra, de las que nosotros no sabíamos. Nos dijeron que había una tormenta solar, que deshabilita los sistemas electrónicos de la nave. Nos avisaron desde la Tierra: tienen media hora para mandar lo que necesiten porque en media hora se cortan y no sabemos cuándo vuelven. Quedamos aislados como por una semana. Cambió un poco la rutina. No fue un gran problema.
Los momentos difíciles eran en los que había menos comunicación con la Tierra. Puedes tener un problema pequeño, pero es todo tu mundo durante ese día. Es todo lo que puedes pensar. Hay menos comunicación con tu familia y no puedes distraerte en otros lugares, conociendo otra gente.
Esto nos sucedió cuando llegamos al verano. Todos se van de vacaciones y escriben menos. Había un ánimo menor, y todo coincidió con que fue el primer año de la misión. Ya habíamos pasado un año fuera y nos quedaban seis meses para volver otra vez. Era difícil.
“Yo aguanto”
Si tú estás en una nave, sacas el agua del sistema de reciclaje, se la pones a la comida y tal vez después la botas en forma de sudor y vuelve al reciclaje. Así ahorras peso. La comida me gustaba, pero después de mucho tiempo de comer lo mismo, lo mismo, lo mismo…
También había un invernadero que nos daba tomates cereza o pimentones chiquitos, pero una vez cada mes. Cuando llegaban uno estaba contento, pero se comía tres tomaticos y ya se acababan.
Es muy fácil que uno esté en un espacio tan pequeño, roce a una persona con el brazo, y eso inicia irritación en la otra persona. Las cosas pueden volverse grandes, pero lo que hacíamos era contenerlas, no dejar que los problemas se volvieran muy grandes y ser muy pacientes con los demás.
Cualquier día que fuera diferente era bueno. Celebrábamos los cumpleaños como podíamos, con los recursos que había. Regalábamos comida del módulo de almacenamiento, que igual ellos hubieran podido coger. Pero se la poníamos en el desayuno bien arreglada, y comían de eso.
Leí, más de lo que siempre leo. Me alcancé a leer siete libros de García Márquez. Me gustaba leer ciencia ficción. Me gustaban los libros de personas que habían pasado por eventos fuertes: prisioneros de guerra, secuestrados. Uno decía: hay gente que ha estado en unas cosas tenaces. Yo aguanto.
Estatuas de cera
Duramos quince días en Marte. Estábamos en un módulo de aterrizaje, tres personas viviendo. Las otras tres personas se habían quedado orbitando Marte, supuestamente. En la superficie de Marte nos pusimos un traje espacial, salimos a hacer simulación del trabajo que haría una tripulación a Marte: recoger muestras del suelo, buscar cosas.
Luego volvimos a la Tierra. El día en que salimos del módulo lo llamo el mejor día de mi vida. Después de haber visto sólo a cinco personas, a la salida había periodistas, todos los científicos, nuestra familia. Eran tres pisos de gente. A mí me parecía que eran de mentiras, que eran estatuas de cera. Era muy fuerte ese momento, los olores eran muy intensos. La comida, después de haber comido siempre la misma, comer cualquier cosa le sabía a uno delicioso. Ver unos árboles, ver unas plantas, era muy…
Estaba mi familia, los abracé, los saludé e hicieron una comida allí.
Nosotros, si queríamos, podíamos salir. Por derechos humanos uno no puede encerrar a una persona. Pero a nosotros nunca se nos pasó por la cabeza salirnos. Queríamos llegar hasta el final”.