En octubre del año pasado, Malcolm Gladwell agitó el avispero mediático al publicar un ensayo en la revista The New Yorker en el que cuestionaba duramente el papel que herramientas como Facebook o Twitter jugaban en el desarrollo de las revoluciones. El texto del periodista norteamericano fue publicado apenas meses después de la revuelta política en Irán, que pasaría a la historia (al menos a la que cuentan los medios masivos de comunicación) como la primera convocada a través de Twitter.
En su texto, Gladwell afirmaba que la internet crea conexiones superficiales entre la gente y que la verdadera revolución requiere de vínculos reales entre las personas, la clase de relaciones que hacen que alguien se pare junto a varios otros en frente de un cañón de agua o un pelotón de policías antimotines. “Los evangelistas de las redes sociales tienden a creer que un amigo en Facebook es lo mismo que un amigo real”, escribió.
La semana pasada, Mike Elkin, periodista de la revista Wired, entrevistó a una de las miles de personas que acampaban en la plaza Tahrir, en El Cairo, Egipto: “El rol de la internet fue crítico en un principio. Los grupos que salieron a protestar el 25 de enero fueron coordinados en tiempo real a través de Twitter y por ese canal sabían dónde estaban la Policía y los bloqueos. Por eso fue que cortaron el acceso”. ¿Qué pasó entre el ensayo de Gladwell y las protestas en el mundo árabe?
Primero lo obvio. Twitter, Facebook, los blogs, y demás son herramientas: con ellas se hace algo; no hacen algo por sí solas. En el universo digital cada navegante traza su propia ruta. El hombre primitivo vio la madera e hizo fuego y lanzas con ella en vez de romperse la cabeza. Lo mismo sucede con la red. Lo que ayer sirvió para expresar el descontento nacional acerca de los resultados de la selección Colombia, hoy puede funcionar para transmitir puntos de entrada seguros a la plaza Tahrir o las últimas pruebas en contra del funcionario ladrón de turno.
La revolución, y en general todo gran cambio político, cultural y social, es la expresión tangible (violenta muchas veces, es verdad) de una idea. En su momento Daniel Ellsberg, el analista responsable de la publicación de una serie de documentos que exponían los errores del gobierno de Estados Unidos en la guerra de Vietnam, se valió de grandes cantidades de papel y fotocopiadoras para realizar la mayor filtración de documentos clasificados en la historia. Hoy, Julian Assange se sirve de espejos virtuales, direcciones IP dinámicas y un entramado de servidores para difundir los cables de la diplomacia norteamericana o los registros de la violencia en Irak. ¿Qué pasa con las ideas y las revoluciones cuando los canales para difundirlas parecen infinitos? Alguien diría que el cambio, entonces, se torna inminente, inexorable. ¿Qué pasa cuando la nueva idea popular supone la eliminación de una etnia o la invasión de la soberanía de otros países? ¿Qué ocurre si quienes intentan imponer una idea no tienen el poder tecnológico para hacerlo?
De nuevo, la herramienta sola no lleva a ningún lado y, muchas veces, es garantía única de ruido. Pero, como lo dijo el periodista británico Leo Mirani en un artículo de opinión en The Guardian, “el verdadero significado de las redes sociales es su habilidad para rápidamente distribuir información acerca de puntos de vista alternativos que, de otra forma, jamás llegarían a una gran audiencia”.
El problema con las redes sociales, por obvio que suene, no es uno que tenga que ver con las redes sociales per se, sino con las ideas. Ahora, en el campo de batalla actual entre superpoderes como corporaciones (apoyadas por gobiernos) y el individuo conectado, las redes sociales pueden ser, casi por naturaleza, el hogar del disenso. No es coincidencia que en medio de los desmanes en Egipto, Google y Twitter hayan decidido salirle al paso al apagón de internet en el país árabe mediante un sistema que permitía seguir enviando tweets a través de un contestador automático de voz.
Puede que, contrario a lo predicho por Gladwell, la revolución sí sea por Twitter. De hecho, como lo demuestran los protestantes de El Cairo, ya lo fue.