En la vereda Santa Isabel, un par de kilómetros después de La Calera (Cundinamarca), los vecinos saben muy bien por qué ya no baja agua por las quebradas. No es sólo el verano que este año ha sido rudo. Ni el fenómeno de ‘El Niño’, que ya los visitó en 1997. Es porque arriba, en el páramo, si es que todavía puede llamarse así aquel potrero, la papa crece entre la rica capa de tierra negra y las vacas engordan comiendo el pasto que reemplazó a los frailejones.
El silencio impera entre los vecinos. La montaña pertenece a Luis Eduardo Gutiérrez, El rey de la papa. Hablan de él con la reverencia que merece un monarca. Cuentan que cuando aparece por esas tierras lo hace en carros de vidrios oscuros, rodeado de escoltas. Que en alguna época hablaba a los empleados desde el interior del auto usando un megáfono y que ellos lo idolatran y admiran sin importar el trato tosco. Que uno de sus hijos anda en problemas por ser socio de David Murcia Guzmán. Comentan que en la CAR y Corpoguavio le temen y los procesos en su contra misteriosamente desaparecen de los escritorios.
Si son simples leyendas de vereda o certezas, lo cierto es que Gutiérrez es el dueño de esas tierras y uno de los grandes cultivadores del tubérculo en el país. En 1980 fue considerado el mas grande productor de papa en el mundo. Míster Potato lo llamaban en los pasillos del Primer Congreso Mundial de la Papa en Canadá. Durante el año llega a cosechar hasta 1.500 hectáreas depositando en Corabastos unos 1.000 bultos cada día.
¿Papa o agua?
Si uno camina por el sendero de terracería que marca los límites de las fincas de Gutiérrez puede ver en la parte alta de la montaña un verde que refulge entre pastos secos. Son los cultivos de papa. Más abajo, toros castrados, robustos y sanos pastan a sus anchas. Es una radiografía perfecta de una de las mayores desgracias de Colombia: papa y ganado en el lugar donde nace el agua.
Se estima que en el país se encuentra el 49% de los páramos del mundo. Estas sofisticadas esponjas, formadas a lo largo de miles de años, están pobladas de una vegetación capaz de robar agua a la atmósfera, retenerla durante un tiempo para, cuando llega el verano, soltarla y bañar las cordilleras. Los páramos apenas ocupan el 1,7% del territorio nacional y, aunque abastecen de agua a gran parte de la población, corren el riesgo de desaparecer antes de 2050.
“Una visita a este páramo, hoy día, da tristeza”, escribía el profesor Thomas Van der Hammen en un artículo en el que pretendió dar cuenta del problema. Se refería a otro páramo, el de Guerrero, que en tan sólo 20 años perdió el 30% de su vegetación hasta convertirse en una vergüenza para Colombia.
Van der Hammen resumía el problema, que se repite en Cundinamarca, Boyacá, Antioquia o Nariño, en unas pocas palabras: el crecimiento y ascenso de cultivos industriales de la papa, promocionado por los grandes paperos, está provocando daños muy serios a los páramos. Compran terrenos o los alquilan a campesinos, y luego arrasan grandes áreas de páramo, frecuentemente con maquinaria pesada, en lo que no queda frailejón ni arbusto en pie.
La historia de vida de Gutiérrez refleja ese fenómeno histórico. Es un hombre que pasó de manejar la finca de su padre en Zipaquirá cuando tenía 17 años, a ser propietario de mas de 1.500 hectáreas y llegar a alquilar hasta 72 fincas a terceros.
Problema común
Pero sería injusto echar toda el agua sucia al Rey de la papa y a los demás cultivadores a gran escala que no pasan de 100 en el país. Sonia Navia, presidenta de Fedepapa, quien posee cultivos de menor escala en Nariño, suena razonable cuando reclama “que las reglas tengan sentido común porque a veces no tienen sentido común”.
Dice que no hay claridad sobre las tierras aptas para cultivos. Tampoco sobre el manejo de terrenos que han sido intervenidos de tiempo atrás y en los que hoy es difícil reforestar. Argumenta que los paperos han sido poco a poco arrinconados a las tierra altas por ganaderos y otros cultivos. Reclama la falta de alternativas de trabajo para algunas de esas 100.000 familias que viven de la siembra de papa. En una lógica implacable dice: “Quieren que uno cuide el agua para los de abajo, pero los de abajo no deberían malgastarla”.
No termina ahí su defensa. “Si tengo una finca con 300 hectáreas de bosque y tres de papa, ¿quién me va a pagar por sostener el bosque”?, pregunta Sonia. No le falta razón. Colombia sólo ha protegido el 36% de sus páramos a través de Parques Naturales, pero no existe una política clara para el manejo del resto.
La empresaria no desconoce que una gran parte de la responsabilidad recae en su gremio, especialmente en los grandes cultivadores que hicieron su fortuna con el lema “Tumbe un árbol, haga patria”, pero los defiende diciendo que se trata de hombres de negocio que estarían dispuestos a renunciar a los cultivos si les ofrecen una alternativa.
Wilson Martínez, abogado de Luis Eduardo Gutiérrez, no se hace el de la vista gorda ante la gravedad de los efectos que tiene sembrar papa en los páramos. “Es una responsabilidad compartida”, dice, “aquí ha habido omisión, falta de iniciativas gubernamentales para conservar esas zonas”.
Para el representante legal de Gutiérrez, es difícil que las tierras que ya están intervenidas se puedan recuperar, porque hay grandes cantidades de dinero invertidas, pero cree que los paperos son hombres abiertos al diálogo y a quienes también les preocupa la problemática del agua. Su propuesta es que los municipios y el Gobierno inviertan en la compra de los terrenos que se quieren proteger.
Santiago Perry, quien preside la Corporación para el Desarrollo Participativo y Sostenible de los Pequeños Productores Rurales, una entidad que enseña técnicas de producción más limpia a los campesinos, cree que las corporaciones autónomas deben poner en cintura a los grandes paperos, pero también se debe incentivar la agricultura sostenible.
Muchos de estos paperos arrasan el páramo porque buscan tierras altas donde el riesgo de plagas es menor. Perry explica que hoy existen variedades de papa, como la pastusa suprema, así como técnicas de cultivo con abonos verdes que permiten mantener cultivos en pisos térmicos más bajos. “En los cultivos convencionales el rendimiento de una hectárea de tierra es de 18 a 19 toneladas de papa. Con las técnicas modernas podemos llegar a producir 36 toneladas por hectárea”.
“Combinar el garrote y la zanahoria” es el consejo de Perry para poner orden en el país y salvar de una vez por todas los páramos de los que depende el agua que consumimos.