A pesar de que la visión dominante en el imaginario popular y que se visibiliza en la política pública, limita la salud a la ausencia de la enfermedad, paulatinamente ha ido asimilándose la concepción de la salud que desde 1948 propusiera la OMS en el sentido de que la salud no es solamente la ausencia de enfermedad, sino un estado de bienestar físico, mental y social.
Esta definición que parece obvia, ha sido objeto de interpretaciones restrictivas que han condicionado la gestión de la salud a la gerencia de los servicios asistenciales, a pesar de que se ha demostrado que dentro de los determinantes que inciden sobre el bienestar, el que atañe a la prestación de servicios determina sólo un 10% según estudios de la Organización Mundial de la Salud.
La salud, desde la perspectiva legal, no aparece como un derecho explícitamente reconocido en la Carta Constitucional de varios países; sin embargo, por su conexidad con el derecho a la vida, en gran parte del mundo, goza de especial protección (al menos teóricamente); adicionalmente, hay instrumentos internacionales de carácter vinculante, en virtud de los cuales se obliga a los Estados a garantizar el mayor grado posible de bienestar, lo cual infortunadamente no se cumple a cabalidad, sí se tiene en cuenta que los derechos conexos y que son determinantes del bienestar, suelen ser vulnerados y omitidos con inusual frecuencia.
Es así como de cara a las aspiraciones de corto plazo en materia de un desarrollo que desatiende criterios de sustentabilidad, las políticas ambientales omiten el criterio de precaución o precautoriedad, el cual obliga a abstenerse de generar acciones que potencialmente puedan ser nocivas para la salud humana, aunque no haya probada causalidad.
Sin que se precise hacer un inventario de acciones y políticas en todos los continentes, basta con conocer medianamente la realidad de los países latinoamericanos – y Colombia juega en este sentido un infortunado papel protagónico- para darse cuenta de que importan más las regalías ficticias de las actividades extractivas, que la concentración de material particulado fino en el ambiente y sus efectos deletéreos sobre la salud. El Azufre se convirtió en un contundente indicador de desarrollo industrial que cobra años de expectativa de vida y discapacidad.
En nuestros pobres países ricos, importa más favorecer a las empresas trasnacionales que extraen y exportan carbón, que dotar de mínimas condiciones sanitarias a poblaciones sometidas al atraso y a perfiles de morbi mortalidad típicos de los países del tercer mundo.
En materia laboral, los Estados ignoran que hay una ligazón indisoluble entre Trabajo, salud y dignidad y que más allá de que el trabajo posibilite la obtención de medios materiales para la supervivencia humana, es también un medio de auto realización y de desarrollo del potencial creativo en favor de la generación de capital social. Pero por cuenta de la inequidad, la precariedad de las políticas adecuadas de protección social, la proliferación del empleo informal y la ausencia de oportunidades, hoy podemos decir que hay un altísimo porcentaje poblacional afectado por patologías asociadas a un desempeño laboral que dista de la definición de un Trabajo Decente, en los términos de la Organización Internacional del Trabajo.
Lo demás, lo más importante, en términos de determinantes de bienestar, corresponde a la política social a través de la cual se debería repensar de manera holística la salud pública, sin caer en populismos asistencialistas que en el largo plazo desestimulan el capital social.
Finalmente, la gestión de ese 10% supeditado al aseguramiento y provisión de servicios, debe orientarse por criterios de equidad, calidad y eficiencia, depurando el Sistema de prácticas de intermediación que sólo contribuyen a abonar el terreno para prácticas corruptas, generar barreras de acceso a la población demandante de servicios y afectar el ejercicio libre, ético y cualificado de la profesión médica.
Por eso, quizá la próxima vez que le pregunten por su estado de salud, usted no sólo deberá remitirse a su condición orgánica, sino también al grado de bienestar del cual goza en términos ambientales, laborales, emocionales y sociales.
Por Sandra Lorena Flórez Guzmán, colaboradora de Soyperiodista.com