En la formación de Mario Laserna es decisiva desde un primer momento la cordial acogida a sus inquietudes que encontró en Nicolás Gómez Dávila, a quien acudió por primera vez al terminar el bachillerato por allá en 1940 en busca de ayuda para abordar preguntas que le inquietaban cuando se preparaba para un examen de filosofía en el Gimnasio Moderno; desde entonces fue él el mentor que en lo importante señaló el camino.
Don Nicolás, en cuyos vastos conocimientos las matemáticas eran el punto obscuro, avivó temprano el interés de Mario por ellas insistiendo en que conocerlas era condición previa para comprender a la modernidad y a su ciencia; de ahí que mientras estudiaba derecho en la Universidad del Rosario Mario tomara cursos de matemáticas en la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional.
A Mario le interesaban en aquel momento la relación de la religión con la ciencia y el deslinde de estos dos ámbitos. Mario finalmente decidió desistir de los estudios de derecho “a pesar de las expectativas familiares” e irse a Nueva York a conocer la ciencia, pretextando ante su padre que iba a estudiar algo útil para el manejo de los laboratorios farmacéuticos de la familia.
Gómez Dávila solía criticar ácidamente la avidez de dinero de los colombianos adinerados argumentando que un país en el que los hijos de los ricos sólo se preocupan por defender y mejorar su posición económica no puede estar a la altura del mundo moderno, crítica que su joven amigo reinterpretó en términos de que con el dinero heredado mucho se puede hacer por el espíritu. Puesto que la oligarquía veneraba a Harvard, Mario optó por la Universidad de Columbia, en donde a la sazón enseñaba Maritain.
Al encontrar que Maritain había sido nombrado embajador de Francia ante el Vaticano, Mario, además de tomar cursos de física, se dedicó de lleno a los estudios de lógica matemática con Ernst Nagel, quien le acogió como estudiante adelantado. Nagel defendía un cerrado sistema positivista que excluía todo lo que no fuese hechos verificables. Por Nagel supo Mario de la importancia de Quine y fue a Harvard a conocerlo. Como huésped en aquel momento del Club Filosófico de Columbia conoció también a Hans Reichenbach, empirista moderado y cabeza en los años veinte del “grupo de Berlín”; frecuentó asimismo la tertulia del pensador católico Dietrich von Hildebrand.
Después de asistir por dos semestres a la Universidad de Princeton, Laserna se encontró, durante los cursos de verano en Oxford en 1947, con el Círculo de Viena en la persona de Friedrich Waismann, figura señera del grupo. De ese verano data la leyenda de que a Mario, mientras rodaba en bicicleta por Francia, le sobrevino la idea de fundar la Universidad de los Andes.
La inspiración, cuenta la leyenda, asumió allí la forma de un silogismo algo forzado, pero muy alentador, cuya primera premisa era la de que en Colombia todo termina en querella, guerra y caos desinstitucionalizador; la segunda premisa, por contraste, era la de que Inglaterra, a pesar de las crisis y guerras por las que continuamente ha atravesado, mantiene su estabilidad gracias a la Corona, a la Iglesia anglicana y a Oxford y Cambridge.
La conclusión no fue la de que debiéramos volvernos ingleses y sí más bien la de naturalizar instituciones que garanticen la evolución estable del país. Y puesto que entre nosotros resultaba asaz impensable instaurar una monarquía como la de la casa Windsor o establecer la Iglesia anglicana, no quedaba otra que fundar una Oxford a la colombiana.
De regreso en la Universidad de Columbia, Mario obtuvo su bachelor of arts con major en matemáticas en 1948 y regresó al sobresalto de Colombia a animar la fundación de la universidad concebida por él en la placidez de la campiña francesa. Era una idea que no servía para hacer dinero, pero “pretendía, mediante la aplicación del modelo norteamericano, reorientar y modernizar la actividad universitaria en el país”
Para Mario tuvo especial significación en aquel momento la venida a Colombia del célebre matemático John von Neumann, autor de importantes trabajos en torno a la fundamentación matemática de la física, cuya visita se logró por mediación y sugerencia de un primo suyo, el caricaturista Peter Aldor, quien ante la improbabilidad de que semejante personaje condescendiese a venir, sugirió invitarle sin más y decirle de entrada que no había con qué pagar su viaje. La estrategia dio espléndidos resultados. Von Neumann, cuya influencia es notable en la visión del mundo de Mario, fue quien le recomendó ir a vivir en una pequeña ciudad universitaria como Heidelberg y no en una metrópoli como Berlín o Hamburgo para aprender la lengua y familiarizarse con el mundo alemán.
Fue así como en 1956 viajó a Heidelberg. En el Instituto de Filosofía de Heidelberg dominaba la figura tutelar de Gadamer; Mario cursó allí cuatro semestres de filosofía en los que asistió a lecciones y seminarios de Dieter Henrich, el discípulo más destacado de Gadamer en aquel entonces.
Henrich y Laserna se atrajeron mutuamente: Laserna, gracias al vasto saber especializado de su tutor descubrió finalmente a Kant. A Henrich, por su parte, le ganó la insistencia en movilizar argumentos lógicos y matemáticos para leer a Kant del estudiante colombiano que con veinticinco años ya había fundado una universidad (cosa inimaginable para un alemán).
Tras desempeñarse como rector de la Universidad Nacional de 1959 a 1961, cargo al que fue llamado por el entonces presidente Alberto Lleras, volvió Mario con su familia a Alemania. Al ser nombrado Henrich catedrático titular de filosofía en Berlín él fue a vivir también a la ciudad entonces partida y aislada por el muro y prosiguió sus estudios en la Universidad Libre, en la cual se doctoró en marzo de 1963, siendo el primer colombiano en doctorarse en filosofía por una universidad alemana.
Mario se dedicó con empeñó a exponer y someter a discusión sus ideas como conferencista y como participante en simposios y congresos internacionales. Su cruzada kantiana se vio, como no podía ser de otra manera, matizada de importantes actividades de orden diplomático y político: fue embajador en Francia en los años setenta y a fines de los ochenta embajador en Austria. Llegó hasta ser senador por el M-19 en fecha reciente.
Con la Universidad de los Andes, Mario les sigue enseñando firme constancia a generaciones vacilantes que viven cambiando de rumbo con las modas; interés en las ideas que pueden moldear la realidad a quienes sólo aceptan como motor de la sociedad al egoísmo posesivo; valor y decisión a quienes nada arriesgan y sólo dudan.
* Profesor U. de los Andes.
El texto fue publicado originalmente en Nota Uniandina.