Por eso, el otorgamiento del Príncipe de Asturias a Betancourt constituye un regalo para los secuestrados y sus familias. Ella lo debe saber aprovechar para convertirse en la vocera de sus compañeros de jungla. ¿Asumirá el alto costo personal que esto significaría: abandonar la esfera privada —la dedicación que le debe a los suyos— para reencontrarse con el ámbito público —el compromiso que les debe a los que quedaron atrás—?
Para asumir una vocería por los secuestrados, el Príncipe de Asturias ayuda, pero se necesita más. ¿Por qué no un nombramiento del Secretario General de la ONU como Representante Especial para el Secuestro o Representante Especial para las Víctimas del Terrorismo? Un título de corte simbólico como “embajadora de paz de la ONU” no es suficiente. Íngrid Bentacourt necesita un instrumento que le dé respaldo político internacional.
La actuación internacional de Betancourt no debería molestar al Gobierno. Su discurso en la ONU, que mezcló propuestas políticas con vivencias personales, se centró en las víctimas del terrorismo. Así Betancourt se alineó no sólo con tratados internacionales, como la Convención contra la Toma de Rehenes, sino también con la posición del Gobierno: el secuestro constituye un acto terrorista. Al mismo tiempo, la colombiana afirmó que “el combate del terrorismo con la fuerza de la legalidad no tiene por qué estar reñido con el diálogo”. Betancourt está hablando de la mano dura y el corazón grande, aquel eslogan del hoy Presidente de la República.
* Analista política.