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“No puedo parar de comer”

Alrededor del 4% de la población mundial sufre de este trastorno alimenticio. En las principales ciudades del país existen grupos de apoyo para comedores compulsivos.

15 de octubre de 2008 - 03:38 p. m.
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Dos veces por semana, en un acogedor salón al norte de Bogotá, más de una veintena de hombres y mujeres se reúnen durante 120 minutos para hablar de una adicción que los atormenta las 24 horas del día, que los ha alejado de sus seres queridos y convertido en personas infelices que lo único que anhelan es poder estar a solas para atragantarse de comida. Y así, calmar la ansiedad, el estrés, la ira o el dolor que les causa las discusiones con su pareja, los regaños de su jefe, el divorcio, el estrés del trabajo o la soledad.

Durante la sesión algunos confiesan, sin temor a ser juzgados, que son adictos a bebidas refrescantes dietéticas como el Clight o la Dassani. Otros reconocen que cada vez que se toman una copa de vino o un vaso de whisky se les dispara la ansiedad y no pueden parar de comer hasta que no desocupan la nevera o la alacena.

En medio de sollozos, de sentimientos de culpa y de arrepentimiento, también hay quienes admiten compungidos que cuando están muy llenos vomitan para poder seguir comiendo, y que su casa se ha convertido literalmente en una olla, pues siempre que están ahí, sienten la necesidad incontrolable de comer grandes bocados de sus alimentos favoritos.

Ante estas dramáticas confesiones, los integrantes del grupo de Comedores Compulsivos Anónimos, que desde hace varios años funciona con sedes en Bogotá, Armenia, Barranquilla, Bucaramanga, Cali, Cartagena, Cúcuta, Manizales, Medellín, Montería, Villavicencio y algunos países latinoamericanos, guardan silencio hasta que el encargado de coordinar la sesión lanza otra pregunta. Esta vez relacionada con los comportamientos que los impulsan a comer.

Martha*, de 40 años, casada y con dos hijos adolescentes, admite que el estar de pie mientras se atraganta de arroz, queso y papas fritas agudiza su deseo insaciable de llevarse comida a la boca. Lucía*, en cambio, reconoce que cada vez que se acuesta en su cama y comienza a pensar en el divorcio, la nueva vida de su hija mayor en el exterior y la profunda soledad que ahora la invade y a la que no estaba acostumbrada, comienza a imaginarse comiendo un delicioso y blandito trozo de pan.

Finalmente termina sentada en el comedor engullendo el pan que había comprado en el mercado para un mes. “Desde hace un año estoy tratando de bajar seis kilos de peso con la asesoría de un nutricionista y ha sido imposible. Lo último que hice fue empezar a comprar un pan feísimo, pero ni por esas he sido capaz de abandonar los atracones nocturnos”.

En medio de estos sentidos testimonios, quien coordina la sesión ese día (también es un comedor anónimo) lee algunos textos de libros de autosuperación y luego invita a una reflexión colectiva. Entre tanto, uno de los integrantes pasa recogiendo, en una bolsa de terciopelo, las donaciones de los asistentes. De esta forma, se cubren los gastos de arriendo y de aseo del salón y las fotocopias que se le entregan a los asistentes con información sobre su adicción. Al final se dice en voz alta la cantidad de dinero recolectado y se anota el monto en un cuaderno.

Miedo a las emociones

El comer compulsivamente es un desorden de la alimentación que está incluido dentro del Manual Estadístico y Diagnóstico de las Enfermedades Mentales, al igual que la anorexia y la bulimia. Lo sorprendente es que a diferencia de estas enfermedades, aparentemente de “moda” entre las adolescentes de todo el mundo y que afectan entre el 1 y el 3% de la población respectivamente, la adicción a la comida tiene una incidencia mayor, que puede llegar casi al 5%. Pero, desafortunadamente, también es una condición más difícil de tratar.

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Todos necesitamos comer para sobrevivir y lo que deben lograr estas personas es abstenerse de los alimentos que les producen un mayor placer. “Se puede vivir sin trago, sin drogas y sin cigarrillo pero no sin comida”, enfatiza Ángela*, una de las integrantes del grupo de Comedores Compulsivos Anónimos.

