No fue fácil la tarea que hace trece meses se le encomendó al saliente ministro de Defensa, Rodrigo Rivera Salazar. Ayer, en su carta de dimisión, él mismo lo admitió al precisar que la sociedad vive diariamente el contraste entre la realidad y las esperanzas justificadas de la gente. Y lo cierto es que la sumatoria de los gajes de la política, el replanteamiento de la seguridad democrática, el impacto que deja cada ataque de la guerrilla o de las bandas criminales y las ineludibles pugnas dentro de las Fuerzas Militares, apuraron su salida.
Cuando Rivera asumió el Ministerio de Defensa, todos los ojos del país estaban puestos en su desempeño. Después de ocho años en que el tema de la seguridad fue la prioridad de gobierno, no era sencillo tomar distancia. Y de entrada favoreció su gestión el golpe propinado a las Farc con la muerte de su jefe militar, alias el Mono Jojoy, apenas mes y medio después de asumir el cargo. Pero a la vuelta de la esquina seguía creciendo el mayor problema de orden público que hoy afronta el Estado: las bandas criminales alentadas por el narcotráfico.
A pesar de que nunca ha bajado la presión de las Fuerzas Militares contra las Farc, y en esta ofensiva está enmarcada la incesante persecución contra su máximo jefe, alias Alfonso Cano, cada golpe aislado de sus células o la mano delincuencial de las bandas criminales, fue cambiando la percepción social sobre la fortaleza del Estado. Un entorno al que vino a agregarse la política. Para nadie es un secreto que Rivera fue uno de los alfiles del expresidente Uribe y tanto sus defensores como sus detractores empezaron a cobrarle su postura.
Unos decían que la seguridad democrática se estaba cayendo, otros que Rivera desentonaba en la nueva visión de gobierno. Por eso no faltaron las manifestaciones públicas. Primero fueron varios dirigentes del conservatismo que hablaron de retroceso. Después fue el expresidente del Congreso, senador Armando Benedetti, quien literalmente lo señaló de no tener suficientes arrestos para manejar el Ministerio. Rivera persistió en su estilo neutral y hasta distante de sus críticos, pero el coro de sus opositores siguió aumentando.
Si por el lado de la política el asunto tomó un rumbo complicado que lo fue dejando solo, en las Fuerzas Militares también empezaba a vivir los debates internos. Aunque la decisión fue del presidente Santos, en el Ejército no cayó del todo bien que la máxima comandancia quedara en manos del almirante Édgar Cely, y de alguna manera el que tuvo que asumir el costo fue Rodrigo Rivera. “Esos celos de poder son naturales y la pelea por la interlocución directa con el primer mandatario crea roces internos”, comentó una fuente.
La evidencia de que algo no andaba bien en las Fuerzas Militares fue la súbita salida del comandante del Estado Mayor Conjunto, general del Ejército Gustavo Matamoros Camacho, el pasado 21 de abril. Aunque se rumoraron muchas razones para su relevo, tratándose de un oficial de gran ascendente dentro de la tropa, quedó la sensación de que también se quedó solo y que de alguna manera perdió el pulso interno y sus reclamos privados no tuvieron el eco que él esperaba en beneficio del Estado.
Uno de los temas que quedaron flotando en el ambiente fue el de la contratación. Y de conformidad con su estilo de gobierno, el ministro Rivera Salazar se curó en salud poniendo a disposición de los organismos de control situaciones que podrían generar denuncias. El tema trascendió a la arena política y hubo debate en el Congreso. Esta exposición pública acabó de agriar las relaciones con algún sector de las Fuerzas Militares, no porque quisieran ocultar dudas de transparencia, sino porque no estimaron adecuado el método.
De alguna manera, había quienes creían que el ministro Rivera no los estaba apoyando en público y que, en cambio, él estaba saliendo bien librado. Un entorno al que vino a sumarse el creciente malestar de las Fuerzas Militares por las investigaciones del Poder Judicial, no sólo por los llamados falsos positivos, sino por otros episodios con repercusión en la justicia. Una incomodidad que persiste y que, según altos mandos militares activos y retirados, desalienta los esfuerzos para sostener la guerra que plantean las organizaciones ilegales.
