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La Divina Comedia de la justicia colombiana

Los colombianos no cesamos de admirarnos de la capacidad histriónica de nuestra clase dirigente. Hemos visto, casi que en primera fila, a un presidente temeroso y vacilante lanzando dardos contra sus aliados de campaña; a un ministro trastabillando ante la realidad de los hechos y las circunstancias; a unos congresistas perplejos y sin capacidad alguna de entender cuanto ocurre en su propio recinto; a unos medios de comunicación confusos y a una opinión publica estupefacta.

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Los colombianos no cesamos de admirarnos de la capacidad histriónica de nuestra clase dirigente. Hemos visto, casi que en primera fila, a un presidente temeroso y vacilante lanzando dardos contra sus aliados de campaña; a un ministro trastabillando ante la realidad de los hechos y las circunstancias; a unos congresistas perplejos y sin capacidad alguna de entender cuanto ocurre en su propio recinto; a unos medios de comunicación confusos y a una opinión publica estupefacta. Todo a raíz de la pretendida reforma a la justicia colombiana que se llevó miles de millones de pesos y casi un año de trabajo legislativo.

Hemos visto a Simoncito, presidente de la Cámara de Representantes, –al estilo del personaje pombiano- confesar que no sabe leer y que firma los proyectos de ley y las mismas leyes sin siquiera conocer su contenido, conjeturando lo que presume y renegando contra aquellos colegas a quienes acusa de realizar un “cambiazo” en el contenido de los proyectos legislativos. Igualmente hemos visto a un presidente elogiando en primera instancia al Congreso de la Republica por su labor ardua y extenuante al servicio de los colombianos y, posteriormente, denostar contra todos ellos por la torpeza de sus actuaciones y dejar entrar micos, osos, culebras y jabalíes en unas cuantas cuartillas que desembocarían en el caos total de la justicia colombiana.

Hemos visto, aunque en la distancia y tras bambalinas, a unos magistrados y representantes de las altas Cortes actuando como mercaderes con la única mercancía que no se podía negociar: la Justicia. Y los hemos visto como las rameras entregando el cuerpo entero del delito a cambio de una ampliación de sus funciones, pretendiendo quizá con ello, servirle a la Patria y a la misma justicia, acudiendo a la corruptela y la injusticia para perpetuarse por doce o quince años más en sus togas manchadas del vil metal o de la lacerante concupiscencia. Y hemos visto, al mejor estilo Kafkiano o Zalameista, el mismo de las escalinatas, a congresistas rasgándose las vestiduras por la despreciable actitud de unos doce apóstoles que se encargaron de vender por unas cuantas monedas y unas cuantas prebendas judiciales el mismo cuerpo sagrado de la Justicia colombiana. Y hemos visto a la Justicia crucificada en el huerto de la impunidad, flagelada una y otra vez por magistrados, congresistas, periodistas, ministros, opinión pública y a cuanto mercachifle se le ocurre levantar su voz para impetrar entereza a la misma justicia desflorada y humillada por quienes ayer fungían como amantes y hoy como adversarios.

Y hemos visto, cual Judas redimido, negar toda intromisión de micos y orangutanes a congresistas que aun viendo la reacción airada de un país se mantienen enhiestos en su posición de victimarios y niegan una y setenta veces tres sus oscuras intenciones de entregar a los fariseos el cuerpo sagrado de la justicia colombiana. Y a modo propio sacan su espada para cortar el oído y la lengua de quienes se atreven a replicar que fue poco el usufructo obtenido por tan deleznable crimen. Y los hemos visto orondos mientras hacen gestos rinrinescos para caer una y otra vez en las fauces del pato tragón que no son otra cosa que sus mismos enredos ante el ovillo indescifrable de su propia estupidez.

