Los ojos de don Héctor Panqueva, un campesino de 74 años que asistió al encuentro, no dejaban de humedecerse al escuchar historias tan o más terribles que la suya. Contó que una mañana del 27 de julio de 2003, su hijo menor, Everth Orlando Panqueva, salió de su casa en Monterrey, Casanare, en un camión Dodge cargado con vitrinas y tapabocas de carpintería que iba a comerciar en compañía de un primo. Un lunes el joven de 33 años llamó a decir que estaba bien y que lo esperaran de regreso máximo a los dos días. “Después de eso no hemos sabido si está vivo o si está en la presencia de Dios”, relata.
Poco tiempo después, la camioneta apareció en un abandonado campamento que dicen era de Héctor Buitrago, alias Martín Llanos. Esa fue la última evidencia que este llanero tuvo de su hijo, que dejó a tres niños y una esposa “sola, pobre y pagando arriendo”.
Un caso similar es el de la señora Elsy Castro. En una fotografía guarda la ilusión de que alguien le diga que ha visto a Félix Contreras, su sobrino desaparecido hace ocho años súbitamente de una finca en El Carmen de Bolívar con cinco humildes compañeros más. La familia nunca recibió una sola llamada o prueba de vida, por eso teme que el grupo de jóvenes, que tenían un promedio de 25 años de edad, haya sido reclutado por la guerrilla.
Otros sí tuvieron razón de sus seres queridos, o por lo menos al principio. Don David Morales Ramírez cuenta que su hermano Narciso fue secuestrado el 24 de mayo de 2003 en Villanueva, Casanare, cuando iba de una finca a otra a recoger leche. Una semana después su familia recibió una imperativa llamada que les exigía recoger una millonaria suma de dinero para dejar en libertad al señor que ahora tendría 62 años de edad.
Vendieron casas, camionetas, fincas y los que pudieron retiraron sus cesantías. “Quedamos en la ruina”, cuenta don David. Lo peor no fue eso, los captores, como en muchas ocasiones, recibieron el dinero y desaparecieron. El teléfono de la familia nunca volvió a sonar y las autoridades sólo atinaron a cuestionaron el origen de la plata.
Al hogar de Alonso Durán, un agricultor de Anserma, Valle, le pasó lo mismo, perdió el rastro de su ser querido después de pagar una altísima extorsión a la cuadrilla Aurelio Rodríguez, número 47 de las Farc. “En los testimonios que oí, ningún preso habló de fosas en la zona donde debería estar mi tío”, relató Vanesa Fruchtnis.