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Petroleras, un vecino incómodo en el Llano

Aunque es una de las regiones donde más se extrae crudo, sus vías están en mal estado y varios habitantes aún cocinan con leña y carbón.

02 de abril de 2014 - 09:30 p. m.
Aunque los campesinos responsabilizan a las petroleras, no hay estudios que soporten esas hipótesis. / Fotos: Sergio Silva Numa
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De repente, la conversación entre Carlos y Hermes —llaneros, cuñados y de casi cincuenta años— se corta de un tajo. Sus frases, de palabras rápidas y sílabas siseadas levemente, se detienen cuando la noche se mete implacable en esa sala sin paredes y con un comedor improvisado de plástico. Son las 9 p.m. y, como todos los días, acaban de quitar la luz. Con suerte, la energía retornará mañana a las 10 a.m. No hay más remedio: es hora de echarse en el chinchorro y tratar de dormir.

Antes, sin embargo, ellos, descalzos y todavía de sombrero, se permiten unos minutos más de charla mientras se suaviza la oscuridad. El tema es el mismo desde hace un par de horas: el petróleo, las petroleras.

“¿Sí oye? —pregunta Carlos—. Ahora todas las noches tengo que aguantar ese ruido. Y espere a las dos o tres de la madrugada a ver si logra descansar”.

Al fondo crujen unos camiones cargados de combustible. Se siente su vaivén por esas carreteras destartaladas que atraviesan el norte del Casanare. A su paso dejan campos repletos de polvo de donde se alimenta el ganado. A su paso, también, hacen que esas partículas se cuelen en las casas por puertas y ventanas. Y ellos, Carlos y Hermes, como todos, protestan. Por la contaminación, por las vías en mal estado, por el intenso verano.

Estamos en la vereda San Esteban, a unos 50 kilómetros del lugar de la sequía. Hace poco se descolgó una llovizna y se siente un calor repleto de humedad.

Carlos y Hermes, como todos los habitantes de Paz de Ariporo, tienen por estos días un tema único de debate: ese verano por el que han llegado a la región, como hace mucho no lo hacían, los medios de comunicación más importantes del país. Pero en esos cotilleos les resulta imposible, como a la gran mayoría de campesinos, de ganaderos, dejar de responsabilizar a los extractores de crudo que poco a poco han arribado a la región desde que en 1991 se tropezaron con los pozos de Cusiana y Cupiagua.

Esa es la misma respuesta que todos encuentran en cualquier vereda, en cualquier fundo. Son afirmaciones basadas en conjeturas que nadie, por la inexistencia de estudios, ha logrado comprobar. Porque, como dijo Brigitte Baptiste, directora del Instituto Humboldt, hace unos días a El Espectador, Casanare no ha puesto un solo peso de sus regalías en investigaciones que describan sus ecosistemas. Regalías que reciben desde 1990 de nueve de los 19 municipios que lo conforman (solo entre 2013 y 2014 el departamento recibirá $1,01 billones, según el Sistema General de Regalías).

Con Baptiste concuerda Carlos Alberto Vargas, Ph.D. en geofísica y presidente de la Sociedad Colombiana de Geología. “No se puede plantear ese debate —dice— cuando no existen datos, cuando no hay estudios de líneas base ambientales. Y para hacerlo se requieren, por lo menos, dos períodos climáticos continuos. Los suelos, los ecosistemas, tienen más complejidades de las que la gente aprecia”.

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“El problema del agua —dice Alejandro Martínez, presidente de la Asociación Colombiana de Petróleo (ACP)— radica en la deforestación de los acuíferos de donde baja el agua desde la cordillera oriental. Nos culpan porque no ven las quemas que hay en la parte alta para preparar las siembras”.

Pero pese a que la voz de expertos como Baptiste se ha regado por esos casi 45.000 kilómetros cuadrados que componen el departamento, la posición de los pobladores es radical. “A mí nadie me viene con cuentos —asegura Hermes mientras oye la historia de una licencia que acaban de aprobar en la reserva Brito Alto—. Las culpables de todo este desastre son ellas. Es que en esta zona de escasez de agua no hay arroceras, ni cultivos de palma. Sólo petroleras”.

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Aunque el debate puede ser largo y extenso, lo cierto es que, más allá de la polémica, en toda la región se advierte un malestar general por la presencia de los extractores de crudo, con los que ahora disputan parte del territorio. Un malestar que no es nuevo, que paulatinamente se ha ido acumulando por lustros y que esta vez, en medio de ese show en el que participan políticos y hasta agentes del CTI y la Fiscalía, estalló.

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Durante los últimos años, Casanare ha ocupado, después del Meta y del repunte de yacimientos como Rubiales, el segundo lugar entre los departamentos más productivos de crudo en Colombia. Incluso, de marzo de 2012 a marzo de 2013, como lo registra el boletín económico regional del Banco de la República, dicha producción se incrementó en 7,7%. Según la ACP, ese año se cerró con 177.246 BPDC (barriles por día calendario). La cifra representó el 18% del total extraído en el país.

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Los datos, pese a ello, resultan paradójicos cuando se atraviesa esa pálida llanura. En la zona rural de Paz de Ariporo, el centro de la sequía, algunos, como Carlos, aún deben cocinar con leña porque, más que el agua, escasea la electricidad. La única manera de permanecer con luz es mantener encendida una planta a la que no todos pueden acceder.

Y esos números se antojan ante todo paradójicos porque al andar unos kilómetros llano adentro empiezan a aparecer pozos de extracción que se levantan como lejanos pesebres cuyo número incrementa día a día. De hecho, de acuerdo a la ACP, en 2013, sólo en el departamento, se perforaron 58 exploratorios, el 50% de los que se hicieron en todo el territorio nacional.

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Aquellos dígitos también son en parte contradictorios cuando se echa un vistazo a la situación de la región. Según el último censo del DANE, el índice de necesidades básicas insatisfechas era de 35,5%. Con ello concuerda el estudio Variaciones en torno al escalafón de competitividad departamental en Colombia, publicado por la Cepal en abril de 2013.

Allí, en el escalafón de requerimientos básicos (salud, educación, servicios públicos, desarrollo social y economía), Casanare está ubicado en un nivel “bajo”, sólo por encima de otros siete departamentos. La Encuesta Nacional de Demografía y Salud de 2010 lo confirma: el 11% de la población no tiene ningún tipo de afiliación a seguridad social.

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Claro: ningún informe, y nadie niega en esa tierra de Martín Llanos, por ejemplo, avances importantes en factores como la seguridad.

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Sin embargo, el problema para Carlos, para Hermes, para Francisco Eslava, líder de la consulta popular que le puso freno a la explotación en Tauramena, también es de fondo: un grave índice de corrupción agujera la historia de Casanare. Y por ahí, posiblemente, se han filtrado los miles de millones de regalías que no se sienten en las vías ni en los servicios públicos. No en vano Yopal sumará en mayo tres años sin agua potable. No en vano hay un registro de más de siete gobernadores destituidos por, entre otros delitos, vínculos con los paramilitares de la región.

 

 

ssilva@elespectador.com

@sergiosilva03

Por Sergio Silva Numa

Editor de las secciones de ciencia, salud y ambiente de El Espectador. Hizo una maestría en Estudios Latinoamericanos. También tiene una maestría en Salud Pública de la Universidad de los Andes. Fue ganador del Premio de periodismo Simón Bolívar. SergioSilva03 ssilva@elespectador.com
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