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Los médicos colombianos de la influenza

Estos cuatro doctores pasan sus días analizando diminutas partículas que pueden salvar al mundo de una epidemia.

06 de mayo de 2009 - 05:27 p. m.
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“Nunca supe cómo llegué a la medicina, pero me encanta la infectología porque tiene mucho de detective”. El doctor Juan Manuel Gómez tiene razón. En estos días de pánico mundial, de continua zozobra por culpa de la influenza A, el virus de moda que ha puesto a respirar a la humanidad dentro de un gran tapaboca, aquellos que suelen permanecer en el anonimato, en la tranquilidad de los laboratorios, se han convertido en el centro de atención, en la esperanza para encontrar un mecanismo efectivo que permita combatir lo que podría ser una pandemia.

Suena la primera alarma, el tono electrónico en un computador que detecta la presencia inusual de un agente infeccioso en un lugar donde no se le esperaba. El paciente es aislado y examinado de pies a cabeza y en ese momento comienzan las preguntas, el interrogatorio para desentrañar todos sus movimientos, rastrear posibles contactos que pueden derivar en contagios. “¿Recuerda usted qué hizo la mañana de ayer y la del día anterior?”, preguntan los médicos desde la seguridad de una máscara y un traje especial. A punta de memoria se reconstruyen los primeros pasos de un virus, las huellas iniciales de una infección que en los días de la globalización puede tomar un avión hacia cualquier parte del planeta; la ubicuidad es su don.

Desde que el tiempo se hizo tiempo las bacterias y las infecciones son los amos y señores del planeta, pero hasta ahora somos conscientes de ello. Investigaciones recientes han hecho la cuenta: tenemos más bacterias que células. En el mundo del escritor H. G. Wells, donde un virus es capaz de acabar con una raza alienígena que pretendía exterminar al hombre, no sorprende que el universo oculto de las infecciones ejerza un poder de atracción sobre personas como el infectólogo de la Fundación Santa Fe Juan Manuel Gómez, quien se pasa los días manipulando agentes que, en algunos casos, pueden acabar fácilmente con la vida de muchas personas.

El celular le suena de nuevo. Esta vez es un colega, antes fue el ministro de Protección Social y antes de él algún periodista. Entre tanto, el doctor Jorge Boshel atiende cada llamada con cordialidad, casi con gracia. Pacientemente responde a las preguntas de los medios de comunicación y le da, varias veces cada día, un parte al Gobierno acerca del avance de la nueva gripe en el país. Cuando las alarmas se prendieron por la inminente llegada del virus AH1N1, mientras la televisión aún informaba de las muertes en México, el doctor Boshel fue convocado por el ministro de Protección para ser uno de los principales asesores científicos del equipo que maneja el tema en Colombia.

Desde entonces, divide sus días entre su trabajo en la Fundación Cosme y Damián, un banco de tejidos y huesos que les ha salvado las extremidades a unas 2.000 personas, y sus periódicas visitas al laboratorio de virus del Instituto Nacional de Salud (INS), del cual fue director durante seis años, entre 1998 y 2004. El laboratorio es un complejo de varias salas a donde llegan las muestras de los posibles contagiados con el AH1N1 en todo el país y en el cual el doctor Boshel pasó varios años haciéndoles el seguimiento a diferentes virus que hay en Colombia.

Tan pronto el miedo por la influenza comenzó a expandirse, el laboratorio no ha parado de trabajar, las jornadas se han hecho más largas e intensas. Durante las 24 horas hay un especialista o alguna máquina trabajando para descartar o confirmar más casos. Así le sucedió al doctor Miguel Guzmán, un microbiólogo con medio siglo de experiencia, y quien también estuvo en el INS durante 22 años en varios cargos, entre ellos director de Diagnóstico, Investigación y Referencia, algo así como el cerebro del Instituto en donde se reúnen diferentes grupos de trabajo, como Virología, entre otros.

En 1980 el país, y de paso todo el continente, se preparó para la llegada de la primera ola de cólera. Nada sucedió en ese entonces, sino 11 años después, en 1991, cuando la infección arribó. Los días de trabajo fueron intensos, llenos de carreras y tensión, pero la emergencia se pudo tratar y la vida continuó. Guzmán cuenta que le apasiona el papel que la enfermedad infecciosa ha tenido en la historia de la humanidad. “A principios del siglo pasado la expectativa de vida era de 35 años, al final estaba por encima de 70. La responsabilidad de estos hechos, en buena parte, recae en las enfermedades infecciosas y los tratamientos que se han desarrollado para controlarlas”.

