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La guerra anda de infarto

Dicen sus parciales que de uno murió el prístino agrarista, aquel que con candidez dijo a uno de sus entrevistadores que nunca había entendido el porqué de su remoquete: “Tiro fijo”; ese que acogiendo de algunas doctrinas el “absolutismo” convirtió su movimiento en lo que hoy repudian listas internacionales y algunos otros, aunque pocos, acogen como una esperanza mesiánica.

27 de mayo de 2008 - 07:11 p. m.
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Pobres, ricos, conniventes o contradictores, deben reconocer su adhesión a la noticia del deceso y significarlo como el fin de un capítulo en esta guerra aceitada por la ideología retrógrada.

Fallecido por infarto o bombardeado, tuvo Pedro Marín la suerte de los belicosos que en la historia han terminado sus días condenados al ostracismo en una isla, en un santuario palaciego defendido por sus leales o en selvas inhóspitas con sus soledades abrumadoras y el acecho continuo de sus propios fantasmas, víctimas de su voracidad; nunca eso sí, estos personajes han muerto ejerciendo aquello a lo que llevaron a muchos de sus seguidores: La guerra, menos combatiendo en el frente de batalla.

Así las cosas, este grupo subversivo colombiano se alienta aún en su vanidad, así su cuerpo yazca descuartizado, pues ha perdido varios de sus miembros. Con la muerte de su comandante, la cabeza, antes, la mano del que hizo Ríos de sangre en las veredas y hace poco perdió la Karina, de aquella partisana que con media mirada cegó las de muchos y hoy pregona redención y rendición a los que fueron sus compañeros, expuesta a que algunos camaradas la acusen de vendimia.

Desde la subjetividad del dolor y la excitación del olor a patria que muchos quieren oliscar, la guerra ha sufrido un infarto. Algunos quieren hacerla más humana, siendo inhumana por naturaleza. Otros claman triunfalismos moralistas sobre el mal, logrando tan solo la moral de tartufo al señalar unos muertos más o menos dignos que otros, y dar escalafón a los secuestrados.

Lo que sí clama la verdad es que “las balas en Colombia necesitan vacaciones”, tal vez con buena liquidación para que no vuelvan. Si la opinión del ciudadano común pesara, sería imperativa una unión, utopía pensada, y aprovechar el caos engendrado por el paroxismo político para levantar el país fénix que las generaciones nacientes anhelan.

Quedan en la caja menor de la opinión las preguntas: ¿Qué será del presidente Uribe como gobernante sin la existencia de este grupo subversivo que tanto lo ha motivado y elevado en su popularidad y lo ha hecho merecedor del calificativo de buen gobernante? ¿Hará los cambios que tanto necesita el pueblo pauperizado? ¿Emprenderá una efectiva reforma en lo agrario? ¿En lo social? ¿En salud y… en los etcéteras que secundarios han quedado ante la voluptuosa seguridad democrática? ¿Seguirá siendo el líder de estos países que necesitan crear líderes ante su incapacidad de asumir liderazgos propios? Es innegable que masas como la colombiana y sus vecindades soslayan sus responsabilidades y hacen que Egos particulares orienten sus destinos.

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