¿Qué puede describir mejor a una mujer y qué la puede describir aún más si se trata de la fiscal general de la nación de Colombia? ¿Que se haya casado por segunda vez con el mismo hombre y que ese hombre tenga un expediente judicial por haber sido condenado por falsa denuncia y haber purgado una pena de 30 meses de cárcel? ¿Que se levante todos los días a las 5:30 de la mañana a leer la Biblia? ¿Que haya soportado que una bacteria se comiera su ojo izquierdo hasta acabarlo y tener en su reemplazo una prótesis? ¿Que sea la madre consagrada de dos mujeres de 22 y 16 y un varón de 18? ¿Que haya sido capaz de imputarles cargos a los más cercanos colaboradores del expresidente Álvaro Uribe: Bernardo Moreno, María del Pilar Hurtado, Andrés Felipe Arias? ¿Que haya declarado insubsistente al fiscal Germán Pabón, que llevaba el caso por el carrusel de la contratación, e imputado cargos a contratistas y llamado a interrogatorio a concejales?
¿Que destapara las falsas víctimas de la masacre de Mapiripán? Todo lo anterior habla de quién es y cómo es Viviane Morales: una mujer valiente.
Empecemos por decir que quien escribe este perfil fue su compañera de trabajo, soy su amiga y como periodista, las recientes columnas de opinión en las que cuestionan su idoneidad me han planteado una profunda reflexión que supera el trajinado debate sobre si los funcionarios públicos tienen o no vida privada. Aquí el tema es que quienes la deslegitiman como fiscal, la cuestionan porque escogió ser la esposa de del exguerrillero del M-19 Carlos Alonso Lucio y porque suponen que es influenciable en sus decisiones y le atribuyen a Lucio el poder para interferir sin excepción en los procesos judiciales colombianos, para lo que en mi opinión, sólo una más, necesitan más que la exposición de unos motivos. Necesitan pruebas.
Ya casi se cumple un año de cuando Viviane Morales dejó su puesto de comentarista en la mesa de Caracol Radio para asumir la Fiscalía, como lo hiciera un año antes al dejar su trabajo como profesora de derecho de la Universidad del Rosario. Llegaba cada mañana a las cinco en punto a responder las preguntas de Darío Arizmendi sobre todos los temas. La ahora fiscal prefiere sacrificar la palabra fácil, el repentismo, a plantear una opinión que no sea fruto del estudio, porque para ella es importante hablar de lo que sea, pero con la autoridad que da el conocimiento, dice su antiguo jefe. Y ese conocimiento sobre los temas a veces la hacía tornarse vehemente.
El estudio es sin duda una de las características de esta mujer nacida en Bogotá, que acaba de cumplir 49 años. Meses antes de resultar elegida por la Corte Suprema de Justicia y tan pronto recibió la llamada del presidente Juan Manuel Santos para invitarla a conformar la terna junto a Juan Carlos Esguerra y Carlos Gustavo Arrieta, se dedicó a estudiar. Tres horas diarias con sus antiguos profesores y compañeros, sin contarle a nadie. No es dada a hablar mucho. Es un mujer reservada.
También es capaz de sacrificar horas de sueño. No importa si son las cinco de la mañana o de la tarde, siempre luce arreglada. Sin maquillaje porque es alérgica. Con algo de color en los labios y las uñas sin pintar. Llega cada mañana a las 7:30 a su despacho. Recibe entre siete y ocho personas diarias. Luego se dedica a los más de mil procesos que tiene a su cargo directamente y a atender a los funcionarios. Son jornadas largas que interrumpe a veces con algo de ejercicio en una elíptica que tiene escondida en su despacho y que le permite sudar un poco y retomar el ritmo. El estrés le produce dolencias en el cuerpo, como la más reciente, que es cervical. Logra disminuir los altos niveles de colesterol con un agua de linaza tomada en ayunas que deja reposando la noche anterior.
Viviane Morales escucha a Schubert, le basta con una sola copa de vino tinto y canta a Silvio Rodríguez: “los amores cobardes no llegan a amores ni a historias… ni el recuerdo los puede salvar ni el mejor orador conjurar”. Hoy extraña el anonimato y la literatura y dice que se quedó sin amigos. Todos abogados a los que no puede abrirles el despacho. “En este puesto, como dice uno de mis antiguos amigos, uno no viene a entregar condecoraciones”. Le quedan sus compañeros de estudio María Luisa Mesa y Alejandro Venegas.
¿Fundamentalista? “En mis creencias cristianas pero aferrada a los valores democráticos, al respeto del otro, por eso no confundo un problema ético y de salud pública como el aborto, como tampoco estoy de acuerdo con someter al prohibicionismo ni a la legalización total una tragedia como las drogas”. ¿Cómo reacciona a las críticas? “Recordando el Sermón del Monte y reflexionando sobre la importancia de la palabra, porque la palabra puede convertirnos en homicidas. La violencia en este país no es sólo la de los tiros, es la de los corazones resentidos”.