La velación del cantautor Diomedes Díaz, fallecido a los 56 años, aún continúa en Valledupar. Su cuerpo llegó ayer a la plaza Alfonso López transportado por un carro de bomberos acompañado de personas a pie, en carros y motos. La gente de la ciudad —mucha— y de otras partes de donde poco a poco van llegando tendrán la oportunidad (llorando, cantando sus cantos) de darle la despedida a un grande del folclor, que a pesar de sus conocidos vaivenes emocionales, incluso de sus traspiés con la justicia y su vida marcada por los excesos, ya tiene un lugar en el corazón de quienes disfrutan y quieren la música vallenata.
En la tarima Francisco El Hombre hay una guardia de honor de la Policía Nacional para permitir que familiares, amigos y seguidores se acerquen al ídolo.
“Él consideraba que su sepelio debía ser tan multitudinario que él quisiera hasta verlo, que quisiera sacar la cabeza del féretro y saber cómo era”, le contó Díaz a Luis Mendoza Sierra, biógrafo del artista, quien dijo, en entrevista para Caracol Radio, que la marcha hasta el cementerio será una larga caminata en la que estarán prohibidos los vehículos.
Acerca de la muerte del mismo Díaz, Mendoza recordó que él decía “cosas que, naturalmente son muy difíciles de cumplir, como que ‘yo quiero que por favor me le digan a mi mamá, papá e hijos que me lleven a una loma grande que tengo vista allá muy cerca a la casa en Carrizal y yo quisiera que construyeran sobre esa loma una Virgen tan alta, tan grande, que los aviones les saquen el cuerpo a la Virgen’”.
Para conservar un poco el espíritu de sus pedidos, la tapa del ataúd del cantante es de cristal, para permitir así que todo el mundo lo vea. También irá vestido blanco.
Desde su muerte, el pasado domingo, las voces amigas han sonado. Entre muchos otros, el locutor radial y presentador principal de la agrupación de Diomedes Díaz, Jaime Pérez Parodi, en transmisión por Cacica Stéreo dijo estar “destrozado por dentro… pero ante todo el profesionalismo…”, refiriéndose al hecho de estar dando la triste noticia de quien fuera su amigo durante treinta años. Igualmente, el cantante y gran amigo de Diomedes, Poncho Zuleta, expresó por el mismo medio su desconsuelo: “Estoy destrozado, se fue mi amigo, mi hermano, mi colega… nunca te olvidaré y de recuerdo nos dejaste un Sr. CD. Me duele, me duele”. E Iván Villazón, otro importante músico vallenato, escribió: “La muerte de Diomedes es una pérdida incalculable para el vallenato auténtico, deja un vacío inmenso entre quienes lo admiramos y quisimos”.
Diomedes Díaz fue un artista atípico para su época, innovador: gracioso, gestual, casi teatral, y de una fuerte presencia escénica, sobre todo en sus primeros años, que contagiaba y literalmente embelesaba al público: muchas veces preferían mirarlo mover sus hombros, posar su manos de un modo particular y caminar en el escenario con una pausa característica, y escucharlo cantar, antes que bailar con su música, que era lo más acostumbrado en este contexto. Hasta en sus convalecencias de salud y su paso por prisión, estuvo acompañado por la gente que disfrutaba de su música, a los que él llamaba de modo orgulloso y agradecido: “mis seguidores”.
Les compuso a muchas y diversas cosas: reflexionó acerca del paso de la adultez a la vejez (Mi primera cana) y recordó el pedazo de panela que le daba su padre para calmarle una aflicción infantil y otras enseñanzas que a su vez quiso dejarle de legado a su hijo Rafael Santos (Mi muchacho). Les compuso a sus amores (Te necesito, Bonita, Tres canciones, La doctora), a sus amigos (El ahijado).
Diomedes Díaz hace parte de una expresión popular genuina, que en esencia es lo que es el vallenato, y ahora, con su muerte, sólo se reforzará ese hecho. La “buena” noticia, siempre reservada para este momento definitivo, es que a pesar de que ya no estará más su presencia física, su presencia musical seguramente crecerá, perdurará. Ahí están sus canciones para demostrarlo.