El tabaco, durante varios siglos eje de interacción social, sinónimo de distinción y materia prima de una industria que ha dejado multimillonarias utilidades en Colombia y el exterior, vive por estos días el comienzo de su ocaso. Los fumadores de cigarrillo que ayer soplaban humo a sus anchas y constituían un recurrente modelo publicitario, hoy son objeto de repudio y las leyes contra el tabaco hacen parte de una agenda internacional a la que no se sustrae Colombia, ya no para regular su comercio sino como un asunto de salud pública.
La razón de este cambio extremo no es otra que la demostración científica de que el consumo de tabaco está asociado a la propagación del principal enemigo de la medicina: el cáncer. Paradójicamente, la primera advertencia se hizo en 1761, cuando el investigador J. Hill probó la asociación entre el consumo de tabaco y el cáncer nasal y de las vías respiratorias altas. Pero en aquellos tiempos era tan rentable el negocio que hacía parte de los monopolios económicos de las grandes potencias, y éstas no iban a renunciar a sus dividendos.
Originario de América, desde los viajes del almirante Colón sus marineros se vieron atraídos por este arbusto que, al decir de Rodrigo de Jerez, llevaba a “hombres y mujeres a deleitarse con un tizón en la mano”. Se dice que los pueblos precolombinos tenían el hábito de fumar o mascar las hojas secas del tabaco, al menos desde 1.500 años antes de la Conquista. Lo cierto es que Europa acogió esta costumbre y para 1620 ya existía en España la Fábrica de Tabacos de Sevilla. Y qué decir de los ingleses, que de inmediato intuyeron el gran negocio.
Hacia 1717 ya era un monopolio real de la corona española frente a sus colonias de ultramar, en tiempos de Carlos III su producción estaba controlada a través de los estancos, y junto a la quina y el oro, el tabaco fue uno de los tesoros que le permitió a Europa fijar sus ojos en el nuevo continente. Cuando llegó la independencia, particularmente en lo que hoy se denomina Colombia, aún estaba vigente el monopolio sobre el tabaco y una de las aspiraciones sociales fue abolirlo, hecho que sólo se alcanzó en 1850, en el gobierno de José Hilario López.
De ahí en adelante, el tabaco fue clave para la incipiente economía nacional. Es más, antes de que Colombia se convirtiera en un país cafetero, su producto de exportación fue el tabaco. La bonanza tabacalera fue tan determinante, que incluso a través de las denominadas “Casas de aliños”, está asociada a las primeras agremiaciones de trabajadores. Hacia 1919 nació la Compañía Colombiana de Tabaco, con proyección a varias regiones del país, y para la época el hábito de fumar cigarrillos o chicotes ya dominaba en los cinco continentes.
Poco a poco, el poder del capital, a través de ocho grandes compañías internacionales, controlaron el atractivo mercado. British American Tobacco, Imperial, Tobacco Company, Philip Morris, R.J. Reynolds, Gulf and Western, Rembrandt Rothmans y American Brands convirtieron el hábito de fumar cigarrillo en una cotidianidad masiva. En todas partes se fumaba. En los salones, los autobuses, los establecimientos públicos, los hospitales, los aviones… “Fumar es un placer, genial, sensual”, quedó patentizado en una canción de moda.
Y qué decir de la publicidad. Las divas y los galanes fortalecieron su imagen mostrando sus cigarrillos. El “Hombre Marlboro” caracterizó una época y en Estados Unidos o sus países satélite, se convirtió en gesto de imitación. Los artistas, los ejecutivos, los presidentes, hasta los entrenadores de fútbol, todo el mundo fumaba. Hacia 1997, el 42% de los adultos en E.U. lo hacía y las inversiones en publicidad mundial superaban los 5.6 billones de dólares. Al mismo ritmo la gente se moría de cáncer, pero prevalecía el poder del dinero.
Sin embargo, desde comienzos de los años 80 del siglo XX, la alarma mundial empezó a crecer. Estados Unidos, principal promotor del consumo durante varias décadas, reconoció que el hábito de fumar cigarrillo se había convertido en la principal causa de muerte entre sus ciudadanos. Hoy, esta cifra, a nivel mundial, está calculada en unos 2.5 millones de personas. Y ya está claro que entre el consumo de tabaco y el cáncer de pulmón, páncreas, laringe o vejiga, existe una relación directa. Y lo que es peor, que el daño también alcanza a los fumadores pasivos.
Por eso el tema cambió y de la tolerancia absoluta se pasó a la fobia extrema. Hoy los fumadores no son una especie en vía de extinción, pero sí son el blanco perfecto de una insidia nunca vista. Los sacaron de los establecimientos públicos, están desterrados de los aviones, molestan en los estadios, y ahora están condenados a desaparecer del escenario donde brillaron con luz propia: la publicidad. Durante años patrocinaron eventos deportivos, ahora no podrán hacerlo. La era del tabaco llega a su fin. La lucha contra el cáncer marca su epílogo.
Hace una semana, en el congreso de E.U. se dieron poderes al Ejecutivo para controlar la producción de cigarrillos. Este martes pasó a sanción presidencial en Colombia la Ley contra el Tabaco que apunta hacia un fin parecido. La Copa Mustang, que hoy distingue al campeonato profesional de fútbol, en pocos meses tendrá otro patrocinio. Los tiempos del “pucho” en la boca están extintos. Los del puro no tanto, porque siguen asociados a personajes distinguidos. Pero encendedores y pipas pasaron de moda.
“El tabaco es perjudicial para la salud”, es la consigna. Pero tuvieron que pasar muchas décadas para que la sociedad colombiana empezara a entenderlo. La ley aprobada esta semana constituye un paso importante, así signifique el llanto y rechinar de dientes de algunos dirigentes del fútbol. No se trata de estigmatizar o discriminar a los fumadores, como lo asimilan los prohibicionistas. Se trata de que la sociedad entienda que la salud pública amerita responsabilidades individuales. El cáncer es el enemigo, no los fumadores. Pero su libertad termina donde comienza la de aquellos que huyen del humo.