Después del ruido ensordecedor y de que cayeran los pedazos más grandes de los vidrios de las ventanas, se disipó el humo y comenzaron a verse las aterradoras escenas.
Los explosivos que sacudieron la cabeza de la capital entera fueron detonados hacia las 11 de la mañana de ayer, media cuadra antes de la intersección occidental de la calle 74 con la Avenida Caracas y, en menos de 10 minutos, Juan Pablo Méndez estaba justo en el punto para ayudar a los heridos y, claro, convertirse en uno de los primeros testigos de ese drama.
El local comercial ‘Manantial de la espuma’, que administra Méndez, queda en toda la esquina de la 74 con Caracas, en el costado oriental, y fue una de las cerca de 10 edificaciones que resultaron afectadas por la onda explosiva.
El muchacho de 30 años fue uno de los primeros en ver salir de su camioneta al exministro Fernando Londoño, abrazado por sus escoltas, ensangrentado, desubicado, con rumbo a la Clínica del Country, en la que fue atendido y posteriormente reconocido como principal objetivo del atentado.
Pero lo peor que vio este testigo no fue la golpeada cara de Londoño:
“Empecé a ayudar a la gente a salir de la buseta verde que estaba al lado de la camioneta del ministro. Una señora que manejaba un carro, que también estaba ahí, se bajó despavorida, con el rostro lleno de restos. Cuando volteé la cara, me encontré con el cuerpo de un motociclista sin cabeza. No pude seguir allí mucho más, me pudo más la impresión”.
Antes de marcharse de la escena de su peor pesadilla, Juan Pablo cuenta que vio a uno de los escoltas de Fernando Londoño que con un arma en alto intentaba hacer que los fisgones se retiraran.
Un curioso que no se pudo retirar de la escena, debido a que también trabaja en el sector, fue Javier Molina, de la peluquería ‘Estética y belleza’, vecina del local de espumas. “La gente corría horrorizada, las caras llenitas de sangre. Yo preferí ser prudente y quedarme aquí mirando desde este lado”.
Al lado de la puerta de la peluquería, una huella del horror que describe Molina: un zapato solitario tirado en el piso, en medio de una gran mancha roja.
Ayer, mientras estos dos hombres daban sus testimonios a este diario, desde sus respectivos sitios de trabajo, todo alrededor iba aumentando en caos con el paso de los minutos. Hombres de la Policía, de los bomberos, de la Fiscalía, de Antiexplosivos, de la Defensa Civil, de la Alcaldía, se tomaron el lugar y tras de ellos decenas de curiosos que, hasta con niños, llegaron para enterarse de la tragedia.
“Este lugar está lleno de restos humanos y ustedes están dañando la escena. ¡Retírense!”, gritó un funcionario. No le sirvió para nada.
En el resto de la ciudad se realizaban operativos de respuesta y se tomaban medidas: se suspendieron las clases en todas las universidades públicas y privadas, se prohibieron los parrilleros en las motos y el transporte de escombros y trasteos, a menos que se contara con un permiso del respectivo alcalde local, y se ofrecieron $100 millones de recompensa por información sobre el atentado.
Antes de que el alcalde Gustavo Petro llegara al lugar para rechazar el terrorismo y anunciar que convocaría a la ciudadanía a levantarse para que lo rechazara también, había hablado con los medios la señora María Reyes, quien dijo ser la dueña de la buseta verde que destruyó el explosivo.
“Vine a saber de la suerte de Humberto Aldana, el conductor. No sé si está vivo o muerto. Él llevaba ocho años trabajando con la empresa. Y, saben, tiene dos hijos y esposa”.
Tenía la voz quebrada.