Por ello, reconocen los psiquiatras y psicólogos especializados en trastornos alimenticios, es necesario que el paciente cuente con el apoyo de su familia y asista a un tratamiento médico muy completo (ver entrevista) que le permita recuperarse. Además, debe aprender a manejar sus emociones y sus problemas, para dejar de comer cada vez que sienta que las situaciones se les salen de las manos.

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En el grupo de Comedores Compulsivos Anónimos le ofrecen a los asistentes una ayuda adicional para su tratamiento, que consiste en el acompañamiento de un padrino durante el proceso de rehabilitación. Se trata de una persona que al igual que ellos sufrió por no poder dejar de comer, por tener que esconderse de los demás para atragantarse con sus alimentos favoritos y por haber emprendido una batalla para bajar de peso y no sentirse rechazado.

Muchas de estas personas, que deciden enfrentar con tenacidad su adicción, logran recuperarse. Sin embargo, un gran porcentaje (más de la mitad del grupo) recae. “No puedo vivir sin comer. Estoy atrapada en un círculo vicioso que

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seguramente me llevará a la tumba”, confiesa entre lágrimas Juliana*, una joven de 25 años que al igual que un gran número de personas que padecen esta adicción, se resignó a ser esclava de la comida y a afrontar las complicaciones médicas como el aumento de la presión arterial, la diabetes y las enfermedades cardíacas que genera el sobrepeso.

msuarez@elespectador.com

*Nombres cambiados por petición de la fuente.

“El tratamiento debe ser multidisciplinario”

¿Los grupos de apoyo sirven para combatir la adicción a la comida?

Son muy útiles, pues el hecho de ver que otros pasan por dificultades similares y salen de ellas, es de gran ayuda para cada paciente, pero no es suficiente. El tratamiento exitoso debe ser multidisciplinario, comenzar con una valoración médica y desarrollar un plan tiene que incluir: psicoterapia individual y familiar, terapia de pareja y en grupo, medicación para mejorar la depresión, la ansiedad y otros trastornos similares, rutina de ejercicios y asesoría nutricional.

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En el grupo se pide a los asistentes que elaboren un menú de las comidas diarias. ¿Funciona?

Es importante hacerlo, pero teniendo en cuenta el peso, estatura, preferencias, ocupación y patologías del paciente. Debe ser organizado y no rígido, de tal manera que si hay una invitación extra para salir a comer, la persona pueda evaluar si la toma o la deja.

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¿Qué tan frecuente es la adicción a la comida con respecto a otros trastornos de la alimentación como la bulimia o la anorexia?

Los trastornos de alimentación no especificados son los más frecuentes, los padecen cerca del 13% de la población, mientras que la anorexia sólo llega al 1% y la bulimia está entre el 3% y el 4%. Estos desórdenes forman parte de un mismo espectro y por eso es frecuente que la persona pase del uno al otro.

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¿Abstenerse de comer los alimentos que disparan la adicción realmente funciona?

Eso depende de si hay alteraciones metabólicas o no, pues a diferencia de las adicciones donde uno debe suspender por completo la sustancia, aquí la comida es parte de la vida diaria. Además, lo que se busca es que el paciente tenga capacidad de elección, autonomía, control y flexibilidad. No sólo prohibición.

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¿Es usted un comedor compulsivo?

Si responde afirmativamente a tres o más de estas preguntas elaboradas por el grupo de Comedores Compulsivos Anónimos, es posible que sufra de este trastorno alimentario.

¿Come cuando no tiene hambre?

¿Se da parrandas de comida sin razón?

¿Siente culpa después de comer en exceso?

¿Dedica demasiada atención  a la comida?

¿Anticipa con placer los momentos en que pueda estar solo para comer?

¿Planea con anticipación estas parrandas secretas de comida?

¿Come con mesura delante de otros y luego compensa por ello cuando está solo?

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¿Su peso está afectando su manera de vivir?

¿Ha tratado de hacer dieta sin lograr resultados?

A pesar de la evidencia, ¿cree que puede hacer dieta cuando lo desee y sin asesoría médica?

¿Siente ansias de comer durante ciertos momentos del día o de la noche, a parte de la hora de las comidas?

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¿Come para escapar de las preocupaciones o de los problemas?

¿Alguna vez lo ha tratado su médico por exceso de peso?

¿Su obsesión por la comida lo hace infeliz a usted o a sus seres queridos?

¿Se resiente cuando otras personas le aconsejan que use la fuerza de voluntad para dejar de comer?

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