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En defensa del ambientalismo colombiano

Una reflexión en medio de los efectos de la ola invernal.

02 de junio de 2011 - 02:28 a. m.
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En su artículo ‘Hay vida después de Santurbán’, el analista José Manuel Acevedo acierta al decir que: “en Colombia el activismo ecológico es más bien una amalgama de intereses escondidos mezclados con preocupaciones medioambientales, pero sazonados sobre todo con radicalismos que no contribuyen en la búsqueda de alternativas que vayan por la mitad”.

Tal argumento, que hace recordar palabras del Presidente Uribe sobre los ambientalistas en tiempos menos tolerantes que los nuestros, socava el impacto de un artículo que por lo demás contiene varios planteamientos sensatos – con los cuales muchos ‘ambientalistas’ estarían plenamente de acuerdo – en torno a los retos ambientales de nuestra coyuntura.

Lo digo por experiencia propia: durante los casi tres años de mi trabajo con el sector ambiental en Colombia, he podido conocer cientos de ambientalistas a lo largo y ancho del territorio nacional.  He encontrado ambientalistas jóvenes y viejos, de izquierda y de derecha, de la academia y lejos de ella, algunos expertos en especies, otros en el impacto humano del deterioro ambiental, líderes comunitarios, individuos aislados, indígenas, campesinos y ciudadanos de las grandes ciudades. 
He encontrado poco radicalismo. Lo que sí abunda es un saludable sentido de convicción, compromiso, preocupación e interés en las implicaciones ambientales de nuestras decisiones actuales, sean locales, nacionales o – en muchos casos – internacionales.

Sin excepción, he conocido personas comprometidas con la conservación del medio ambiente y con un compromiso ético claro con las diversas manifestaciones de la problemática ambiental hoy en día.  Nunca he conocido a un ambientalista en Colombia con ‘intereses escondidos’. Es un grupo heterogéneo y poco unido, esto sí, pero esta diversidad es consistente con la realidad tan compleja del país.

La existencia de un movimiento ambiental amplio en la sociedad civil tendría que ser vista como señal de una sociedad democrática, educada y tolerante.  En los EEUU, y en la mayoría de los países europeos, existen movimientos ambientales que cuentan con la participación de millones de ciudadanos.  El abanico de los temas ambientales cubiertos por estos movimientos es inmenso. Muchos políticos en estos países han tenido que dimensionar el tema ambiental para responder así a las preocupaciones ambientales de un porcentaje significativo del electorado.

Los efectos trágicos de la emergencia invernal en Colombia – exacerbado en gran medida por las deficiencias del ordenamiento territorial nacional de los últimos 50 años – tendrían que ser motivo de un tremendo auge en el interés de los líderes nacionales, de la ‘élite’ colombiana y de la sociedad civil en entender las raíces ambientales de nuestro predicamento actual.  La biodiversidad extraordinaria de Colombia – única en el mundo – presupone una sensibilidad adicional, por parte de todos. El valor intrínseco de esta biodiversidad implica una enorme responsabilidad, tanto de Colombia como del mundo entero, en torno a su protección y aprovechamiento sostenible hacia el futuro.

Si los demás sectores en Colombia, incluyendo el empresarial, quieren tener un diálogo serio con el ambiental, basado en la ‘discusión pública…transparente’ que con mucha razón reclama el Dr. Acevedo, acompañarán a los ambientalistas en nuestro llamado a que el nuevo Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible goce del mismo peso político, presupuesto, liderazgo y seriedad que caracterizan a los demás Ministerios en este nuevo Gobierno.
 
Confío en que el Presidente Santos, quien en su momento firmó el Pacto Ambiental Colombiano, comparte este deseo.

edwardleodavey@gmail.com

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