En los días de feria vimos escolares deambular por los pabellones, ojeando libros, riendo entre ellos sobre cosas seguramente ajenas a la literatura, tal vez hablando de amores o de zancadillas. Sea como sea, es bueno que los colegios dediquen unas horas a que el niño compruebe que existe una cosa que se llama libro y así su futuro pueda tener otro color.
Asistieron 500 mil personas, 100 mil más que la vez pasada, otra cosa buena, sería insensato aducir que es negativo un aumento tan notorio de asistentes. La prensa estuvo ahí, dale que te pego como graciosamente dicen en España, y la noticia de la feria del libro compitió de tu a tu con temas tan candentes como la destitución a buena hora del alcalde Moreno o aquellos cuatro partidos entre el Barça y Madrid. En fin, todo bien, pero queda un saborcillo raro en la boca, amargo.
Y ese mal sabor se corrobora cuando hemos vuelto a la rutina y vemos con agrado que el alcalde no es más alcalde y que el Barça es el mismo equipazo goleador. Subo a la buseta y no hay nadie leyendo, lógico y entendible, frena cada dos segundos y cada tres está a punto de estrellarse contra la vida y cada nueve los pasajeros saltamos gracias a un hueco más, pues lógico que no se lea, si leyéramos en las busetas pasaríamos de la página 3 a la 187 a velocidades inauditas. Vamos al Parque del Retiro sobre la carrera 11 y tampoco hay quien lea, a duras penas el diario gratuito que no se pudo ojear en la buseta. No hay tiempo, se sale a las seis de la mañana y se vuelve a las siete de la noche, cargando la vida en la espalda y la vida pesa un quintal, a comer rapidito, a la cama, el noticiero y lo que aguanten los ojos con la telenovela.
¿Cómo vamos a leer? Se responde que nuestra vida no da para lecturas y perder el tiempo con demencias estériles y nos parece inconcebible cuando llegamos de turistas a cualquier bus madrileño, el metro, el mismo Parque del Retiro de allá, y siempre vemos alguien pendejeando con 200 páginas de demencias que nos llevan a un mundo especial, 200 páginas que al menos nos sacan una sonrisa o un suspiro. Allá leen.
Andy Warhol decía que cada persona tiene derecho a quince minutos de fama, un derecho inalienable del ser humano, la fama efímera. Nunca es tarde para cambiar el chip, exigirle a quien conduce la buseta que lo haga más despacio, a quien las fabrica que dé más espacio para que al sentarse quepan las rodillas y un libro en el regazo y al alcalde que pavimente las calles o que el busetero compre amortiguadores nuevos. Tal vez así no nos de miedo sacar el libro a pasear y leyendo podamos tener quince minutos de placer, ya no de fama, solo de agrado.
Y así, algún día estemos a la altura de Madrid, donde dicen que leen 12 libros al año, vaya uno a saber.