Para que Roger Federer se inscribiera en el pasado verano francés como el sexto tenista de la historia en reunir los cuatro torneos grandes, se dieron muchas circunstancias, pero al ser el jugador más completo del circuito, tarde o temprano iba a imponerse en Roland Garros, su cuenta pendiente.
Hay algunas superficies que les resultan ajenas a varios, para el suizo no hay tal y el sueño de triunfar en París se cumpliría, con una sola condición: evitar cruzarse con Rafael Nadal, el único mejor que él en tierra batida.
Y al estar ausente el español, único capaz de arrebatarle el primer lugar del ranking mundial, Roger obtuvo el premio a la perseverancia, tal vez más temprano de lo que pensaba, lo cual le cambió la perspectiva y de paso le alarga su carrera porque al cumplir una meta que parecía difícil, de ahí en adelante era jugar y divertirse.
De eso no dejaría duda en su siguiente reto: Wimbledon. En Londres y con Pete Sampras como testigo de lujo, recuperó la verde corona, el comando de la ATP y con su consagración en el césped inglés, se convirtió además en el tenista más grande de la historia, tras sumar su decimoquinto Grand Slam, algo que nadie antes había conseguido.
En la final frente a Andy Roddick, Federer jugó su mejor partido y se encontró a un texano que le exigió y ese tipo de partidos le da al helvético un plus porque le gusta trabajar y más en un suelo tan cómodo para él. Estuvo a un par de puntos de perder y si hubiese sido así, igual habría quedado satisfecho.
En cuestión de días se le dieron las cosas, en una mezcla de casualidad y suerte porque su triunfo en Roland le cambió la visión de la temporada, se quitó de encima un peso inmenso y liberado llegó al Reino Unido con la alegría suficiente para imponerse, felicidad que también encontró en casa porque ese momento coincidió con su matrimonio con Mirka Vavrinec y el nacimiento de sus dos gemelas, Myla Rose y Charlene Riva, a finales de julio.
¿Qué sigue entonces para el indiscutido número uno? En principio tenía un criterio, que tan pronto consiguiera su cuarto Grand Slam y pasara a Sampras, su carrera ya no tenía sentido e iba a jugar hasta que se cansara, pero no, lo conseguido este año lo motiva aún más porque Roger nació para jugar, cuenta con un físico envidiable, es atleta privilegiado y no necesita enclaustrarse en un gimnasio para estar a tono, es completo por donde se le mire y le doy unos cuantos años más en el circuito, donde pretenderá ahora formar un buen equipo con Suiza para buscar la Davis y también la medalla de oro individual en los Olímpicos de Londres 2012.
Y si no me atrevo a ponerle fecha de expiración a su presencia en las canchas, mucho menos puedo establecer un tope a la cifra de grandes que pueda llegar a alcanzar, aunque él los tiene en su cabeza y mientras el cuerpo le aguante, los buscará porque puede ganar en cualquier superficie, este año por ejemplo ya le ganó a Nadal en su casa (Madrid) y por la buena relación que tienen, seguro que querrá enfrentarlo de nuevo en París para vencerlo.
Está claro que quiere marcar un antes y un después, y si bien cada época tuvo su figura, basta ver el testimonio de los mejores para comprobar que todos coinciden en que lo de Roger Federer es sencillamente superior. Él todavía no lo ha terminado de asumir porque tiene muchas metas por cumplir en todos los renglones, pero por el tenis que le vi y me ha tocado vivir, el suizo es sin duda el más grande y completo de la historia.
* Analista de ESPN, Especial para El Espectador