Aquí, donde el tráfico al por mayor incluye el tráfico del menor.
Aquí, donde los trabajos infantiles se inician al mismo tiempo —o incluso antes— que los trabajos de parto.
Aquí, donde a las niñas se les cambian los pañales y al poco tiempo se les enseña a cambiarlos.
Aquí, donde hay más corazones calcinados por el fuego que caldeados por la alegría.
Aquí, donde el cargo de verdugo es el único que nunca queda vacante.
Aquí, donde ser amontonador de cadáveres se tiene como una profesión respetable.
Aquí, donde gran parte de las fuentes manan de los ojos.
Aquí, donde la tierra por la que se pelea es la primera en ser aniquilada.
Aquí, donde la maleza que azota al campo no es de condición vegetal.
Aquí, donde los que no son dueños ni de sí mismos lo son de ejércitos completos.
Aquí, donde a los dieciocho años de edad unos están listos para tomar parte en la guerra, y otros para empezar a lucrarse de ella.
Aquí, donde al día de hoy no sabemos en defensa de quién o qué luchaban los muertos que hemos enterrado.
Aquí, donde después de medio siglo de guerra intestina, no contamos en el calendario ninguna batalla digna de conmemoración.
Aquí, donde el que entrega las armas entrega de una vez el uniforme ensangrentado para que se lo limpien.
Aquí, donde los bosques se adornan con cadenas.
Aquí, donde en lo profundo de las selvas hay carnicerías abiertas todo el día.
Aquí, donde la tala de árboles tiene como principal causa la alta demanda de ataúdes.
Aquí, donde muchas veces una tumba es un premio, y un funeral, una bendición.
Aquí, donde los funerales no se hacen cuerpo a cuerpo sino miembro a miembro.
Aquí, donde la entereza consiste en llegar a la tumba con las extremidades completas.
Aquí, donde al que sostiene por un rato la cabeza erguida, no se la dejan luego en su lugar.
Aquí, donde los médicos no son los únicos que se dedican a excavar entrañas.
Aquí, donde cada río tiene su morgue.
Aquí, donde la igualdad no se conoce por fuera de las fosas comunes.
Aquí, donde el “¿qué hicieron con mi hijo?” hace rato adoptó carácter de refrán popular.
Aquí, donde muchas tumbas llevan un signo de interrogación como inscripción.
Aquí, donde el puñado de tierra que echan sobre el ataúd del muerto es más extenso que aquel por el que lo asesinaron.
Aquí, donde quién sabe hace cuánto murió el último sepulturero al que le temblaban las manos durante el ejercicio de su oficio.
Aquí, donde es derecho lo que en cualquier otro lugar es delito
Aquí, donde más de media constitución es inconstitucional.
Aquí, donde el que se quiere cobijar bajo la sombra de la justicia acaba casi siempre insolado.
Aquí, donde se persiguen los delitos falsos recurriendo a los auténticos.
Aquí, donde al que tan sólo tuvo tiempo para cortar la mitad de la víctima se le rebaja la mitad de la condena.
Aquí, donde se espera que a las matanzas de hace cincuenta años las condene la posteridad.
Aquí, donde los fugitivos de la ley emiten comunicados desde lugares clandestinos, aclarando en ellos que no son delincuentes.
Aquí, donde a la señora greca se la tiene como gran dadora de leyes.
Aquí, donde los legisladores descansan las tres cuartas parte del año y se otorgan licencias remuneradas durante las restantes dos octavas.
Aquí, donde los que deben velar por los que duermen son los que se van a la cama más temprano… a frotarse las carnes entre sí.
Aquí, donde lo mejor que se puede esperar de los actuales legisladores es que se ahorquen pronto.
Aquí, donde se dividen las ciudades en localidades para evitar las querellas territoriales entre los rufianes.
Aquí, donde todas las ciudades tienen las mismas dificultades, y para remediarlas gastan sus recursos en las mismas inutilidades.
Aquí, donde cualquier hallazgo valioso se convierte de inmediato en materia de despojo.
Aquí, donde las mejores partes del mar son propiedad de quienes viven en las montañas más altas.
Aquí, donde los lugares que más carecen de leche y carne son los que sirven de pasto para el ganado.
Aquí, donde los únicos que no gimen de hambre son los buitres.
Aquí, donde a los pobres no se les permite darle al hambre más de un día libre por semana.
Aquí, donde un ciudadano posee veinte viviendas, y una sola vivienda aloja a veinte ciudadanos.
Aquí, donde a los sacrificadores de ancianos se les llama economistas.
Aquí, donde importamos lo que nos sobra y exportamos lo que nos falta.
Aquí, donde se hacen negocios ventajosos para la nación, pero desventajosos para quienes la habitan.
Aquí, donde la mercancía más costosa, y por la que no suelen dar ninguna garantía, es la de la sabiduría.
Aquí, donde lo que más requiere ciencia es lo que menos produce riqueza.
Aquí, donde hay que ser inferior al resto para ser admitido entre los superiores.
Aquí, donde la libertad de elegir consiste en inclinarse por la menor calamidad.
Aquí, donde se anima a los cadáveres para que salgan a votar.
Aquí, donde, si hubiera estaciones, ya se les habrían alternado los turnos.
Aquí, donde los pastores de hombres no acogen los rebaños entre sus manos sino entre sus piernas.
Aquí, donde el único trámite que no conoce demoras es el del saqueo al tesoro público.
Aquí, donde el principal consejero de Estado es el provecho particular.
Aquí, donde no se conoce actividad criminal que no haya gozado de un puesto estatal.
Aquí, donde basta no comprender los efectos de una cosa para prohibirla de inmediato.
Aquí, donde se quiere eliminar las barreras levantando murallas.
Aquí, donde algunas gentes se unen echando puentes abajo.
Aquí, donde los fines a los que aspiramos dependen casi con exclusividad de que en territorios foráneos dejen de aspirar tanto.
Aquí, donde las bestias más insolentes son domadoras de caballos y exportadoras de mulas.
Aquí, donde las noticias que se oyen sirven más de inspiración que de disuasión para el criminal.
Aquí, donde el que más se alegra con las malas noticias es el que las comunica.
Aquí, donde lo más divulgado es lo que menos crédito merece.
Aquí, donde en ocasiones no se sabe si se está oyendo una noticia o recibiendo una orden.
Aquí, donde basta una lengua bien afilada para derribar al más aplomado de los hombres.
Aquí, donde el papel es el combustible que mejor aviva el fuego.
Aquí, donde se pretende cerrar las heridas echándoles sal encima.
Aquí, donde lo único que sobra es gente para recordarnos lo que queremos olvidar.
Aquí, donde se necesita estar chiflado para querer ver lo que se nos ha contado.
Aquí, donde…