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Ilustrar y diseñar por devoración

Uno de los ilustradores más importantes de España habla para El Espectador de su oficio, del arte y la disciplina.

28 de abril de 2012 - 12:04 a. m.
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¿Cuál es el primer dibujo que recuerda de niño?

Siempre dibujé, pero recuerdo los primeros, hechos con una caja de colores que me regalaron. Era emocionante sentir el trazo del color sobre el papel y el olor intenso de los lápices como parte consustancial del acto físico del dibujo. No solamente el trazo, sino toda la parte sensorial.

¿Cómo es ese acercamiento al mundo de los niños?

Los niños son los más abiertos, los que mejor entienden ciertas propuestas, porque todavía no tienen argumentos definidos sobre la creación, sobre la ilustración, ni siquiera de la representación, por lo que son más permeables que los adultos. Con ellos el disfrute es muy grande, porque su comprensión es muy alta.

¿Cuándo perdemos esa parte intuitiva?

La cuestión viene cuando la educación metodológica, la que se empeña en la fidelidad de la representación, nos lleva a constreñir todos los recursos expresivos que los niños tienen de forma intuitiva, a no salirse de las líneas, por ejemplo. Porque las normas de lo bien hecho se establecen desde la didáctica de una forma matemática, ya que se debe evaluar y se evalúa lo que se parece a la realidad y no lo que tiene una construcción creativa.

¿Es ilustrador y diseñador por devoración, como usted mismo se define?

En realidad, la palabra ‘devoración’ me la endilgó Carlos Grassa, que es un amigo literato, y, la verdad, me gustó porque es una palabra muy definitoria. La hago propia a pesar de que es una expresión ajena, pero la he asumido como una característica personal, porque devoro apasionadamente lo que hago.

¿Qué tan arriesgado se puede ser con la tipografía?

Todo. La tipografía es imagen. En ella hay un terreno creativo impresionante. De hecho hay grandes tipógrafos que, sin haberse apartado jamás del terreno de la tipografía, se han configurado como grandes maestros de la expresión. Estoy pensando, por ejemplo, en Niklaus Troxler, quien trabaja desde la tipografía, pero la trasciende, va más allá.

¿La inspiración es la suma de trabajo, constancia y experiencia?

Sí. Decía Picasso que la inspiración te pilla trabajando. La inspiración es fruto de todo eso. A lo mejor puedes tener una iluminación repentina en un momento determinado de tu vida, que se puede convertir en una genialidad, pero hay que trabajarla diariamente, no se puede vivir eternamente de una única y exclusiva genialidad.

¿Cree que su trabajo se considera arte?

No realizo arte, lo que hago es comunicar. Trabajo en el mercado de la comunicación, pero empleo argumentos artísticos y me valgo de los instrumentos propios del arte para utilizarlos dentro de ese territorio. Las piezas que realizo se podrían circunscribir al arte, pero lo que las define no son tanto los procesos, como el lugar que ocupan en el terreno de la expresión.

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¿Cómo describir entonces sus piezas?

Esos objetos son circunstanciales, son residuos, no cumplen otro propósito más que el de la representación, y así no se constituyen como esencia, sino que su constitución es efímera. No los concibo como piezas estables, sino todo lo contrario: son verdaderamente inestables y volubles, pueden transmutarse, ir de acá para allá, ser creados o destruidos.

Aparte de diseñar, ¿qué más lo apasiona?

Vivir. Me gusta todo lo que tiene que ver con lo impredecible de la vida.

¿Y el arte dramático?

Tengo una formación teatral y llegué a los 25 años al diseño gráfico. Hasta ese momento mi formación no es sólo actoral, sino que la parte profesional también está circunscrita a ese territorio. A pesar de que dibujé intuitivamente desde niño, no lo abandoné jamás.

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Usted tituló uno de sus videos ‘Dónde habita la cabeza’.

Es un video hecho para presentar mi trabajo, donde acudo a la explicación recurriendo a la sugestión, con una fórmula poética.

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¿Se puede ver fuera de una de sus conferencias?

No. Porque si lo colgase en internet lo mataría. Tendría un tiempo de vida muy corto. Uno de los problemas de las redes sociales, de internet, es que el consumo de imágenes de todo tipo es inmediato y no hay tiempo para la digestión; entonces prefiero preservarme un poco en ese terreno tan abrumador que es la red de redes.

Su cuento ideal para ilustrar.

Alicia en el país de las maravillas.

¿Y por qué no lo ha hecho?

Alicia es inabarcable, es un universo completo. Trabajo por encargo, no para satisfacer ninguna necesidad personal. Y eso de no elegir lo que haces, sino de hacer apasionadamente lo que otros han decidido por ti, me parece muy interesante; si quisiera ilustrar Alicia y no lo hiciera, a los 90 años quizá tendría ese vacío de decir: nunca tuve tiempo de hacer aquello que hubiese querido hacer. Pero como no tengo ninguna necesidad de cubrir ciertos vacíos, todo aquello que se va presentando de forma azarosa se convierte en grandes regalos a los que me aferro.

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¿Qué objeto reinventaría?

Más que objetos me gustaría reinventar conceptos, como la sinceridad. Valores que tienen que ver con el comportamiento del hombre y con los valores políticos. No sé si siempre ha sido, pero creo que hemos pervertido las palabras y los conceptos hasta llegar a enmascararlos.

Una imagen con la que quisiera ser recordado.

Creo que las personas no pueden definirse exclusivamente con un término o una palabra, ya que responden de manera distinta ante las situaciones. A mí me gusta pensar que mi identidad puede alojar a muchos isidros, no a uno solo. Entonces un objeto que me identifique tendría que ser algo que albergue muchas posibilidades; un caleidoscopio, quizá.

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¿Cómo surge su libro ‘Una casa para el abuelo’?

Tiene que ver con mi propia historia, que se produce a partir de la muerte de mi padre. Es una especie de tributo, pero también es la forma de contarles a mis hijos cómo es la muerte.

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