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Las guerras de los pescadores

Entre diciembre y febrero fueron aprehendidas seis embarcaciones extranjeras en aguas colombianas. A pesar de esto los pescadores artesanales dicen que hubo un abandono histórico que trajo nefastas consecuencias.

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En la parte frontal del barco decía “Nazca”. En lo alto ondeaba una bandera roja y blanca. Bandera peruana. Algún pescador lo vio a lo lejos, corrió al pueblo y le pidió al muchacho del megáfono que diera aviso a la comunidad de Bahía Solano de que un barco extranjero estaba invadiendo sus aguas. Las autoridades obligaron a la embarcación a dirigirse al puerto. Pescadores y señoras y niños corrieron a ver a los intrusos. Se treparon como pudieron en el barco. Le exigieron al capitán que les mostrara lo que había capturado, pero él se negó. Llegó la autoridad pesquera —el Incoder—, les dijo señores, está decomisada su mercancía, esto es pesca ilegal. Horas después recibieron una llamada de Bogotá que ordenó dejen en libertad al “Nazca”, sin explicaciones. “Ese día estalló la guerra”, asegura Jorge Iván Chica, comerciante, vocero de los pescadores artesanales. Lleva una camiseta blanca que dice “Bahía Solano, paraíso natural”.

Pregúntele a cualquier pescador de Bahía Solano por el “Nazca”. Con seguridad le narrará esta misma historia. Le dirá que la orden fue suelten al “Nazca”. Jorge Iván Chica le responderá que las palabras exactas fueron este despacho no encuentra mérito para iniciar y asumir una investigación. Suelten al “Nazca”. Don Emilio Medina, pescador artesanal, le contará que al barco lo cogieron a seis millas, cuando las leyes dictan que sólo puede navegar después de las 30 millas. Héctor Quesada, funcionario del Incoder (autoridad del sector hasta el año pasado), le precisará que era un barco atunero. Dirá yo no estaba aquí en ese momento (2007), pero sé que el coordinador que estaba inspeccionando el “Nazca” sintió mucha frustración cuando llegó la orden de Bogotá. Contará que al pobre hombre lo desautorizaron delante de toda la comunidad. Que no tuvo más remedio que agachar la cabeza y obedecer.

Luego vendrían los de bandera panameña. Costarricense. Ecuatoriana. Enormes buques que a lo lejos eran avistados por los pescadores artesanales, que ya ni denunciaban porque habían dejado de creer. Es fácil reconocerlos, dice Luis Antonio Olaya, presidente de Fedepesca (Federación de Pescadores Artesanales de la Costa Pacífica Chocoana). “Son buques de fibra con motores potentes. Vienen a este país tan despreocupados que ni quitan ni cambian la bandera. Yo por radio los he escuchado diciendo ‘por aquí la cosa pinta bien. Levanté tantos dorados’”. Y sigue contando Luis Antonio: “a los armadores de esos buques ni miedo les dan las sanciones. Dicen ‘vamos a Colombia y si nos cogen, pagamos y nos devolvemos’. Es que en leyes estamos muy flojos”.

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En Bahía Solano la vida transcurre en un silencio sostenido. Esta mañana sólo se escucha al muchacho del megáfono vociferando “se le anuncia a la comunidad solaneña que el negocio de giros cambió su razón social: desde ahora se llama Gira, tu giro de confianza”. La llovizna, que cae incesante y pausada, convierte las calles sin pavimentar en incómodos barrizales. Los mototaxis esquivan los charcos. Los niños juegan fútbol en una cancha empantanada frente al mar. La vida transcurre lenta. Lenta y silenciosa.

Quizá las primeras horas de la mañana sean las más activas. Llegan las embarcaciones después de largas horas de faena a dejar lo capturado. Por eso don Emilio Medina dice estoy muy ocupado, veámonos por la nochecita (trabaja en la asociación Sabor a Mar, una procesadora de chorizos y empanadas de atún). A las 6:00 p.m. llega vistiendo mocasines y una camiseta dorada de Millonarios. Minutos después arriba Diego Vidal, representante legal de la Red de Pesca.

El señor Emilio está contando: “en mi niñez la abundancia de pescado era impresionante. Ni se vendía. Cada quien conseguía en el mar lo que necesitaba. Nunca imaginamos que íbamos a sufrir de escasez”. La escasez, según él, llegó de la mano de los barcos extranjeros que vienen a invadir sus aguas, pero también de los camaroneros y los atuneros de bandera colombiana que sí cuentan con el permiso del Estado, pero “provocan la misma destrucción” (está hablando de los barcos industriales, que también tienen sus argumentos). Si la escasez de la que habla don Emilio tuviera que traducirse en cifras, podría decirse que mientras en 2001 en Bahía Solano se capturaron 742 toneladas de pescado, en 2010 apenas alcanzaron las 223 (datos del Ministerio de Agricultura).

“Es que no hay control de nada. Llegan los unos y los otros con maquinarias enormes que matan lo que se van a comer y lo que no también. Matan miles y miles de peces pequeñitos”, dice Emilio Medina.

“¿Y los barcos extranjeros qué? Esos vienen amparados por el mismo Gobierno. Tienen licencia, pero se meten en zonas prohibidas. Hay una mafia en Bogotá para dar esos permisos y por eso nos están ganando la pelea. O si no, mire lo que pasó con el ‘Nazca’”, interviene Diego Vidal, tajante, sin rodeos.

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“Esta es la pelea del huevo con la piedra. Si les caemos encima nos quebramos. Y si nos caen encima, nos aplastan”, comenta don Emilio frunciendo el ceño. Su compañero asiente agitando la cabeza.

