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Niños con licencia… para todo

La regla de oro del colegio San José es que ningún estudiante puede ser expulsado haga lo que haga.Los profesores dejan que se manifiesten las crisis de los adolescentes para poder tratarlas.El modelo educativo se basa en una técnica amorosa. Se busca educar sobre el error.

17 de mayo de 2008 - 04:49 p. m.
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Desde hace varios años Elizabeth Guevara, rectora del Gimnasio San José de Bavaria, tiene activado un celular al que sus estudiantes pueden llamar las 24 horas del día, en caso de que se metan en problemas y necesiten ayuda o simplemente quieran hablar con alguien. En repetidas ocasiones Elizabeth ha tenido que levantarse a la madrugada para sacar a alguno de sus estudiantes de la estación de Policía, sacrificar horas de sueño conversando con adolescentes que la llaman desesperados porque están pensando en quitarse la vida, e incluso, se ha visto en la dolorosa tarea de acudir al hospital y recibir la noticia de la muerte de alguno de sus alumnos.

Así sucedió hace un par de años con uno de sus estudiantes, al que cariñosamente le decía ‘mi recluta’. Él era un joven problemático que los fines de semana o en vacaciones se metía en líos y terminaba detenido en el CAI. Sin embargo, durante su paso por el colegio dejó a un lado la rebeldía. Se graduó con buenas calificaciones y de vez en cuando visitaba a Elizabeth, a quien afectuosamente llamaba ‘mi general’, para contarle sobre la universidad.

 Un día a las 3:00 de la mañana, Elizabeth contestó el celular sobresaltada. “Era el médico de un hospital para avisarme que ‘mi recluta’, de 18 añitos, había muerto atropellado mientras caminaba ebrio por una calle de Bogotá. El único teléfono que tenía en su billetera era el mío”.

Durante 38 años esta magíster educativa de la Universidad Externado de Colombia, especializada en comportamiento y farmacodependencia, ha estado al frente del  plan educativo de la Fundación Instituto Colombiano de Psicoterapia Integral (FICPI) y desde hace 15 del Gimnasio San José de Bavaria. Un colegio experimental en el que reciben a niños y jóvenes, la mayoría expulsados de otras instituciones educativas por indisciplina, rebeldía o mal comportamiento. En este momento tienen 50 estudiantes de todas las edades —desde niños que fueron rechazados del jardín hasta adolescentes que no han logrado graduarse como bachilleres—, que cursan distintos niveles (A, B, C, D, E) de acuerdo con su edad y circunstancias académicas.

Los conocimientos que reciben son los mismos que se imparten en los colegios tradicionales, la diferencia es que cada alumno tiene un programa de estudios específico, por eso los exámenes y las tareas pueden ser diferentes para cada uno. La regla de oro del San José es que no se expulsa a ningún estudiante haga lo que haga. Su objetivo es educarlos aprendiendo del error y enseñarles a reparar sus equivocaciones.

Clara Inés Gómez, sicóloga de la Universidad Javeriana y directora científica del FICPI, recuerda cuando hace un par de años un grupo de alumnos incendiaron los pinos del patio de recreo de la sede anterior. “En vez de ser suspendidos tuvieron que reponer los extintores, asistir a un curso de primeros auxilios con los bomberos y dictar una charla a sus compañeros sobre prevención de desastres”.

Lo mismo ocurre si son niños pequeños y rompen algo o les pegan a sus compañeros. El amor es la técnica que utilizan estos profesores, por eso en vez de gritarles o sancionarlos, les llevan a que reparen su error de alguna manera. Ya sea recogiendo lo que rompieron o simplemente los detienen en el pasillo para que dejen la patanería.

 “Nuestros estudiantes son personas normales, sólo que aquí dejamos que expresen sus crisis de la adolescencia para ayudarlos, es algo terapéutico”, explica Clara Inés  Gómez. Una técnica que ha dado resultado, pues los estudiantes obtienen altos puntajes en el Icfes y la mayoría se han convertido en exitosos profesionales.

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Prestigiosos abogados, médicos, ingenieros y economistas han pasado por el Gimnasio San José y hoy recuerdan con picardía sus años de jóvenes rebeldes y luego su transformación en estudiantes responsables.

El secreto del éxito

Andrés lleva cinco años estudiando en el Gimnasio San José. En diciembre se gradúa como bachiller. Llegó a esta institución luego de haber sido expulsado de varios colegios de Bogotá. “Simplemente no quería hacer nada, todo me daba pereza y me encontré en un punto en el que en ningún lado me querían recibir para hacer mi bachillerato. Pero he cambiado mucho. Mis papás están sorprendidos. Creo que lo logré gracias a que aquí es más importante que uno esté bien emocionalmente a que saque buenas notas”.

