Durante este tiempo, Jesús agradece estar en España. Además de su crecimiento personal, reconoce que “el dinero que envía se triplica” y eso ayuda a mejorar la situación de su familia. Pero lamenta estar perdiéndose los mejores años de sus tres hijas: su niñez y adolescencia.
“A pesar de la tristeza uno es capaz de sobreponerse a la distancia. Hay que entender que tras una decisión de éstas no todo resulta fácil, toca hacer grandes esfuerzos”, precisa.
Uno de ellos es estar en permanente contacto con sus hijas. “Trato de establecer con ellas vínculos afectivos sólidos, nos vemos a diario gracias a la webcam y hablamos por teléfono varias veces a la semana”.
Y aunque ha contado con suerte al sentirse integrado laboral y culturalmente en Valencia, para Jesús resultan inevitables los momentos en los que añora a su patria, a su gente. “Cuando me siento solo se reviven mis recuerdos y entonces viajo mentalmente a Barranquilla y pienso cómo hacer realidad mi más grande sueño: bailar con mi hija María Alejandra el vals en sus 15 años, el próximo 1° de noviembre”.
Así, con una mezcla de resignación y esperanza, Jesús resume lo más duro de la vida del inmigrante: “No todas las personas que amamos están cerca ni donde uno quiere que estén”.