Esta pasión llevó a Guzmán, junto con otros 10 profesionales, a fundar la Asociación Colombiana de Infectología en 1989, además del departamento de Microbiología en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional. Pero no todo el trabajo con infecciones, bacterias y demás se realiza en un laboratorio con complejas máquinas de nombres que ocupan un párrafo entero, al menos no siempre. Una de las partes más importantes se desarrolla frente a un computador, como casi todas las actividades de hoy, que se dedica a contar. El doctor Juan Manuel Lozano pasa las horas en frente de una pantalla, en el Centro de Epidemiología de la Universidad Javeriana, que le va diciendo cuántos, cuáles y en qué parte están una serie de virus que viven cómodamente en el país.

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En últimas, el doctor Lozano y su equipo se dedican, desde 1986, a llevarles la contabilidad a las infecciones que hay en Colombia. Su labor, aunque discreta, es vital. De su información, de la precisión de los datos que procesan, dependen las decisiones que se toman en las oficinas gubernamentales para controlar el avance de cualquier enfermedad. Sus números, a su vez, afectan directamente las cifras de contagio y mortalidad de una enfermedad.

Los infectólogos, los virólogos y los epidemiólogos integran una rama poco usual de la medicina. Sus preocupaciones son aparentemente mínimas: agentes diminutos que viajan con el viento o en el interior de un cuerpo, enemigos invisibles del hombre y en general de cualquier cosa que respire. Sus aficiones consisten en rastrear hasta el detalle más mínimo una bacteria o un virus, ponerle nombre y apellido a eso que afecta a una persona, que la somete a un suplicio de síntomas que nadie más parece entender sino ellos, que se la pasan peleando contra el aire.

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La labor de estos profesionales casi siempre carece de estrellato, de renombre en los medios o en el imaginario común del ciudadano que camina por un lugar enteramente gobernado por pequeñas partículas capaces de diezmar al hombre, de asustarlo y recordarle que este mundo no le pertenece. Hoy, las esperanzas de la humanidad están puestas en su labor, en el talento que tienen para descifrar los virus y contribuir a encontrar cómo combatirlos.

La influenza según los expertos

Los infectólogos y virólogos coinciden en que, si bien la influenza no es un virus de por sí letal, es necesario mantener la alerta. El doctor Miguel Guzmán, quien trabajó con el Instituto Nacional de Salud durante 22 años, afirma que: “Las epidemias hay que manejarlas con sensatez, sin alarmismo, pues no estamos en la Edad Media. Hoy en día tenemos formas para manejar la infección y existe toda la tecnología necesaria para el desarrollo de una vacuna”.

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A su vez, Juan Manuel Lozano, director del Centro de Epidemiología Clínica de la Universidad Javeriana, opina que hay que atender las instrucciones dadas por la Organización Mundial de la Salud y por las demás instituciones que están al tanto de la situación.

En general, los expertos recomiendan no profesar el apocalipsis de la mano de la influenza, pero, de igual forma, no bajar la guardia ante este virus, que ya tiene un caso confirmado en el país.

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Las pruebas del virus se podrán realizar en Colombia

Hasta el jueves, los casos sospechosos en Colombia han aumentado a cuatro, tres de ellos en Bogotá. El restante es de la hija del hombre de Zipaquirá, el primer contagio confirmado en el país. 

La directora del área de virología del Instituto Nacional de Salud, doctora Gloria Rey, afirmó que desde esta semana será posible confirmar si alguien efectivamente ha contraído el AH1N1 en los laboratorios del Instituto gracias a la llegada de unos reactivos que hacen posible realizar las pruebas.

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Anteriormente, las muestras de sangre debían ser remitidas al Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades, en Atlanta, Estados Unidos, para que en los laboratorios de esta institución se confirmara si la persona había contraído el virus.

El cambio, según Rey, agilizará la gestión en el control del virus, puesto que se obtendrá más rápida la confirmación de los casos que se consideren sospechosos.

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