En los años 70 la sobrepoblación del planeta era uno de los principales temas de preocupación. Por eso a nadie le causó gracia que dos investigadores estuvieran tratando de encontrar la fórmula para hacer posible la fertilización de un óvulo en un laboratorio. A Robert Edwards y Patrick Steptoe los acusaron de estar jugando a ser dioses, fueron criticados por la Iglesia, los gobiernos y los medios de comunicación. Los centros de financiación de proyectos científicos también les cerraron las puertas.
Convencidos de los alcances que tendría su desarrollo acudieron a amigos y conocidos para recaudar dinero y seguir investigando hasta lograr que la reproducción artificial se convirtiera en una realidad. El 25 de julio de 1978 nació Louise Brown, la primera bebé probeta. Su madre tenía una lesión en las trompas de falopio que le impedía concebir. Ilusionada accedió con su esposo a prestarse como conejito de indias de Edwards y Steptoe.
El procedimiento aparentemente fue muy sencillo: le extrajeron un óvulo y lo fertilizaron en una probeta con el esperma de su marido. La alegría de estos dos investigadores por haber alcanzado finalmente su objetivo no contagió a sus colegas. La comunidad médica aún no dimensionaba lo que la fertilización in vitro significaba para la medicina moderna.
De hecho, Steptoe murió en 1988 sin haber disfrutado el reconocimiento por su revolucionario hallazgo. Fue sólo hasta 2001 cuando el mundo comenzó a poner sus ojos en aquel procedimiento que ayuda a las parejas que tienen problemas de infertilidad a conformar una familia.
Ese año, Edwards recibió emocionado el Premio de Investigación Médica Albert Lasker. Este lunes, nueve años después, su esposa le dio la grata noticia de que había ganado el Nobel de Medicina. Sin embargo, la salud de este científico británico de 85 años está bastante afectada. Ni siquiera pudo pasarle al teléfono a los funcionarios del Instituto Karolinska, en Suecia, encargado de la designación de este reconocimiento.
El 10 de diciembre, si ya está mejor, viajará a recibir el Premio, que incluye 1,1 millones de euros. Pero al igual que cuando presentó a la primera bebé probeta, las críticas por haberle otorgado el Nobel no se han hecho esperar.
Monseñor Ignacio Carrasco, presidente de la Academia Pontificia para la vida, aseguró que “sin Edwards no existirían congeladores llenos de embriones que probablemente serán abandonados”. Todo indica que a pesar de que la fertilización in vitro ha permitido el nacimiento de cuatro millones de personas (12 mil en Colombia), se trata de un procedimiento polémico que seguirá dando de qué hablar.