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La vida por un centavo

Ignacio Henao ha coleccionado monedas desde los 10 años y llenado los rincones de su casa con cajas que esconden miles de ejemplares colombianos.

14 de agosto de 2011 - 04:00 p. m.
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Se ríe. Varias veces con picardía. Pareciera que su carcajada se extendiera por el tiempo, sin perder lo genuino, sin volverse falsa o impostada, es como si detrás de ella existiera algún tipo de historia que le causara tanta gracia que la cuenta con las mismas palabras que usó ese día en Cuernavaca, para que al escucharla de su propia boca fuese como si la estuviera viviendo de nuevo.

Ignacio Henao, en esa época recién casado, estaba en la casa de un amigo, coleccionista de monedas como él, con su esposa María del Carmen y, en medio de la conversación, el anfitrión contaba que en un momento de su matrimonio su mujer lo obligó a elegir entre ella o las monedas. Terminó divorciándose. Ante la oportunidad, la señora, en plena euforia del relato, indagó: Ignacio, ¿a mí no me cambiarías por una moneda? y él, un tipo sensato, dio un no rotundo sin titubeos. Hubo una pausa. Ignacio Henao —paisa, lector empedernido, escasamente bailarín— le dijo: Bueno, ¿pero de cuál moneda estamos hablando?

Su afición comenzó a los 10 años, por casualidad, cuando su padre regresaba de Panamá y le puso en sus manos dos monedas que le habían sobrado del viaje. Le llamaron la atención, las miró con detenimiento y pidió más. Los amigos de sus padres al verlo tan encantado con ellas empezaron a llevarle de otras partes y él, emocionado, las acumuló en una caja que tomó forma de colección en los 60, al decidir que se dedicaría a guardar las monedas colombianas.

Los intercambios de ese entonces —todavía no había decidido estudiar ingeniería química— los hacía con uno de sus primos, quien se contagió de la idea y apenas comprendía el valor de los ejemplares con los que jugaban. “Por dos pequeñas te doy una grande”, decía. Mucho después, al conocer a otros aficionados, sabría que por tener una moneda de cierto año podría pagar una cantidad exorbitante y que alguna vez, cuando ya se había retirado de su trabajo, olvidaría cuántas había llegado a atesorar.

Su casa, en algún rinconcito de Medellín, donde tiene una gran biblioteca que fue insuficiente en el instante en que le dio por hacer una colección de libros, no aparenta albergar varios cuartillos. Aquella moneda de plata, diminuta, del tamaño de la primera falange del dedo meñique, que circulaba en época de la Colonia y comenzó siendo un cuarto de real ni siquiera es testimonio a simple vista porque las esconde en cajas, muy lejos de su pequeña nieta, la primera de su hijo mayor, de 9 meses.

Tampoco lo es esa que considera la más valiosa, la que le regaló su mujer de aguinaldo un diciembre hace tanto, tanto tiempo. “Realmente mi señora no tiene idea de monedas, simplemente buscó con algún amigo comerciante un ejemplar que fuera interesante y la compró”. Y, a pesar de que lo hizo desconociendo el valor del ejemplar, le dio a Ignacio Henao otra razón para perderse en las líneas que narraban que esa moneda, esa que él acababa de sacar del papel regalo, era la Cocobola: cincuenta centavos de 50% plata y 50% cobre con el rostro de la mujer de Rafael Núñez sobre la Estatua de la Libertad. El pueblo la había bautizado así porque no aceptaba a Soledad Román, la compañera de Núñez, y la asociaba con un bandido panameño a quien apodaban Cocobolo.

Por la Cocobola entró en cólera, días antes, al darse cuenta de que un periódico había tergiversado las características de la moneda que más le importa, por lo que significaba para él. Escribieron que era de cinco centavos, que era de plata, de 1900, y lo leía incrédulo, cuestionándose quién, en su maldita vida, había sido capaz de dar esos datos tan errados, tan lejanos.

Aunque Ignacio Henao reconoce no haber cometido ninguna locura por conseguir un ejemplar, admite, vacilante, que una vez, de paseo, al lado de su María del Carmen, en un viaje cualquiera, una vitrina lo presionó. Caminaba él, sin rumbo fijo, quizás absorto en el tema sobre el que iba a escribir la mañana en que llegara a Medellín y se distrajo. “Había tres moneditas repujadas que eran y siguen siendo muy raras. Son unas que se hicieron en Santander, un poquito después de terminar la Guerra de los Mil Días y que se hicieron para reemplazar los billetes que estaban circulando en muy mal estado. Lo interesante de ellas es que fueron elaboradas con los cartuchos quemados en la batalla de Palonegro. Las abrieron a la mitad. Quedó una lata muy delgada, tan fina, que no daban para hacerles cara y sello, sino para hacerlas sólo en relieve”.

El que luego sería asesor externo del Banco de la República quedó cautivado, hasta el punto de que cuando su esposa regresó de ver lo que a ella le interesaba encontró a su marido con su nueva compra. “Al volver preguntó que cuánto me habían costado y, sin problema, contesté que $110. Eso en 1970 era bastante plata. Las miró y me dijo: ¿todo eso por estas latas? Yo aprendí que hay que ser un poquito más discreto con esos temas”.

Hoy en día se arrepiente y atormenta cuando evoca la vez que cambió —no sabe por qué— una moneda colombiana muy extraña de 1902. Era de níquel. Ignacio Henao, consciente de que por mucho tiempo formaba parte de los pocos en el país que la había guardado con recelo durante décadas, la dio por otra, también atípica, a la que le sumó dinero. Montones, cuenta. Nunca pudo conseguir esa primera, la borró del sistema que organizó, con foto y fecha de expedición, apenas se convirtió en lo que la gente tilda como coleccionista, porque él es más bien un numismático. “Yo lo que hago es conocer la historia de la moneda, que todas las veces dice mucho. Por ahí decía alguien que la moneda es un testimonio de la antigüedad. Eso es lo que realmente a mí más me interesa, por eso, aunque dejé de comprar monedas de manera sistemática, no las dejé nunca de estudiar”. lmachado@elespectador.com.

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