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La tercera cultura

En los últimos años la vida en los círculos intelectuales más prominentes del mundo ha sufrido un cambio inmenso. Estamos a las puertas de una revolución en las ciencias sociales comparable con la galileana del Renacimiento.

14 de mayo de 2008 - 02:57 p. m.
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Basta ver la lista publicada el año pasado por John Brockman, editor del blog Edge, del New York Times, con más de un centenar de artículos escritos por prestigiosos científicos que abarcan temas considerados territorio propio de los humanistas.

Para comprender la nueva perspectiva que estos llamados intelectuales de la tercera cultura nos presentan sobre nuestro universo y nosotros mismos, no es suficiente poseer una formación humanística tradicional o haber estudiado a Marx, Freud, Durkheim o Foucault.

El dogma oficial del modelo social estándar establece que la mente no posee una estructura interna innata y que, por tanto, hablar de naturaleza humana es un contrasentido. La cantidad de evidencia empírica que ofrecen la psicología evolutiva, la neurología y las ciencias cognitivas es abrumadora: no sólo refuta este modelo, sino que manifiesta el fracaso de los científicos sociales en su pretensión de explicar al hombre ignorando su naturaleza biológica.

Todo parece indicar que la manera como está estructurado el cerebro no sólo da cuenta de nuestras habilidades cognitivas, sino también de nuestras emociones, expresiones y creencias religiosas.

La mente, a diferencia de lo que se ha sostenido tradicionalmente, no es una tábula rasa, sino que parece venir dotada de mecanismos internos que implican la existencia de universales humanos comunes a las culturas.

Contrario a lo que han afirmado los psicoanalistas durante un siglo, existen sólidos argumentos para creer que desórdenes mentales como la esquizofrenia, la enfermedad bipolar y el autismo tienen un componente genético y el ambiente sólo actúa como factor desencadenante.

Las preguntas fundamentales que han ocupado a los filósofos por décadas pueden dividirse en problemas y misterios. Ante los misterios sólo podemos resignarnos, sin tener idea de cómo proceder.

Sin embargo, los que una vez fueran misterios han descendido a la categoría de problemas, y todo este proceso ha ocurrido ante la mirada displicente del intelectual tradicional, que de la forma más jactanciosa e ignorante prefiere desconocer lo que las ciencias exactas y naturales aportan a la solución de problemas que han ocupado a los humanistas durante siglos.

klaus.ziegler2@gmail.com

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