Las tierras en Colombia son para todos… Para todos aquellos que tengan con qué pagarla y eso no incluye a los campesinos locales. Según un informe de Oxfam, la velocidad con que se venden tierras en el país a otras naciones es peligrosamente alta.
El fenómeno es global, pero tiene sus coletazos en Colombia. Desde 2001 hasta hoy en día, en todo el mundo, 227 millones de hectáreas se han puesto a la venta, han sido arrendadas o se han concedido licencias para su explotación por parte de inversionistas extranjeros. Aunque resulta difícil recabar la información, se han verificado por lo menos 1.100 acuerdos que totalizan 67 millones de hectáreas. Si se juntaran todas estas tierras sería casi el 45 por ciento del territorio colombiano.
¿Pero por qué la compra de tierras? La ONG de origen inglés advierte que la actual compra masiva de tierras obedece a un interés por producir comida suficiente para personas en otros continentes, crear biocombustibles, o, más terrible aún, especular con la tierra.
Es muy claro que esta situación puede empeorar a medida que aumente la demanda de alimentos (lo cual es inexorable), el cambio climático, la escasez de agua y la competencia por el uso de la tierra para cultivos destinados a biocombustibles y no a alimentos. Se estima que hay casi 3.000 millones de personas que viven en zonas donde la demanda de agua es mucho mayor que la capacidad de suministro.
El cultivo de caña pasó de 197 mil a 215 mil hectáreas de 2004 a 2009. El informe señala que América del Sur es una de las nuevas fronteras para la producción de biocombustibles. Eso, sumado a la buena calidad de sus tierras, la vuelve vulnerable a este fenómeno. Y eso fue clarísimo para mí hace un par de años, por una carretera vergonzante que comunica a La Jagua de Ibirico (Cesar) con el resto del mundo. Las plantaciones para producir biocombustible, a lado y lado de la carretera, acompañan al viajero durante mucho tiempo.
La concentración de tierras en unos pocos, frente a los que las trabajan es evidente. A ese problema histórico que ha hecho que cientos de campañas proselitistas prometan revisar otra ‘tierra prometida’ (literal y metafóricamente hablando): La Reforma Agraria, se suma la dedicación de las tierras al monocultivo de productos industriales. Otros productos agrícolas para la canasta familiar de los menos favorecidos se hacen más lejanos de la billetera.
El problema es que la limitación del acceso a las tierras es proporcional a las probabilidades de restringir el derecho a una seguridad alimentaria para indígenas y campesinos.
Así las cosas, Colombia poco a poco ve perder sus tierras y en el futuro, cuando se desaten en forma las guerras por el agua y los alimentos ante la irrefrenable sobre población mundial, el país será despensa para otras naciones en las parcelas que no se produzcan biocombustibles.
El Estado tiene que llegar a garantizar mecanismos para aprovechar su naturaleza y distribuir de forma equitativa los recursos y tierras cultivables con el fin de evitar hambrunas, alimenticias, económicas y morales ¿quién dará ese paso impopular con los inversionistas y sus propios bolsillos? Espero estar vivo para verlo.
Por Víctor Solano, colaborador de Soyperiodista.com