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Rehabilitarse con privilegios

Sacar de las drogas a un adicto cuesta $10 millones. La vida en un centro de rehabilitación privado incluye terapias homeopáticas, clases de arte y capoeira.

11 de agosto de 2012 - 04:00 p. m.
La mayoría de pacientes que atiende la Fundación son de clase media-alta y tiene entre 18 y 35 años. / Luis Ángel
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Dos elementos relacionan a Juan y a Óscar, pese a las diferencias abismales que hay entre ellos: ambos tienen 16 años y dejaron la droga. O, por lo menos, eso esperan lograr. Por eso están en un centro de rehabilitación privado.

Sus historias guardan semejanzas: antes de llegar a los quince ya consumían alcohol y cigarrillo en grandes cantidades y unos cuantos narcóticos hacían parte de su vida. Para Óscar, el bóxer y el thinner fueron ineludibles. En el caso de Juan, el LSD. Fumar marihuana fue para ambos una constante. Por eso están ahí: en medio de dos casonas de tres pisos en el norte de Bogotá, rodeadas de jardines y pinos de más de diez metros. Una cancha de voleibol y dos pequeñas construcciones en las que se dictan talleres artísticos y cursos de panadería, complementan el lugar.

A la Fundación Libérate no llegaron por su voluntad. “Tenía miedo”, dice uno. “Me contaron de centros de rehabilitación en los que agredían a los pacientes”, complementa el otro.

Juan ingresó hace tres meses. Lo trajo su mamá. Con ella vivía en Mosquera, Cundinamarca, en una vivienda de interés social. Óscar, por su parte, llegó hace dos meses, y vivía con su familia en Colina Campestre, un exclusivo barrio de la capital.

“El primer día me trajeron engañado. Pero me entrevistaron, vi el sitio y me animé a volver”, asegura Óscar.

Ellos hacen parte del programa residencial, el más usual de la fundación, que tiene diez años de experiencia. Después de la primera valoración, deberán pasar cuatro meses internados en el lugar. Al final del proceso, sus papás habrán pagado $10’000.000 por el tratamiento.

Los primeros días los deshabitúan y los desintoxican. Lo hacen a través de medicina bioenergética, un medio poco común.

“Utilizamos desintoxicación iónica, acupuntura y esencias florales. Con ello disminuimos la ansiedad en los pacientes”, afirma la doctora Diana Peña, especialista en medicina alternativa.

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Sin embargo, en ocasiones tienen que recurrir a la psiquiatría y al uso de medicamentos como las benzodiacepinas, sedantes que a veces terminan adormeciéndolos.

Los meses restantes, el equipo se dedica a superar las debilidades de cada paciente y a tratar de consolidar los proyectos de vida. Lo hacen todos los días con terapias grupales, además de dos consultas psicológicas y tres médicas semanales, a las que debe asistir cada uno de los internados.

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“El objetivo es cortar la adicción de tajo. Darles más droga y alcohol es perjudicial. Sólo a los heroinómanos se les suministran medicamentos como la metadona”, dice Álex López, el terapeuta del centro.

El fármaco se les da a estos adictos para reducir poco a poco su dependencia.

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“Todo lo hacemos bajo los doce principios de Narcóticos Anónimos. Una serie de pasos que apuntan a fortalecer la parte espiritual, respetando siempre la formación religiosa”, dice la doctora Peña.

Según ella, esto les ha dado muy buenos resultados. “El año pasado, de los 54 pacientes que atendimos, sólo 13 recayeron; es decir el 7%. Lo normal, según la Organización Mundial de la Salud, es que reincidan el 30% de los casos”, asegura.

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De la Fundación se encargan diez personas entre psicólogos, médicos, terapeutas, un profesor de arte y un instructor de capoeira.

¿Se divierten? “Sí. Jugamos fútbol y vemos Caracol y RCN… Por suerte estamos en Olímpicos”, comenta Óscar entre risas.

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Los fines de semana, los 18 pacientes que soporta la casa (17 hombres y una mujer) ven películas en un televisor viejo.

En el lugar, según dice Juan, hay también varios libros. Internet y las llamadas están prohibidas y, durante el primer mes, el paciente no puede abandonar el centro. Luego, si hay mejorías evidentes, se programan visitas familiares y salidas.

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El cumplimiento de horarios es obligatorio. A las 5:30 a.m. deben estar de pie y a las 10 p.m. en la cama. Cada uno se encarga de lavar su ropa. No hay excepción. Desde el mayor, de 42 años, hasta el menor, de 14.

Lo más difícil, según Óscar, es tener que desayunar pan y chocolate todos los días. Los almuerzos siempre son ‘corrientazos’.

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“Pero acá estoy bien. Me estoy preparando. Vamos a ver si al salir puedo resistir cuando alguien me ofrezca un porro”, concluye.

 

Por Sergio Silva Numa

Editor de las secciones de ciencia, salud y ambiente de El Espectador. Hizo una maestría en Estudios Latinoamericanos. También tiene una maestría en Salud Pública de la Universidad de los Andes. Fue ganador del Premio de periodismo Simón Bolívar. SergioSilva03 ssilva@elespectador.com
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