Qué no hemos visto los colombianos, acostumbrados a ver y oír toda clase de bufonescas tragedias y comedias. A un Jefe de Sanedrín flagelando a sus mismos legionarios que no tuvieron la sagacidad necesaria para ocultar entre los cientos de folios las colas de micos y lagartos que se muestran como prueba irrefutable de un cambiazo de articulados en los clubes privados de la concupiscencia. Hemos visto a las Magdalenas ungiendo el rostro y los pies de Colombia entera, llorando la desventura de la muerte de ese hijo vestido de toga y frac. Regocijándose quizá con la esperanza de una resurrección que prometen a los cuatro vientos los mismos que no vieron, ni olieron ni sintieron que con sus dedos índices enterraban en la fosa oscura de la nada al cuerpo redentor de la Justicia. Y lloran las Magdalenas por cuanto saben que esta también es una fabula y que en el mejor de los casos se levantará la muerte para usurpar otra vez el poder, la gloria y la eternidad de la Injusticia en Colombia.

Y veo a los Arimateos cargando la cruz, queriendo volver más suave el peso de lo actuado, rasgándose una y otra vez las vestiduras, ofreciendo nichos donde reposar el cuerpo magullado y lacerado, prometiendo la mirra de la esperanza y la resignación por cuanto los asiste la expectación de que nuevamente se levante entre los suyos el cuerpo glorioso de la Justicia Colombiana. Arimateos que a cambio de dignidad ofrecen nuevas dadivas de inoportuna redención por cuanto una vez muerto el Maestro lo único que puede revivir es la fuerza del pensamiento entre quienes violaron, flagelaron y contribuyeron a crucificar a su Maestro.

Y veo a los Poncios lavándose una y otra vez las manos en el aguamanil que también fue usada por los doce discípulos; enjuagándose las manos con el agua babosa que quedó como testimonio de la venta del Maestro. Y entre más se enjuagan más se untan del estiércol que oculta su contorno. Pobres y dementes discípulos que fueron engañados por quienes fungían como salvadores. Pobres Poncios que entre más se lavan las manos más denotan el hedor de su boca y de su vientre. Poncios que no sabiendo como ocultar su desengaño añoran el sepulcro de su Maestro para enterrar sus propias desesperanzas. Poncios que siendo victimas de todo cuanto hacen con sus mismos discípulos han entendido en carne propia el dolor y la angustia del pueblo colombiano que desde siempre y hasta el fin de los tiempos sufre el escarnio de la felonía y la traición de quienes les ofrecen ríos de leche y de miel para luego entregar como sustituto de lo imposible leguleyadas que en nada compensan las expectativas de los cananeos.

Y veo al Redentor, escondido entre las nubes de la Patria, vociferando contra quienes también lo traicionaron. Lanzando rayos cortos y furibundos que estremecen el vientre agudo de quienes los padecen. Veo a Júpiter y Zeus enfrentándose rayo a rayo por su paraíso, el mismo que colmaron de sangre y que se niegan a abandonar. Redentores que mancillan el suelo que pisan y el pueblo que gobiernan. Llevan bajo su sobaco las togas de los magistrados y los textos de los códigos que se niegan mutuamente, pero ahí los llevan hasta que el término de los días asome entre las nubes de su paraíso. Y veo a las multitudes tomar partido, unos con Zeus y otros con Júpiter, preparándose para la Gran Batalla que se librará en pos de la Verdad, la Justicia y la Reparación.

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Y veo el Gran Cuerpo del Maestro, la Justicia Colombiana, entregado a su beodez consuetudinaria. Durmiendo y yaciendo con fariseos, legionarios y discípulos. Amándolos a todos y despreciándolos a todos; estremeciéndose y gimiendo con cada una de las violaciones de la que es victima. Lleva en sus entrañas un vástago de quien desconoce su paternidad; es de todos y es de ninguno. Es de fariseos, de leguleyos, de discípulos, de sátrapas y redentores. Al momento de parir se le vaciará la misma ¡mierda! que envolverá como placenta la cara iracunda y fastidiosa de ese nuevo hijo que nadie lo quiere pero que todos lo engendraron. Y veo… ¡!ya no veo!!… la misma ¡mierda! me ciega y su olor me empalaga…

A lo lejos escucho el gemir de la nueva criatura, la misma que crecerá entre mulas y bueyes, entre oro y mirra, para gloria de la Patria Colombiana que una y otra vez asesina a sus Maestros para impetrarse el sagrado derecho de llorar sus miserias.

Por Pablo Emilio Obando Acosta, colaborador de Soyperiodista.com

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