“El padre del movimiento por el buen trato en Latinoamérica”. Así está reseñado Diego Polit en cientos de artículos de prensa. Es ecuatoriano. Antropólogo. Defensor del diálogo y el pacifismo. “Me niego a aceptar que la naturaleza humana justifique la violencia”, dice. Es también un reconocido experto en el estudio del maltrato a los niños. Eso lo trajo a Colombia. Y aquí estará durante unos días más, haciendo parte de la llamada Semana del Buen Trato que celebra el país.
El ICBF asegura que en los primeros diez meses de 2011 se presentaron en Colombia 50.531 denuncias de maltrato a niños. ¿Es un dato verosímil?
Esta es apenas la punta del iceberg. Es una cifra que no muestra la magnitud de la violencia que vivimos en nuestros países, entendiendo la violencia como la imposición de criterios. La base del maltrato es la incapacidad de los adultos de reconocer que los niños son personas. Cerca del 75% de los adultos vivimos para que los niños nos obedezcan, queremos imponerles nuestros criterios por encima de su derecho a definir su personalidad y su propio proyecto de vida. Eso quiere decir que el 75% de los niños son, desde ese punto de vista, violentados.
Usted dice que el maltrato no está relacionado con el nivel académico de los padres ni con su edad, sino que es inherente a todos. ¿Qué pasa por regiones? ¿En Europa o Estados Unidos se vive esta misma realidad?
Sólo le voy a dar un dato: hay una psiquiatra francesa reconocida como la gran teórica de los derechos de los niños, Françoise Dolto, quien dice: “la causa de los niños no será defendida mientras no se logre superar esa mente adulta, esa matriz de pensamiento adulto que se niega a reconocer al niño como persona”. Esa es la afirmación de una profesional que nunca trabajó con niños latinoamericanos ni africanos, sino franceses, y por lo tanto nos está hablando de la realidad de su país. La violencia contra los niños tiene una uniformidad mundial que asusta.
Cuando usted habla de tipos de maltratos socialmente aceptados, ¿a cuáles se refiere?
El encargo de la sociedad a los adultos es socializar a los niños, y eso quiere decir “lograr que los niños se adapten a la sociedad”. Nos pasamos preguntándole a la sociedad cómo quieren que sean los niños y escuchamos frases como “que sea un adulto de bien”, “que sea útil para la sociedad”, pero nunca le preguntamos al niño cómo quiere que sea la sociedad. Cualquier deseo de imponer nuestra voluntad es violencia. Tan violenta es la “nalgadita” que le damos al niño para que se tome la sopa, como la determinación del padre que dice “vas a estudiar arquitectura porque tu abuelo fue arquitecto y yo fui arquitecto”.
¿Cuál es la relación entre violencia y autoestima?
La gran consecuencia de la violencia es ir minando, disminuyendo la capacidad de que el niño se sienta actor de su propia vida y, por lo tanto, con el derecho de construir su felicidad. La violencia es la demostración más clara de que creemos que el niño es incapaz, irresponsable, inocente.
Pero también está el otro extremo, el del padre que le da libertad absoluta a su hijo.
¿Cuál es el común denominador entre un padre que le cae a golpes a su hijo para que haga lo que él quiere y un padre que dice: “Haga lo que se le de la gana”? Que en ninguno de los dos casos hay diálogo. En ninguno hay interés por saber lo que piensa, cree o siente el niño, interés por plantearle el punto de vista, darle herramientas para que sea el hijo quien decida. Yo doy la información, los elementos, los insumos, pero acepto, reconozco y valoro que, con todo eso, el que toma la decisión sobre su vida es el hijo.