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Persiguiendo el dragón

Silenciosamente, en las principales ciudades del país está cobrando forma una grave amenaza contra la salud pública y la seguridad ciudadana: el consumo de heroína inyectada, pero también inhalada.

12 de febrero de 2008 - 06:12 a. m.
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Al tiempo que la Policía incrementa sus acciones urbanas para enfrentar el consumo de basuco, cocaína y otras sustancias psicoactivas, sin mayor resonancia un nuevo enemigo está causando estragos entre los jóvenes colombianos: la adicción a la heroína, que hoy se consigue fácilmente en las principales ciudades del país y que ya empieza a convertirse en un problema de salud pública.

Si bien en los años 90 el Departamento de Estado de Estados Unidos señalaba a Colombia como el primer productor de amapola en el hemisferio occidental, situación que se fue revirtiendo con el paso de los años, hoy el dilema renace, pero bajo otra amenaza, esta vez de carácter interno: el consumo de heroína, principalmente detectado por centros médicos y profesionales especializados.

Dos investigaciones recientes del Centro de Atención y Rehabilitación Integral en Salud Mental de Antioquia (Carisma) y de la Dirección Nacional de Estupefacientes (DNE) evidencian esta peligrosa realidad. “Somos muy pocos los que trabajamos con heroína, pero no cabe duda de que está tomando fuerza esta adicción nueva”, lo ratifica María del Pilar Jaime, directora del centro de rehabilitación Retornar de Bogotá.

A su vez, el estudio Transiciones en el consumo de drogas en Colombia, de la DNE, constató que uno de cada cinco pacientes atendidos en centros de rehabilitación del país han consumido heroína que, en muchos casos, es el último eslabón de consumo. “En Colombia, en 2005, se presentó por primera vez en la historia un número importante de muertes y emergencias hospitalarias relacionadas con este consumo”, destaca la investigación del organismo oficial.

En Bogotá, Medellín, Cali, Cúcuta y el Eje Cafetero, principalmente, se han detectado los principales focos de expansión del consumo de heroína. Con un agravante: según Augusto Pérez, autor de la investigación de la DNE, la pureza de la sustancia que se comercializa en Colombia es mucho mayor que la que se puede encontrar en Europa o Estados Unidos. Mientras en tales latitudes se alcanza el 8 por ciento de pureza, la heroína en Colombia se vende con un nivel de pureza entre el 60 y el 90 por ciento.

Con otro hallazgo: el consumo de la “hache” —como se conoce entre los adictos— no se está dando únicamente por vía intravenosa. Hoy, en ciertos círculos juveniles, se está poniendo de moda el hábito de “Perseguir al dragón”, como se denomina la práctica que hoy ejercen los consumidores de heroína inhalada. De hecho, la mitad de adictos de Antioquia, según investigación de Carisma, la consume por esta vía o por aspiración directa.

Hoy, Colombia no tiene una infraestructura adecuada para enfrentar esta problemática y debe tenerse en cuenta que en España o Inglaterra, por ejemplo, el consumo de heroína terminó en agudas epidemias de VIH y hepatitis. Un solo testimonio basta para dimensionar la gravedad de lo que está ocurriendo. El Espectador contactó a un joven de 26 años que trata de rehabilitarse después de tres años de consumo. Su experiencia muestra cómo este enemigo letal apenas plantea su reto. (Ver nota anexa).

“Muchos se han ido”

“¿Y de qué es que vamos a hablar? ¿Del problemita aquel? Soy de Cúcuta, tengo 26 años y estudié mi carrera universitaria en Bogotá. Empecé a consumir marihuana, luego basuco, rivotril,  popper, pepas, éxtasis, ácidos. Después me inicié en los cagados —cigarrillos de marihuana con heroína—. Probé todas las drogas, pero en este momento he dejado todo por la heroína. Para mí no existe nada más.

Hace cuatro o cinco años, nadie fumaba heroína en Bogotá, donde el gramo se puede conseguir ahora en $50.000. Desde hace unos dos años empecé a ver a muchos en las mismas. Se puede conseguir más barata, pero eso depende de la ‘liga’, es decir, lo que le echan para que rinda más. Fue apenas en 2003 cuando se empezó a conseguir.

Lo más barato que se puede encontrar es tres bolsitas de 0,6 gramos en $35.000. No es cierto que el precio haya bajado, lo que pasa es que le echan más ‘liga’  para  que rinda. También venden bolsitas de $10.000, que apenas traen 0,2 gramos. Son dosis muy pequeñas que casi no duran. En el sur de la ciudad se puede conseguir el gramo en $20.000, pero no es de tan buena calidad.

Yo soy un profesional y no puedo comprarme nada. No puedo comprarme un helado, ni una chaqueta, porque  pienso que con eso me compraría tantos gramos de ‘hache’. Todos los días tengo que gastar $50.000 en heroína. El man que me la vende ya se compró un carro último modelo. Él mismo me dice que con la plata que yo le doy y con la de otros tres clientes, lo está pagando.

Ha habido ocasiones en que una bolsa de heroína de 0,6 me duraba medio día.  En Cúcuta me fumaba tres o cuatro bolsas y no me hacían nada. Allá el gramo vale apenas $17.000. Hay dos clases: la blanca, que sabe a pastilla, y la café, que sabe a miel. ¿Parar? No… eso es todos los días. Esto no es ‘quiero un ratico y lo dejo’. No, papá. Esto es: se levantó y fumó, desayunó y fumó, se bañó y fumó… llega la noche, da insomnio y uno se pasa fumando la madrugada.

Estar ‘enmonado’ es lo peor. Te da dolor de huesos y se te quitan las ganas de ir al baño. Yo hasta he pasado un mes sin ir al baño, sólo con ganas de seguir fumando. Cuando uno se pasa le da por vomitar y uno se pone muy blanco. Yo me volví muy asocial. No quería hablar con nadie. Uno empieza a sentir mucho frío. Hoy no podría estar así, en mangas cortas. Está haciendo un sol ni el hp y no me puedo quitar este buzo.

Ha habido momentos en los que he querido salir. Pero el man que me la vende llegaba a mi casa, me la fiaba y me la dejaba ahí. A la heroína sólo se le meten los ‘dealers’ más duros, porque les toca venderles a adictos que se obsesionan cuando están ‘enmonados’.

Mi novia, antes de quedar embarazada, había probado la heroína apenas dos meses atrás. Ahora es más difícil salir, porque yo quiero pero ella no. La conocí en una fiesta. Soy DJ. Ella no fumaba, pero me insistía en que le dejara probar. Con ella tengo un hijo de diez meses que vive con los abuelos.

Una vez, un amigo empezó a convulsionar. Él tiraba duro y por eso llevaba siempre un maletín. Yo lo abrí y le clavé la jeringa en el pecho. ¡Pum! Siempre cargaba adrenalina por si se pasaba. Nunca me ha tocado ver que se vaya un amigo. Pero sí se han ido. ¿Cuántos?… Muchos”.

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