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Esta opinión también la comparte Andrea, una joven rebelde que cuenta con desparpajo que “un día me dio la loquera y quise suicidarme”. Su progreso desde que llegó al colegio ha sido asombroso. Ahora es una adolescente tranquila y feliz. “No superé rápido mis problemas, pero aprendí a manejarlos —explica—. También ayuda que el proceso sea individual y que no estén llamando todo el tiempo a nuestros padres por cualquier cosa que hagamos, sino que lo podamos solucionar en privado con los profesores”.

El momento más difícil para los alumnos del San José es la graduación. Aunque sienten alegría y satisfacción por haber logrado algo que para muchos parecía imposible, no deja de entristecerlos el hecho de saber que dejan una institución en la que aprendieron a ser personas distintas, alegres, tranquilas y con deseos de cumplir todos sus sueños.

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Pensando en este cambio emocional que enfrentan los jóvenes, las directivas del colegio organizan cada año un encuentro con los estudiantes de once. Es una terapia grupal en la que cada uno expresa sus temores. Adicionalmente, durante este último año  escolar se les brinda asesoría universitaria o formación en negocios, en caso de que no quieran estudiar una carrera.

Guillermo Carvajal, sicoanalista y fundador del colegio, reconoce que gran parte del éxito se debe al número de estudiantes, pues al no ser tan alto, permite que los profesores estén al tanto del desarrollo académico y afectivo de cada uno de sus alumnos. Lo cierto, concluye Carvajal, es que “hoy los muchachos odian la escuela y se sienten motivados sólo porque ven a sus amigos. Por eso nosotros trabajamos con el concepto de que el maestro no da clases sino lecciones de vida”.

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“El secreto es usar una técnica amorosa”

“Desde la Fundación Instituto Colombiano de Psicoterapia Integral empezamos a tratar niños y jóvenes con problemas de conducta  y nos dimos cuenta de que el sistema educativo era excluyente con ellos, con los estudiantes que manifestaban abiertamente las crisis de la adolescencia, pues es una escuela teóricamente democrática pero con una técnica represiva. Así que decidimos crear un colegio  para ellos.

Una de las condiciones del San José es que no expulsamos a nadie, preferimos que los problemas se evidencien para enseñarles a los estudiantes a reparar sus equivocaciones. Aquí educamos sobre los errores y trabajamos con un modelo contenedor y una técnica amorosa.

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Creemos que lo importante es que los alumnos aprendan a manejar su mundo interno, canalizar sus afectos y ser respetados, no satanizados por sus acciones o comportamientos. Es decir, preferimos formar personas y no solamente impartir conocimientos.

Tenemos cerca de 50 alumnos —desde los niños pequeños que expulsan de los jardines hasta jóvenes de bachillerato—, lo cual permite que el modelo educativo funcione, ya que se les puede brindar una atención personalizada”.

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Una nueva vida

“Perdí quinto de primaria y luego séptimo dos veces. Mi mamá estaba preocupada, la llamaban a cada rato del colegio para darle quejas porque no  entraba a clase. La verdad es que no me gustaba hacer nada, todo me daba mamera. Además tenía problemas de drogas y de alcohol.

La marihuana la probé como a los 11 años y con el tiempo metí coca. La situación se complicó tanto, que me expulsaron del colegio. Mi mamá no sabía qué hacer conmigo, estaba en séptimo y tenía que terminar el bachillerato, pero con mis antecedentes era difícil que me recibieran en otro lado.

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Después de buscar por todas partes, alguien nos recomendó el Gimnasio San José de Bavaria. Al entrar socialicé rápido con mis compañeros y a excepción de cálculo, me fue bien académicamente. Sin embargo, seguía consumiendo y los profesores se dieron cuenta. Elizabeth, la rectora, me propuso dos alternativas: comenzar un tratamiento con los sicólogos del colegio o internarme en un centro de rehabilitación. Escogí la segunda.

Durante 18 meses estuve en tratamiento. Todas las semanas Elizabeth iba a visitarme al centro con una profesora y me dictaban clase para que no me atrasara. Cuando salí regresé al colegio y terminé el bachillerato. Antes de graduarme sentía un poco de ansiedad por saber que iba a salir de un lugar muy especial, gracias al cual logré dejar las drogas (llevo siete años limpio) y convertirme en una persona más alegre, sociable y agradable.

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Mi mamá estaba feliz. Nunca pensó que consiguiera graduarme y menos aún que entrara a una universidad y que gestionara los trámites para una beca en España. Tampoco se soñó que antes de graduarme de la universidad ya tuviera un empleo como ingeniero mecánico.

Lo mejor del colegio fue el apoyo. En el San José es más importante la persona que su rendimiento académico. Allá entendieron que mi problema era de concentración, que lo que necesitaba era que las clases fueran activas. Y fue gracias a este modelo educativo que logré convertirme en bachiller y comenzar una nueva vida. Hoy, siento  que tengo todas las posibilidades abiertas para cumplir mis sueños”.

 

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