“¿Sabe qué le pediría yo al Gobierno? Que destape esa mafia, así como sucedió con la salud o las pensiones. ¡En Colombia hay una mafia de la pesca industrial!”, remata Vidal.

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El “Nazca” fue el “florero de Llorente”. El comienzo de la “guerra” entre los pescadores artesanales y los industriales. Los primeros acusan a los industriales de depredadores. Los segundos reclaman su derecho a acceder a los recursos del mar que no son de nadie, que son de todos. Buscando un consenso, el Gobierno creo en 2005 la Zona Exclusiva de Pesca Artesanal (ZEPA) para los municipios de Juradó y Bahía Solano. El convenio dicta que en las primeras 2,5 millas mar adentro sólo tienen derecho a ejercer los artesanales. Claro, ellos denuncian que hasta allí se han “atrevido” a ingresar los industriales. Exigen respeto. Así quedó consignado en un derecho de petición que en enero pasado interpuso un grupo de pescadores y de abogados ante el Tribunal Administrativo de Cundinamarca. En julio se vence el acuerdo y ahora su pelea es para que esa zona exclusiva sea extendida hasta las 7 millas.

“Aquí hay una cosa clara y es que ambos tienen un interés comercial”, dice Carlos Alberto Robles, encargado de la Autoridad Nacional de Acuicultura y Pesca, Aunap (que acaba de ser creada y que le quita la responsabilidad de este sector al Incoder). Asegura Robles que los pescadores industriales están pasando por una crisis que se acentuaría si sólo se escuchan las necesidades de los artesanales. Cuenta que en el puerto de Buenaventura “hay decenas de barcos parados que no podemos olvidar. Necesitamos fuentes de empleo. Necesitamos que los pescadores de esa región, que ha sido tan permeada por el narcotráfico, la guerrilla, los paramilitares, vuelvan a encontrar en la pesca una alternativa de empleo”.

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Industriales y artesanales coinciden en algo: para ambos el verdadero enemigo, el mayor depredador, el más nocivo, el más escurridizo, es el barco ilegal de bandera extranjera. El que arriba a la isla de Malpelo a pescar cientos de tiburones para despojarlos brutalmente de sus aletas y arrojarlos nuevamente al mar. El que se lleva en una sola faena la misma cantidad de atunes que en un año conseguirían los artesanales. El que según los pescadores de Bahía Solano ha sido ignorado durante años y años por el Gobierno, a pesar de las denuncias, a pesar de las evidencias.

Hay una teoría en la que coinciden todos los pescadores artesanales (y el mismo Incoder): las autoridades (fundamentalmente la Armada Nacional) tienen otra prioridad en este pueblo. Están concentradas en derrotar el narcotráfico. En detener a las lanchas rápidas que recorren esa zona del Pacífico con cargamentos de cocaína para “coronar” en Panamá. Para la pesca ilegal no hay ni combustible ni lanchas ni tiempo.

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“El Incoder no tenía la logística para ir a hacer las inspecciones —cuenta Héctor Quesada, el único funcionario de esta entidad en Bahía Solano— y el guardacostas anda patrullando el narcotráfico”. En el Incoder, la que fue hasta diciembre de 2011 la autoridad pesquera en Bahía Solano, no hay ni una sola lancha a disposición de su único funcionario. “Esta oficina que usted está viendo acá no tiene ni internet”, sentencia Quesada.

La Armada reconoce el abandono que ha existido. Jorge Bolaños, comandante del Batallón de Asalto Fluvial de la Infantería, explica que “la lucha contra el narcotráfico es misional en el Pacífico. Pero entre los objetivos que nos hemos trazado para este año está el control integral del mar. Eso incluye la pesca ilegal. A todo el que entre aquí lo vamos a abordar”.

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Paradójicamente muchos pescadores artesanales creyeron encontrar en el narcotráfico una salvación para las malas épocas de pesca. Una salvación que terminó condenándolos. Jorge Iván Chica lo cuenta con desparpajo: “Como en 2003 ó 2004, viendo que el pescado ya no daba, muchos se dedicaron a pescar la droga que caía al mar cuando Uribe bombardeaba las lanchas que pasaban por aquí. Es que este es paso obligado para Panamá. ¿Sabe cuántos familiares y amigos nuestros terminaron en las cárceles de Panamá y de Quibdó, y cuántos murieron? Muchos. Muchos”.

“Yo los he visto —dice Diego Vidal—. Estando con dos pescadores mar adentro, ‘aguantando el burro’ (esperando) a que algo pique, los vemos concentrados buscando los paquetes, pendientes de las corrientes. ¿Y sabe qué pensamos? Que si ese día ellos atrapan alguna ‘paca’, van a recibir hasta $12 millones, mientras nosotros, si nos va bien, vamos a llegar a la casa con $100 mil”.

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También habló uno de los sobrevivientes. No dio ni su cara ni su nombre: “Yo tengo 40 años y toda la vida me he dedicado a la pesca artesanal. Desde 2003 la cosa se puso muy mala, por los barcos industriales. Empezaron a venir gentes de otras partes a ofrecerle cosas a uno. Y uno se ha tenido que ir a hacer malas cosas. Me cogieron en Panamá. Cuando vine de allá hace tres o cuatro años, ya había perdido toda mi familia, la casa, todo. Ahora estoy buscando qué hacer, pero la pesca cada día se pone más mala. La pesca no está dando”.

* Video del viaje este lunes en www.elespectador.com

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