Elvira Alvarado ha dedicado su vida a proteger los arrecifes de coral. Una labor que comenzó a finales de los años 70, cuando estudiaba Biología Marina en la Universidad Jorge Tadeo Lozano y acompañó a Fernando Duque, uno de sus profesores más queridos, al Parque Corales de las Islas del Rosario para conocer el estado en el que se encontraba el arrecife. Los colores y las formas la cautivaron de inmediato y no dudó en regresar, años más tarde, para comprobar que este ecosistema permaneciera intacto.
Pero el panorama era devastador. Dos de los corales más hermosos, el cacho de venado y el cuerno de alce, se encontraban cubiertos por una pasta blanca que los estaba matando y sobre el suelo marino se veían decenas de corales muertos.
Elvira investigó con un grupo de colegas las causas y descubrieron que la responsabilidad recaía sobre los sedimentos que llegaban a través del Canal del Dique, el uso de dinamita, el turismo incontrolado y las altas temperaturas del agua. Sin pensarlo dos veces presentaron un proyecto de investigación para comprobar los efectos del canal sobre el arrecife y los resultados fueron tan contundentes que se suspendió el dragado en una de las desembocaduras del canal.
Meses después otros estudios revelarían que el cacho de venado y el cuerno de alce también sufrían de una enfermedad conocida como banda blanca, que estaba atacando a los arrecifes del Caribe y poniendo en riesgo de extinción local estas dos especies. La angustia embargó a Elvira, quien hacía unos años había sido nombrada directora del Museo del Mar de la Tadeo Lozano.
Un cargo que ejerce desde hace 26 años y del cual se siente orgullosa, pues reconoce que durante los primeros semestres de universidad no fue buena alumna. “Sólo hasta quinto semestre comencé a destacarme por mi rendimiento académico y deportivo, también formaba parte del equipo de voleibol”, recuerda.
A pesar de haber estudiado una segunda carrera, Relaciones Internacionales y Diplomacia, también en la Tadeo, Elvira sostiene que su vida es proteger los corales de las Islas de Rosario. Por esta razón, no ahorró esfuerzos para restaurar las comunidades arrecifales sembrando corales.
Sus investigaciones también han sido exitosas, pues varias especies lograron sobrevivir e incluso reproducirse. Sin embargo, el suelo marino en lugares como Isla Grande aún parece un desierto y la única solución consiste en buscar especies resistentes que logren sobrevivir. Y Elvira está dispuesta a seguir trabajando por esta causa. De hecho, varios alumnos y compañeros de investigación se han contagiado con su entusiasmo y contribuyen para proteger los arrecifes.
Cada vez que su apretada agenda se lo permite, Elvira se desprende de su pequeño hijo y se ausenta de la oficina en la que ha permanecido por décadas, para viajar al Parque Islas del Rosario. Durante horas bucea para verificar el estado del arrecife y comprobar con tristeza que los daños causados de forma natural y por el hombre siguen creciendo, a pesar de que en algunas zonas su trabajo ha dado frutos y éstos han logrado remediarse.