Sibila Mejía se levantó una mañana el año pasado y desayunó en su casa en Bogotá con una pareja de sudafricanos que conoció la noche anterior. Unos meses después, la estudiante de periodismo Bibiana Euse, le abrió las puertas de su casa en Medellín a Adam Schofield, un inglés que en cinco años piensa batir un récord viajando por el mundo y hospedándose en casas de desconocidos. A comienzos de este año, Esteban Caplan, que viajaba desde Argentina por todo el continente, llegó de Manaos a la ciudad ribereña de Belem, Brasil. Se bajó del barco luego de cuatro días de viaje y se dirigió al departamento de un desconocido. El portero le entregó las llaves, entró a la casa y encontró en la nevera comida típica de la región, preparada especialmente para su llegada.
Caplan, Mejía y Euse descubrieron hace un tiempo una singular manera de viajar: abrir la puerta de sus casas a turistas foráneos y alojarse de forma gratuita en sus viajes de bajo presupuesto. Pertenecen a The Hospitality Club y a The Couch Surfing Project, páginas de internet que en los últimos años están ofreciendo a turistas andariegos -los tradicionales "mochileros"- la posibilidad de contactar gente en todas partes del mundo que esté dispuesta a alojarlos, por el simple placer de hacerlo.
"Cuando uno es viajero, con ganas de conocer lugares, su gente y su cultura, uno no tiene que atarse a un plan turístico, o entrar a los museos porque son famosos. De esta forma es difícil conocer realmente un lugar en tan corto tiempo", explica Andrés Barbosa, quien sostiene que estas redes permiten conocer las ciudades desde la óptica cotidiana de sus habitantes.
La idea ha calado, y los miles de mochileros que dan vueltas por el mundo, por lo general quedándose en hostales de habitaciones colectivas y bajas tarifas, están ahora buscando estadía gratuita en casas de los miembros de la red. Un sistema recíproco en donde la premisa es: hoy me alojas tú, mañana te alojaré yo.
Couch Surfing cuenta hoy con 270 mil afiliados en 224 países. Por su lado, The Hospitality Club supera los 300 mil miembros en más de 200 países, incluyendo lugares tan distantes como las Islas Salomón, en Oceanía; Eritrea, al norte de África; Latvia, en Europa del Este, e incluso cuenta con cinco miembros en la Antártida (!). En Colombia, sumadas las estadísticas de las dos redes, unas 2.100 personas hacen parte de sus bases de datos, distribuidas en 25 departamentos del país.
El asunto es sencillo. Cada miembro abre una cuenta en la página de internet, construye un perfil de sus gustos y sus preferencias y luego, entre otros detalles, aclara el tipo de alojamiento que está dispuesto a brindar. Algunos prefieren tan sólo servir como guías a los recién llegados, otros ofrecen un par de noches, y hay quienes abren sus puertas por semanas y meses a los viajeros.
Para que la dinámica funcione, es fundamental que haya claridad con respecto a lo que cada quien espera del otro. A Esteban Caplan le interesa pasar tiempo con sus huéspedes, cuando no puede, les avisa de antemano. Bibiana busca gente con determinado perfil, así garantiza que se la llevará bien con la mayoría de sus huéspedes.
Esta claridad en la comunicación es fundamental para garantizar que el encuentro no produzca sinsabores. "Hay gente que se mete a esto en busca de pareja. A mí me pasó con un man de Bélgica, dijo que se quedaba dos días, pero después no tuvo planes de irse, muy maleducado, muy conchudo y además vino con la mentalidad de ver qué se enganchaba", explica Bibiana Euse.
Para evitar este tipo de problemas, las redes han diseñado protocolos que permiten avalar y dar referencias de cada persona que está en la red. Si un huésped se porta mal, el anfitrión puede escribir en el portal un comentario negativo en el perfil del surfer. Si, por el contrario, una persona es excelente anfitrión o huésped, puede recibir avales que le dan más crédito como miembro de la red. Así, se crea un mecanismo generador de confianza que, alimentado colectivamente, se convierte en el verdadero sustento de la red.
"Vivenciar esta experiencia me hizo recuperar la esperanza en la humanidad. Confirmé que no todo el mundo es malo, que no todos quieren hacerme daño, y que todavía se puede confiar. Suena romántico, pero es que es tan fuerte el miedo al otro que nos venden los medios de comunicación, que encontrarse con todo lo contrario resulta emocionante", afirma Sibila Mejía. Ella conoció a Caplan en Bogotá precisamente a través de la red, y decidieron emprender luego un viaje como pareja utilizando las ventajas de Hospitality Club. Hoy viven en Buenos Aires y se preparan para hacerlo de nuevo.
Bibiana ha incrementado considerablemente los gastos en servicios domiciliarios a causa de su nuevo hobby. Pero esto no parece arredrar a esta paisa, que ya tiene más de 30 huéspedes en su cuenta. Por lo contrario, habla de su comunidad de surfers con intensidad filial: "Es que aquí no sólo les doy cama", dice, "yo los invito a que hagan parte de mi familia el tiempo que sea".
Su mamá, incluso, se ha afiebrado a este hábito, y en un pequeño cuarto en su apartamento, reciben constantemente turistas de todo el mundo. El último fue un gringo que viene desde Estados Unidos recorriendo el continente en bicicleta. Para Bibiana, este tipo de encuentros son invaluables. "A mí me solla mucho, tengo como alma de hotelera", afirma, y concluye repitiendo una frase que escribió en su perfil: "Si yo no puedo viajar por el mundo, que el mundo venga a mi casa".