El puntillazo vino a darse con la confrontación pública entre el ministro Rivera y la gobernadora de Córdoba, Martha Sáenz. Un episodio que, más allá de la discusión por cifras, dejaba entrever mensajes políticos en un territorio donde la política de seguridad democrática de Uribe tuvo acción prioritaria. “El desenlace de esta polémica dejó la sensación de que Rivera había perdido el round y que la amenaza de las bandas criminales es mayor de lo que se cree”, agregó la fuente consultada, quien pidió la reserva de su nombre.
En estas condiciones, la salida de Rodrigo Rivera del Ministerio de Defensa estaba cantada. Aún más, sin cumplirse un año del gobierno Santos, ya los medios de comunicación daban por fijo su reemplazo: el secretario general de la Presidencia Juan Carlos Pinzón. Sólo era cuestión de esperar el momento idóneo y producir la salida más decorosa. Y ese día fue ayer, en una decisión que llegó acompañada por los más altos elogios del presidente Juan Manuel Santos, quien además anunció que Rivera será el nuevo embajador de Colombia ante la Unión Europea.
El saliente ministro, en su extensa misiva de renuncia, hizo un recuento de los principales golpes propinados a las Farc, al Eln y a las bandas criminales; destacó la puesta en marcha del plan estratégico lanzado en abril y sus directivas de transparencia contractual, y habló de la continuidad de la política de seguridad democrática resaltando tanto al expresidente Uribe como a Santos, pero se despidió aceptando que las buenas cifras aún distan mucho de lo que una sociedad como la colombiana merece y espera.
En su reemplazo, ayer mismo fue anunciada la designación de Juan Carlos Pinzón, quien además de ostentar una sólida hoja de vida con recorrido académico y experiencia en los sectores público y privado, llega al Ministerio de Defensa con dos atributos más: es hijo de militar, su esposa es hija de militar y desde sus tiempos de estudiante de economía en la Universidad Javeriana, cuando fue voluntario en la Fundación Buen Gobierno, ha sido una persona de la entera confianza del presidente Juan Manuel Santos.
De hecho, Juan Carlos Pinzón fue su secretario privado cuando Santos ocupó la cartera de Hacienda en el gobierno de Andrés Pastrana y repitió como viceministro de Defensa cuando el actual presidente fue el ministro de la misma cartera en el segundo gobierno del expresidente Álvaro Uribe. Ayer, durante su presentación, Santos lo confirmó en breves términos: “Es tal vez una de las personas que más conocen a nuestras Fuerzas Armadas, que más conocen a nuestro Ejército, que más conocen a nuestra Fuerza Aérea, que más conocen a nuestra Armada, que más conocen a nuestra Policía”.
Hijo del coronel Rafael Pinzón, quien en su momento llegó a ser director de la Escuela de Ingenieros Militares, el nuevo Ministro de Defensa, de apenas 39 años de edad, ya ostenta un recorrido profesional en Asobancaria, el Citibank, Citigroup y el Banco Mundial, además de su paso por el sector público. Con posgrado en estudios estratégicos y relaciones internacionales en Estados Unidos, Juan Carlos Pinzón llega a la cartera de Defensa en un momento clave para la orientación que quiere darle el presidente Santos a su lucha por la seguridad y la paz.
Su designación fue bien recibida en diversos sectores políticos y sociales, porque se conoce bien que se trata de un especialista en el tema. Pero de entrada es claro que asume la cartera de mayor exposición pública en un país como Colombia, donde las amenazas al orden público siempre están presentes, y que manejar unas Fuerzas Armadas con más de 456.000 personas, entre uniformados y personal civil, requiere conocimiento especializado, manejo político, estrategia militar y liderazgo a la hora de dirigir sin crear divisiones.
La pregunta que hoy se hacen los analistas y que se repite en los pasillos del Ministerio de Defensa es si después del relevo de Rodrigo Rivera y la designación de Juan Carlos Pinzón, con ocasión de los cursos de ascenso para oficiales que suelen promoverse a final de año, se avecinan también cambios en la cúpula de las Fuerzas Armadas. “Lo más seguro es que después de las elecciones de octubre, aunque el tema militar no esté totalmente ligado al político, habrá cambios”, puntualizó la fuente consultada.