“La matanza era cada dos meses y medio, más o menos. Nos llamaba mi hermana con una semana de anticipación desde un teléfono público y nos recordaba el compromiso. Repetía su llamada faltando 48 horas y el día anterior, poniendo siempre de presente ‘no vaya a dejar sola a su madre’, como siempre se ha referido a Mamá.
Cuando yo llegaba, ya ella y Mamá habían adelantado parte del trabajo: seleccionar a los mejores, encerrarlos en un cuarto oscuro y sin comida las 24 horas previas al sacrificio ‘para no tener que limpiar mucho’, y sellarles el pico con cinta ‘para que no hagan mucha bulla’.
Antes de iniciarla era necesario atarlos y colgarlos cabeza abajo para el degollamiento, que hacía Pipe con un golpe de bisturí certero y limpio, gracias a su experiencia y a que usaba cuchillas de cirugía que lavaba y cambiaba con frecuencia.
Yo evitaba a toda costa pasar por el lugar del sacrificio, pero no siempre lo lograba. Cuando me veía forzada a hacerlo lo hacía avanzando a ciegas, con los ojos bien apretados y pensando en el mal diseño del cuerpo humano, carente de un mecanismo que me permitiera cerrar los oídos y la nariz. El olor y el ruido me perseguían por semanas. Sí, el olor de la sangre me invadía y se pegaba a mi nariz y a mi cuerpo de tal manera que ni los baños con gotas de límpido me lo arrancaban. ‘Un día de estos me delatará’, solía pensar. Pero nunca ocurrió.
En cuanto al sonido, era peor. Mis hermanos no lo escuchaban. Yo sí. Al comienzo como el ruido de un chorro enorme, logrado por las sumas individuales de sangre. Luego como un goteo sonoro y persistente que se estrellaba con fuerza contra el cemento, y rebotaba en mi cabeza. Fue cuando odié los tambores y saqué de mi alma todas las percusiones de la música y la naturaleza. Pero era mi madre. De eso vivía. Y estaba obligada a ayudarle.
Todo se planeaba con cuidado. Olga, Mónica y yo éramos las más cobardes, y nuestras tareas estaban en consonancia. La de Olga consistía en ‘evitar visitas inoportunas’ y en encerrarse a ‘entretener a los niños’ hasta que todo terminara, a veces hasta 10 horas más tarde. La de Mónica, en ayudar al lavado y al empacado. La mía, en abrirlos y extraerles los órganos. No me repugnaba mucho porque ya otro los había atado-colgado-matado-degollado-desangrado y descolgado. A veces, cuando llegaba un día antes de la matanza, también colaboraba con el engaño para encerrarlos. Nada difícil, dadas mis dotes histriónicas. ‘Y eran tareas limpias’, que no implican el arrebato de la vida.
Fueron años duros. De mucho trabajo, pero puedo decir que era un buen negocio, lo que se dice ‘un negocio ‘paisa’. Pero como todo, se vino abajo cuando se establecieron los profesionales y mecanizaron el proceso: La producción en línea fue un golpe de muerte a nuestra labor artesanal. No sé cuantos mató -¿o quizá matamos?- en casi cuatro años, pero pueden hacer la cuenta: de doscientos cincuenta a trescientos cada dos meses y medio. Lo recuerdo porque otra de mis tareas era llevar la contabilidad y enviar las cuentas de cobro a quienes nos encargaban los ‘trabajos’. Eran unos apuntes detallados, meticulosos e informativos que no se donde fueron a parar.
Por Elsa Tobon, colaboradora de Soyperiodista.com. Nueva York